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Novela

Luis Landero: Lluvia fina

lunes 12 de agosto de 2019, 21:18h
Luis Landero: Lluvia fina

Barcelona, 2019. 286 páginas. 19 €. Libro electrónico: 12, 99 €. Durante el mes de agosto, Los Lunes de El Imparcial recuperan los mejores libros publicados en este año para disfrutar de una placentera lectura estival.

Desde que se dio a conocer con Juegos de la edad tardía, el escritor extremeño tiene en su haber una producción imprescindible en nuestra actual literatura. Su nueva novela, de factura coral, temática centrada en la familia, y prosa precisa y bella, es una obra maestra. Por Concha D’Olhaberriague

Hace treinta años, en otoño del 1989, la novela Juegos de la edad tardía presentó en el mundo literario a Luis Landero, nacido el 1948 en Alburquerque, pueblo pacense asentado en un mirador de la raya con Portugal. No es habitual que un novelista comience su andadura con una obra tan extraordinaria por su composición, la factura de sus personajes -tanto los protagonistas como los secundarios-, la brillantez de su lengua, de una riqueza y un atractivo inusuales fuera de los escritores clásicos, el simbolismo profundo y la sutileza de un humor paródico y carnavalesco lleno de sugerencias y tonalidades. Con los años, Juegos de la edad tardía se ha consagrado como un clásico indiscutible del siglo XX. Desde entonces, al principio con un ritmo más pausado, últimamente cada dos años, ha visto la luz una novela de Luis Landero.

La vida negociable (2017) amplió el mundo propio de Landero -reconocible, como lo es su lengua, desde la primera novela- incorporando a un protagonista atrabiliario, el peluquero Hugo Bayo, que, siendo un tanto tarambana, iluso y desorientado en su peripecia vital, como la mayoría de los personajes del escritor, tiene, no obstante, un aspecto cruel y canallesco, inédito hasta entonces en las criaturas landerianas. Antes de hablar de Lluvia fina, recordaremos al lector los otros títulos de Landero: Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz (1998), Entre líneas: el cuento o la vida (2000), El guitarrista (2002), Hoy, Júpiter (2007), Retrato de un hombre inmaduro (2009), Absolución (2012), El balcón en invierno (2014). Hemos de añadir Esta es mi tierra (2000), libro de estampas alburquerqueñas de fino lirismo, ilustradas por Ops-El Roto, y la compilación de artículos y textos breves ¿Cómo le corto el pelo, caballero? (2004).

Veamos, ahora, cómo y en qué se amplía y enriquece el universo literario de Landero -que siempre levanta la armazón de sus obras a partir de un personaje, su lucha en la vida, sus afanes y ensoñaciones, por lo general atropelladas y frustrantes- con esta novela coral, de temática familiar y preeminencia por vez primera de los personajes femeninos que ademas, de forma novedosa, están en mayoría.

El esquema es el siguiente. Aurora, la protagonista, mujer triste, sensible y generosa ha terminado su jornada escolar, pero se queda ensimismada y aturdida en el aula. El papel de confidente, paño de lágrimas y consejera de todos, impuesto por la tiranía familiar, ha minado su resistencia. Los demás le cuentan sus miserias en todo momento sin reparar en que ella no tiene quien la escuche. Además, se siente culpable por la penumbra de su vida conyugal y la enfermedad congénita de su hija Alicia, desprovista del don de la palabra. Allí en la escuela, abrumada por la imprudencia de Gabriel, su marido, que, desoyendo su consejo de Casandra, ha originado un cataclismo familiar al llamar a su hermana mayor para organizar la fiesta de los ochenta años de su madre, Aurora se ve envuelta por cavilaciones angustiosas sobre los peligros de remover el pasado, los secretos y los viejos rencores que habitan en el seno del inestable y explosivo entramado familiar.

A través de un ejercicio de rememoración vivaz y retrospección, sustentado en la ágil trabazón de diálogo, primera persona y narrador externo, al que, el lector, por la sabiduría de Landero para manejar -y eludir si se tercia- los verbos de prolación (tales como “dijo”, “comentó”, “afirmó”) acaba percibiendo como una voz más en el concierto, entramos con Aurora en el gran teatro de la familia, integrada por la madre, su suegra, -mujer viuda, severa, rígida, infradotada para el disfrute, luchadora y superviviente, de profesión callista y practicante, caracterizada por la tiesura de su moño y los labios apretados- y tres hijos: Sonia, atractiva, malcasada siendo niña por voluntad materna con un psicópata inicuo y torturador llamado Horacio del que se ha divorciado; Andrea, la segundona, poco agraciada, llena de complejos y agravios, rockera, animalista y vegana; y Gabriel, el niño mimado de la madre, quien lo eximió de las tareas domésticas, profesor de filosofía, escéptico y aquejado de tedio vital. Personaje de clara estirpe landeriana, con sus ribetes de hombre indolente y discontinuo, comparte con Matías Moro (El mágico aprendiz), Tomás Montejo (Hoy, Júpiter) o Lino (Absolución), la búsqueda de la felicidad, tema sobre el que proyecta escribir un libro. Gabriel discrepa radicalmente de la opinión de sus hermanas sobre la madre y es el único de los tres que justifica su comportamiento.

