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TRIBUNA

Bailando con Quentin

Miguel Ángel Gómez
lunes 19 de agosto de 2019, 20:02h

Mediodía. Pido un café y un zumo en la cafetería, abro mi carpeta roja, me entretengo un rato mirando por la ventana a la calle pensando en que, pocas cosas se encuentran de verdad, pero se encuentran, y comienzo a escribir haikus como si tuviera en las manos la metralleta de Al Capone. Lo bueno del caso es que al escribir haikus con furor, me he acordado de algo que un día escribió Baudelaire: “Pero como verás, este libro cuyo título -Flores del mal- lo dice todo, está revestido de una belleza siniestra y fría, ha sido hecho con furor y paciencia”. La parálisis literaria nos agita en nuestro sillón de analista. Escribir es sólo vivir basándote en tus propias fuerzas, no soportar ni las negativas de las revistas ni de los editores. Los haikus se apoderan de la mañana luminosa: 1) Cualquier belleza / en sí misma no es / nunca inmortal; 2) tipo Shakespeare / cowboy de medianoche. / Tarea simple; 3) con botas nuevas / en busca de los pliegues / de cada sueño; 4) mira rutina, / gran fuente de placer: / te necesito; 5) pongo los pies / hacia afuera y me alejo / como hace Chaplin; 6) El tercer hombre. / Igual que Holly Martins, / apareciste; 7) nubes de infancia / dibujé por un tiempo / me descubrieron. Los haikus, esos poemas de origen japonés que están fijos en unas raíces y que cuelgan de las ramas.

Mediodía. Llega Quentin Tarantino, alquila un coche para traerme un pasado íntimo, sus traumas personales. Se queda aturdido por los haikus que he escrito. Me comenta que no pierda de vista quiénes están en la periferia y quiénes son los que están en el centro de todo, ofreciendo cosas. Es como si estuviera dándome la indicación de apuntador. No pierde su identidad completamente, al contrario. Me habla del director japonés Kinji Fukasaku y de la película “Blood: The last vampire”. “La Novia” boxea y mata en la tierra salvaje. Kill Bill: Quentin me dice que canalizó sus cualidades e intuiciones por medio de una gran actriz (Uma Thurman). Buscaba justicia y redención. Me dice, como susurrando, que no estoy en el marco de la época, que debo ver el cine asiático y dejar de hacer haikus más allá del tiempo. “¡Cine de artes marciales!”, “¡Kun Fu!”, se troncha de risa al oírme decir que no he visto ninguna. Quentin Tarantino no quiere volverme un sujeto apto para la sociedad. Sus películas no están falsificadas, son reales las llamas del infierno. Me dice que al señor Naranja le importan un comino las medallas. Dice que acabará por bambolearse y gritar: ¡Uuuh, uuuh! ¡Qué sueños tiene cuando piensa que va a salir vivo! Sería feliz aunque fuera con una cama, unas sillas, las paredes desnudas y una enorme cucaracha saliendo de no sé dónde con tal de estar vivo. Quentin Tarantino trae gafas negras y un gorro azul, y me anuncia que esta será su penúltima película. “Cuando te hagas director, tendrás que llevar el gorro”.

Nunca olvidaré “Érase una vez... en Hollywood”, su película de madurez, el pasado es un ex-mensajero que empieza a bramar de risa. Quentin Tarantino hace un telegrama a la nostalgia, ase por los fondillos de los pantalones a la crítica vulgar (lo acusaban de crear historias escandalosas con violencia, racismo, misoginia) y la empuja hacia afuera. Ahora, con una importancia nada desdeñable, su nueva película habla solamente un idioma, el del buen cine reflexivo. Un Rick Dalton -Leonardo Di Caprio en estado de gracia- con la mente del actor preocupado, en horas bajas, por observar y conocer, vagando meditabundo por entre un mundo de fantasmas. Cliff Booth –Brad Pitt, ¡qué riqueza de películas nos ha dado con más de tres décadas Brad Pitt, “Seven”, “12 monos”, “El club de la lucha”!-, un doble de escenas de alto riesgo en un mundo finito, total, completo, además de chófer del protagonista. Brad Pitt peinado / despeinado, cada vez nos recuerda más al tipo duro que era Clint Eastwood y al que siempre hemos admirado. La violencia brota repentinamente disolviendo toda la belleza estética.

Los pies, los pies. Los pies para Quentin Tarantino son de buen corredor, echan a andar con una celeridad que bate todos los récords con la sincronización de los rubíes del reloj, indicando nuestro rumbo. Por los pies han pasado los brillos de los años, el deseo de vivir, lo censurado que nos deja nerviosos e irritables, lo que se deja literaturizar. Los pies, los pies de las mujeres, en las chicas de “Death Proof”, Mia Wallace en “Pulp Fiction”, “Jackie Brown”, uno más oscuro y el otro mucho más claro, como si hubiera atravesado un cementerio muy bien dispuesto. Ficción y realidad con su potencia de fuego, el director de Tennessee sabe que hay que ser un pícaro sin escrúpulos, hacer escenas que recuerden a otras. Se despierta muy alegre. El mundo es claro y suave, está en completa paz, si se ve un spaguetti-western. Lo tarantiniano es una auténtica tumba viviente. El orden cronológico no se fuerza a sí mismo a practicar, porque el tiempo apremie sin un minuto para descansar. Quentin Tarantino organiza mis armarios, mis papeles, tiene obsesión por el orden, crea una atmósfera maravillosa sin objetos inútiles. “El cine puede cambiar cualquier historia”, concluye sin ser un oso amaestrado.

A Quentin Tarantino, cinéfilo por excelencia, adornando, desarrollando y ampliando su sabiduría complacido, le agradezco hoy que me hubiera recomendado “The killing”, de Stanley Kubrick, basada en la novela de 1955, “Clean break”, de Lionel White. No escatima ni trata desesperadamente de calcular el costo de las cosas. Hay días en que Quentin Tarantino se me aparece si le solicito su honorable consejo. Trae un libro de Ira Levin y me habla de Roman Polanski, que siempre tiene algo que aportar con un desafío que es capaz de afrontar, y de Sharon Tate, con sonrisa amable en la zona pululante . Lo cierra con una violencia irrefrenable, tanto que los ojos se le salen de las órbitas. Trae la continuación de la acción. Me lleva por las escaleras que conducen al crimen, a la locura, a argumentos brillantes como ascuas. Hay días en que la mitad superior de mi cara es de director de cine, y él lo nota. A veces marcha y vuelve meses después, con la agilidad de un gato. Días de Quentin Tarantino tomando notas de los mensajes que recibo. Este dice: “¡Buen chico!” y salgo lanzado como un pajarillo a escribir versos como un buen cinéfilo. “¿Qué es eso?”, digo, sintiendo curiosidad. “No es nada”, responde. “Unas cuantas películas que me pidieron destruir pero no quiero”. Me regala películas de Rosellini, Bergman y Kurosawa. “¡En 1967 tienes ‘El graduado’, ‘Bonnie and Clyde’, ‘A sangre fría!”. Me transmite que hay un museo sombrío del buen gusto al que hay que acudir sin acumular vanidad, corrupción estética ni rutina. “Ya no es fácil provocar, ando un poco mosca”, casi solemnemente. Steve McQueen, Bruce Lee, Sam Wanamaker, Michelle Phillips, William Maunder, Mama Cass, cuando hablo con Quentin Tarantino tengo la clave inmediata de su talla y del lugar único que ocupa en la historia del cine. Lo noto cada vez que llama al timbre de mi casa y le abro la puerta.

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