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TRIBUNA

A 120 años de su nacimiento otro poco del humor de Borges

domingo 25 de agosto de 2019, 19:11h

En ocasiones, sobre todo cuando se trataba de tomarse en broma a sí mismo, el humor de Borges solía ser desopilante, y muy desconcertante. De esta manera, nuestro célebre escritor fue generando una obra verbal paralela a su obra escrita que competía con ella y la enriquecía todo el tiempo. Sucedió que la fama le dio a este tímido irreductible, a este invulnerable temeroso de los demás (que no era vulnerable por lo que comúnmente se teme a los otros; es decir, por lo que suele afectarnos, sino por los posibles diálogos elementales, carentes de literatura, conque lo abordaban muchos mediocres periodista, carentes de conceptos); digo que estas simplezas le fueron dando una seguridad social de sí mismo que lo hizo ganar en desparpajo y osadía. Y así, a fuerza de tanto reportaje, se animó a criticar públicamente a los próceres Federico García Lorca, Antonio Machado y Guy de Maupassant; al primero lo calificó de “andaluz profesional”, al segundo de “ignoto hermano de Manuel Machado” y, al tercero, en la mismísima Sorbona, de “sumiso escritor que nació imbécil y murió loco”.

Por supuesto que no fue todo. Divertido y travieso, aquí, en la Argentina, también dejó un tendal sin un solo títere con cabeza. Empezando, claro, por nuestra obra gauchesca cumbre, el Martín Fierro, de quien dijo, refiriéndose al personaje “que era un vulgar cuatrero criminal y racista”. Siguió luego con casi todos los mitos nacionales, pasando desde el sacrosanto tango (“esa música sensiblera y prostibularia”) al venerado Carlos Gardel (“un malevo sentimental que adocentó la canción de Buenos Aires”). Y así por el estilo, de este y del otro lado del Océano, rescató a muy pocos; digamos que a Quevedo y Cervantes, en España, a Flaubert y Victor Hugo, en Francia y entre nosotros a Leopoldo Lugones y Enrique Banchs, a Silvina Ocampo y a don Ezequiel Martínez Estrada.

Con los escritores contemporáneos casi nunca se comprometió. Se disculpaba diciendo que, como estaba ciego, no los había leído. Yo quizá cometí la imprudencia de leerle, en dilatadas mañanas, más o menos hasta la mitad Cien años de soledad, del egregio Gabriel García Márquez, hasta frunciendo el ceño que me interrumpió diciendo: “Bueno, creo que ya empieza a repetirse; con cincuenta años hubiera sido suficiente, ¿no le parece?”

He dicho, o creo haber dicho, que para nuestro escritor pocas cosas le merecían seriedad. Acaso algún recuerdo familiar, el dolor por la pérdida de algún amigo, el amor no correspondido; pero siempre trataba de encontrarle el lado gracioso que lo llevaba a reírse de sí mismo. Recuerdo que en almuerzo con nuestro amigo común, el periodista Horacio de Dios, trajo a colación como una traición amorosa lo llevó ante un dentista para que le sacara dos muelas que le molestaban, sin el uso de ninguna anestesia. “A un sufrimiento hay que quitarlo con otro sufrimiento mayor”, nos aconsejó sin pretender darnos un consejo.

No viene mal, quizá, para ilustrar un poco más nuestras ideas, que recordar aquella famosa sentencia latina Verba volant scripta manent (que el proverbial orador Cayo Tito Vespasiano, usara como advertencia ante el implacable y justiciero senado romano, cuyo significado es “las palabras vuelan, lo escrito queda”), donde se resalta la fugacidad de las palabras, a menudo llevadas por el viento, frente a la permanencia de las cosas escritas. Pero, todos sabemos que el devenir de la ciencia arrasó después con esta remota cita, dando aparentemente a los latinos una temeraria seguridad, que demolieron más tarde Thomas Alva Edison y Emil Berliner, al dejar grabadas para siempre las voladoras palabras, sumándole a la calidad escrita, la melodía y el tono de voz del que carecen la tinta y el papel en el libro. Y aquí, me parece, podemos volver al fabuloso Borges oral, beneficiado por los gentiles inventores que, más tarde, con el cine y la televisión se le agregó la imagen.

