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FRACASA MEJOR

Yasmina Álvarez o la realidad

Miguel Ángel Gómez
lunes 29 de julio de 2019, 20:52h

En estos días prologo un par de libros, lo que supone un bravo asedio de pensamientos que siempre cuentan la misma historia, pero desde un punto de vista diferente. Algunas veces aparece una imagen, pequeña, entonces el artículo amenazador, lleno de tesoros, se halla muy cerca. Cuando sacudo la ceniza en el cenicero, se inclina para admirarme. Artículo amenazador, utiliza sus puños contra mí, corre sin cansarse como si le persiguiera el diablo. Es un ritual que me enseña a escoger al yo que considero más adecuado. Hay artículos malos y artículos buenos. Hay espíritus que matan y espíritus que salvan la vida. A media noche doy con el libro de Yasmina Álvarez Menéndez, Los versos que nunca os dije, que aumenta la fiesta entusiasta y prodigiosa de los libros. Pascual Ortiz, editor con la cara encendida, fresca, a causa del viento o la lluvia que le han azotado, sabe que si se está dentro, se goza de la vida. Sólo piensa en su trabajo vigoroso / maravilloso manteniendo un diálogo vivo con los escritores. La rotundidad y plenitud de BajAmar, la editorial de PO, es del pueblo y tiene la felicidad y el éxito del bailarín que brinca.

Me siento en un cómodo sillón de cuero y el artículo amenazador vuelve para obligarme a escribir, para ponerme a manejar el cotarro. Entonces aparece Yasmina, autora / actriz que hace la cosa más difícil del mundo, o sea nos cuenta dónde nació y vivió hasta los nueve años, niña que ve como la nieve entierra al que uno hubiera querido ser. Hay una Yasmina, con vitalidad y vivacidad, que corre y cae y se eleva buscando letras de molde o las manos de la madre (manos Bertolt Brecht y Pina Bauchs): “Sin Contrarios no hay progreso. Atracción y Repulsión, Razón y Energía, Amor y Odio, son necesarios para la existencia Humana”, nos decía el mejor William Blake. La vida es una semilla arrastrada por el viento. Somos plantas arrancadas de raíz y derrumbadas en divanes sin quitar énfasis ni convencionalismo. La poeta tiene ironía, autoironía, nada distanciada ni saciada. Tiene muchos tonos con los pies de la niña viajera, ascendiendo escaleras, maderamen, atravesando este escenario que es la tierra sintiendo un asombro como el que ella siente. Pies que caminan por el estrecho pasillo y salen por la puerta negra. Cansancio de los pies que se ponen en marcha, dan una vuelta y toman el sendero bordeado de geranios silvestres. El “24-S” no deja de ser una pieza sobre la fugacidad de la vida y los sitios con historia: “Mañana ya es hoy. Y ahora todo es ahora y en la hora”. En “Cambio climático” observamos un tono distinto: “Enero. / Han florecido las mimosas y los parques / ya están gritando margaritas”.

Ángel González tiene un bellísimo poema sobre el invierno. Yasmina Álvarez, comprometida, intencional, desmenuza las piedras líricas para hacer hormigón y construir el dique de la generación del 50, hace los poemas leyendo los poemas de Ángel, da con la escritura en estado puro, viene inesperada, como una fiebre, y se va como una fiebre. Es diferente a todas las demás escrituras, la suya contrasta unos poemas cargados de una ambición que no se aleja del análisis en dirección a la acción, con otros cuya inercia la ata a la brevedad (“Es así la vida, les oí decir en un entierro. / Pero se equivocaban. / Aquello era la muerte”). “¿Cómo seré yo / cuando no sea yo?”, dijo muy fino y fuerte Don Ángel, “cuando el tiempo haya modificado mi estructura, / y mi cuerpo sea otro,/ otra mi sangre”. Yasmina ha conseguido la hazaña de que sus poemas que brotan del propio yo, respirando a través de la máscara de oxígeno de sus referentes, sean inconfundibles. Lo mismo comprobamos en: “Algún día cerraré los ojos / para siempre. / Dime: ¿estarás entonces para apretar / mi mano? (…) Se apaga el foco / y nadie aplaude”.

Los libros. Cómo crecen los libros si el estado de ánimo es expansivo. Yasmina se despide como un hada que va a su vida subterránea, sus logros, sus insatisfacciones. Habla de la gran mayoría, no de la ínfima minoría, suspende todo y juega a ser ella misma en un lugar que es todo fragancia, frescor y verde oscuro. ¿Por qué no? Desea una mano que todo abarque mientras busca imágenes reales porque escucha la radio todo el día y lee los periódicos, cordial y seria. Sabemos que tiene fuerza. He tratado mucho a Yasmina, que es una mujer con un ingenio penetrante. No quiero hacer artículos con cierta sequedad, sólo con datos, anotaciones y sin fuego ni destello. El artículo amenazador saca la llave del exterior de la puerta y la cierra por dentro y la revisa. Tiene más llaves. Decía Gerardo Diego: “Todo lo que llevo dentro está ahí fuera”. Poesía auténtica, se da perfecta cuenta de sus fallos, se crispa, se remueve en el asiento hojeando las páginas distraídamente. Yasmina llora con un ojo puesto en un dibujo, en una bicicleta, en una herida, en un otoño como noche sin fondo. Creó un mundo sentada a la puerta de la vida, con frecuencia leía o escuchaba discos. Me acuerdo de César Aira: “Me levanto con las primeras luces del alba, tras una noche de insomnio y fantasmagorías extenuantes”. La literatura nos hace darnos cuenta de lo desesperanzados que estamos. La vida literaria es una llamita entre los dedos. Lo desolador para el poeta es pensar en las circunstancias en que escribió un libro dejando vagar en libertad su estado de ánimo. Los monstruos sagrados suben a la habitación y miran suspirando la primera anotación. Los escritores quieren el innegable ambiente bohemio, lo que André Gide llamó l’acte gratuit, hacer algo sólo por el gusto de hacerlo.

Viajan silencios hacia las últimas certezas. En el “prólogvs” Aurelio González Ovies acierta al anticiparnos: “La infelicidad forma parte del ser que nace, crece, se desengaña y muere”. Publicar es dar un salto para agarrarse de unas ramas que cuelgan. El libro es subir al último piso en el ascensor, después trepar hasta la azotea por la escalera de incendios y esperar allí en un vacío encallado. Explicar algo es evocar emociones fuertes y no lucubraciones. El momento de escribir, claro, es descubrir que la vida va por libre. Si yo no escribiera esto, el artículo amenazador, de aspecto fiero y piel oscura, se ocuparía de mí y muy bien. Pero siendo un escritor tan surrealista, hay que marcar distancias si me mira con profunda severidad, despreciativamente.

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