Aurora revive las conversaciones que ha mantenido con cada uno de los miembros de la familia y las que, a su vez, le refiere cada interlocutor. El teléfono, al igual que en Juegos de la edad tardía, tiene una importancia capital en la obra, pero en el siglo XXI se trata del omnipresente móvil con sus prestaciones, tan útiles como esclavizantes. El tiempo de la diégesis es una tarde del jueves de carnaval, detalle que hay que tener en cuenta por su simbolismo. Un lunes de carnaval se despidió de este mundo Mariano José de Larra.

Como Unamuno, en Lluvia fina Landero difumina el marco exterior del relato y dirige la mirada adentro, a los sentimientos y pasiones de los personajes. No hay apenas localizaciones fuera del ámbito agonal de las trifulcas, que es el doméstico o el laboral: la pavorosa mansión de Horacio, la juguetería, el negocio familiar de la mercería, la residencia de ancianos donde la madre obliga a trabajar a la desdichada Andrea, la escuela de Aurora y el instituto de Gabriel. Sabemos que la madre vive en el madrileño barrio de La Latina, y poco más. Solo en momentos de transición entre episodios vislumbramos ocasionalmente algún destello urbano, cierto ruido de fondo, siluetas de transeúntes o la lluvia que cae (p.263): “Está cayendo una lluvia menuda y helada. Aurora se recoge en su abrigo y camina sin prisas hacia la parada del autobús. La calle está desierta. Solo algunas siluetas apresuradas que se desvanecen enseguida en las sombras. Alrededor, los reflejos de las farolas en el suelo mojado, las ráfagas ocasionales de los coches, la luz de las ventanas: la vaga irradiación nocturna de la ciudad.”

La malhadada historia de los veinte años de la vida de Aurora con Gabriel y las vicisitudes de esta familia sin apellido -solo sabemos los nombres de pila de sus miembros- contada y vista desde dentro, gracias a la pericia de Landero para combinar sin fisuras las voces, mantener la tensión y engarzar el estilo indirecto con el directo, y sobre todo, con el diálogo -a veces encadenado- forma por excelencia del género dramático, contiene, asimismo, una reflexión sobre el poder de la palabra y los silencios, la textura caprichosa de la memoria y la rememoración y la frontera oscilante entre la narración y la vida. No vivimos propiamente hasta que no narramos lo que nos ha sucedido, afirma el narrador de Lluvia fina, reinterpretando a su manera la razón narrativa de Ortega y Gasset.

A ello hay que añadir un sincero homenaje a la mujer, trazado, únicamente, con las mejores dotes y artes literarias y fruto de la mirada comprensiva, crítica y humanísima del autor. Mas la presencia de estos temas, por mucho que nos interesen, no garantiza por sí sola la calidad de una obra. La grandeza de esta novela, su altura excepcional son fruto del talento del escritor para tejer una prosa fluida, precisa y bella con un ritmo y una tensión sostenidos y para armonizar narración y expresión de tal forma que el lector se siente implicado de principio a fin.

Dejando aparte Juegos de la edad tardía, cuya gracia y frescura son irrepetibles, Luis Landero ha escrito su mejor novela, la más clásica y a la vez la más actual, una tragedia de nuestro tiempo, simbolista, conmovedora, triste, lúcida y perspectivista, con unos personajes elaborados con maestría, en especial el siniestro coleccionista de juguetes y maltratador, Horacio, y la protagonista, Aurora, de una sutileza y profundidad insuperables, sin desdeñar los retratos de la madre, Sonia, Andrea y Gabriel, todos ellos matizados, potentes y llenos de verdad gracias, en gran medida, a ciertos detalles y al recurso humorístico de la caracterización por su forma de hablar: la madre con sus sentencias contundentes de cenizo: “Los llantos los oye Dios y la risa el diablo”(p.25); Andrea y su melodramatismo aprendido en las canciones de metal que tanto la encandilan: “Él era un arco iris en la oscuridad” (p.80); el siniestro Horacio y su cinismo al hablar de la pureza virginal, la inocencia y el paraíso; Gabriel y su engolamiento y verbosidad (p.20).

La gama del humor, amplia y variada en la obra de Landero, ostenta en esta novela trágica un predominio de la parodia y el sarcasmo. No hay episodios hilarantes, salvo, quizá, el recuerdo regocijante del padre desaparecido, “alma libre”, fabulador y alegre, y el personaje de ecos quijotescos inventado por él: Pentapolín, o la escena chusca de la ensaladilla rusa lanzada por la madre enfurecida sobre los comensales, en una celebración navideña.

Lluvia fina, hermoso y ambiguo título, es una novela en la que resuenan el instinto narrativo barojiano, la transparencia de la prosa cervantina, la perspicacia y la hondura unamunianas para desentrañar las pasiones, el lirismo poético y la polifonía del Faulkner de El ruido y la furia -quizá también la presencia de un ser inocente: Alicia, en Landero; Benji en Faulkner. Y cómo no vamos a recordar a Anna Karénina en la escena final de la heroína Aurora. En fin, la nueva novela de Luis Landero, Lluvia fina, es en rigor una obra maestra que ningún amante de la literatura de calidad debe perderse.

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