Venturosamente para el arte de la retórica y, en algunos casos, desdichadamente para él, nuestro Borges, a través de la mordacidad y del sarcasmo, se hizo un especialista de la injuria, y hasta le dedicó un célebre ensayó que tituló “El arte de injuriar”; sobre todo en el controvertido juego de la política, donde sus opiniones aún siguen irritando a los intolerantes carentes de humor o de lucidez, que no admiten ni le perdonan su anti peronismo. Aunque con generosidad, por supuesto, me admitió a mí que lo comparara con Perón, pues ambos eran dos criollos viejos, maestros de la ironía y del doble sentido. En este terreno Borges se divertía mucho, muchísimo consigo mismo; al tiempo que desconcertaba a los demás. Si uno repasa su descomunal iconografía no es raro sorprenderlo, casi siempre, con una sonrisa o una risa de oreja a oreja. Es probable que la difícil coincidencia de ceguera e inteligencia lo aislaran de maravillas para elucubrar sus siempre geniales comentarios.

Yo vivo repitiendo que uno de los dones que le debo a la vida es mi dilatada relación con Borges, en la que alternaba simultáneamente como amigo, discípulo y colaborador. Tuve la felicidad de estar a su lado durante dilatados años, que se prolongaron en una década. Cuando nos vemos con mi admirado amigo, el poeta Luis García Montero, siempre recordamos aquella mañana en que Borges lo recibió en su casa y yo lo presenté como “un joven poeta venido de Granada”.

-¡Caa-ram-ba! -exclamó Borges meneando la cabeza con una risita de complicidad, o complacencia- yo fui joven alguna vez, pero no sé si he llegado a ser poeta”.

Otra mañana (yo trabajaba con él desde las 9 hasta la 1 o las 2 de la tarde), después de atender en el teléfono un llamado de París, me dijo, sin ocultar la emoción:

-¡Bue-eee-no, qué gran noticia! -y empezó a reír con toda la cara iluminada-. Alifano, he conseguido engañarlos a todos. Soy un perfecto impostor.

-¿Por qué, Borges? -pregunté intrigado.

-El llamado era de la editorial Gallimard para darme la buena noticia de que me incluirán en una colección donde estaré ilustremente acompañando a escritores como Gustave Flaubert, Victor Hugo, Honoré de Balzac y Paul Claudel. ¿Qué me cuenta, he conseguido engañar a esa gente?

-¿No entiendo, Borges? -volví a preguntar.

-Pero sí, un generoso error de estos editores. Incluirme a mí, que soy un atrevido plagiario, junto a esos creadores. ¿Me parece mentira?

Y elaboró enseguida este comentario definitivamente afín a su sorprendente humor:

-Quizá a mi padre le hubiera resultado tan divertido como a mí; él tenía mucho sentido del humor. Mi madre no; ella creía sinceramente que yo tengo talento… ¡Pobre madre, qué equivocada estaba! Yo soy un discreto y hábil maestro de la variación; que en otras palabras significa un atrevido plagiario. Lo cual es lícito, porque no hay Adán literario, ya todo está escrito o formulado. Lo que sucede es que hay que saber plagiar; de lo contrario es preferible tener la irresponsabilidad de ser original.

¡Qué maravilla tener ese sentido del humor! Asombroso que un genio literario, sin duda el más literario de la historia de la literatura si lo tomamos frase por frase, ya que es el único que admite la obra completa con idéntica calidad del primero al último texto, se tomara en broma. No tomarse en serio es la consigna, me parece, para considerarnos quizá menos astutos que lúcidos, y lúdicos a la vez, pues nada en el fondo es tan serio como para tomárnoslo tan en serio, en especial a nosotros mismos. Borges nos dejó esa gran lección que bien vale la pena tener muy en cuenta.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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