Son días estos de holganza y traslado de cachivaches, de atascos descomunales, resacas inconcebibles y convivencias a contrapelo: bienvenidos al fascinante mundo de las vacaciones. Quienes viven en el norte ansían una miaja del sol que se les hurta en verano pero luce absurdamente impoluto en meses a destiempo, y de la Meseta para abajo los civiles huyen de la canícula atroz; por su parte, los guiris en general salen a mamarse a precios más asequibles que en sus países de origen. En cualquier caso, deseamos “desconectar”, aborrecible metáfora que ha desplazado al significado originario del vocablo, como si todo el mundo se encontrara mentalmente exhausto tras largas jornadas de estudio de la Fenomenología del Espíritu.
Como digo, la gente se desplaza de un lado para otro en busca de descanso, experiencias o priva al por mayor, pero la mayoría de ciudadanos se verán defraudados en sus aspiraciones por causa de la sobresaturación de los lugares de veraneo, la consiguiente alza de los precios del alojamiento y el auge de los nuevos sistemas de hospedaje entre particulares que favorece la gentrificación y bla, bla, bla, de tal manera que pocos lugares quedan ya fuera de los circuitos turísticos habituales y que satisfagan las expectativas de cada cual.
Con todo, aun existen ciertos reductos asequibles al ciudadano medio al margen de este fenómeno de masificación, y uno de ellos se encuentra en nuestra vieja Europa, aunque me temo que los integrantes de la próxima generación de turistas ya no podrá hacer semejante afirmación. Me estoy refiriendo a la tierra de Ismail Kadaré, Ormela Vorpsi y los ancestros de John Belushi; un lugar donde hablan un inextricable idioma proveniente del tronco común indoeuropeo sin intermediarios que lo hayan desvirtuado, a no ser el paso de los siglos y la vecindad con tantos pueblos heterogéneos; una sociedad que cuenta con veintisiete palabras para designar otros tantos tipos de bigote y treinta para las cejas, y cuya idiosincrasia no es eslava, latina ni turca, pero compendia todas esas culturas, un país, en fin, donde para asentir utilizan el gesto de negar con la cabeza, y viceversa. Me estoy refiriendo a Albania, una pequeña almorrana ubicada a orillas del Adriático en el epicentro de los Balcanes.
Cuesta comprender cómo Albania no ha sido objeto todavía de una masiva afluencia de turistas ávidos de cualesquiera alicientes con los que cuenta: una hermosa costa de playas envidiablemente tranquilas, un soleado clima mediterráneo, escarpadas sierras donde practicar senderismo o dogging, gente amable con querencia por la diversión y la bebida, una codina abundante en exquisiteces, unos precios más que competitivos y multitud de vestigios históricos para quienes gusten de ver muñecos, algo inherente a su condición de encrucijada de caminos, pues por allí han pasado decenas de pueblos para esquilmar el territorio. Pero, sobre todo, Albania posee un aura de territorio desconocido de cuya visita podrá presumir en la oficina el viajero supuestamente intrépido sin necesidad de comprarse uno de esos caros todoterrenos decorados con falsas salpicaduras de barro para remedar alguna aventura ficticia.
Quizá la mala prensa del país retraiga a los potenciales turistas, pues no hemos de olvidar que Albania fue uno de los países más inaccesibles del mundo mereced al régimen de Enver Hoxha, el dirigente que rigió sus destinos durante cuatro décadas después de la Segunda Guerra Mundial. Su ideario se sustentaba en la más estricta ortodoxia estalinista y una total autarquía económica respecto al resto de la comunidad internacional, incluidos los países de su órbita ideológica —con excepción, si acaso, de China— a raíz de la ruptura de relaciones diplomáticas con la Unión Soviética a partir de 1961, durante el mandato de Jruschov, quien en su famoso discurso de 1956 en el XX Congreso del PCUS había denunciado los desmanes de Stalin, y esta actitud revisionista no debió de resultarle muy grata al camarada Hoxha. Tras la muerte del tirano, Albania se vio sumida en ciertos episodios que contribuyeron a su descrédito internacional, como la crisis de los refugiados emigrantes a Italia a principios de los noventa o el escándalo de la banca piramidal, que causó la ruina de miles de ciudadanos que se vieron privados de sus ahorros y a punto estuvo de provocar en 1997 el colapso del incipiente estado surgido de los rescoldos del comunismo.
Pero todo esto ocurrió hace más de veinte años y yo, que ya he visitado el país en un par de ocasiones, les puedo asegurar que durante mi estancia allí no sentí la más leve impresión de inseguridad por mucho que deambulara por barrios urbanísticamente muy degradados. Con todo, cuando les sugiero a mis conocidos que se vayan a Albania de vacaciones me suelen mirar como a un enajenado. Parece claro que el país ha de invertir mucho en potenciar sus recursos y espantar la mala prensa que viene arrastrando, pues generalmente los turistas nos encontramos con que la realidad nunca coincide con nuestro constructo predeterminado del país que visitamos, configurado a base de tópicos, geopolítica pedestre y ubicación cartográfica de brocha gorda.
Más curiosidades: antiguamente, Irlanda se llamaba Escocia, y Escocia… ¡Albania! Vayan, pues, allí y se sorprenderán, y sobre todo no hagan caso de ese video que hoy circula por las redes donde un hostelero del país se encarama al capó del coche de unos turistas españoles y se lo rompe a puñetazos tras haberse marchado estos de su restaurante cuando no los atendieron con la suficiente diligencia. No hagamos de la anécdota una categoría.