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ORIENT EXPRESS

A una semana de la guerra

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 25 de agosto de 2019, 19:57h

En estos días, se prodigan los recuerdos de las últimas semanas de paz que conoció Europa antes de la II Guerra Mundial. La evocación de aquellos días anteriores al 1 de septiembre de 1939 habrían de servirnos como advertencia de lo frágil que es la paz y de lo cerca que puede estar el horror sin que sospechemos su presencia.

Sin embargo, una mirada atenta a aquellos meses nos permite advertir que el ascenso de Hitler, la anexión de Austria, la desmembración de Checoslovaquia y la agresión contra Polonia no fueron ni sorprendentes ni inevitables. Los nazis no ocultaron sus intenciones expansionistas, ni sus deseos genocidas ni sus ideas totalitarias. En marzo de 1933, Heinrich Himmler anunció la creación de un campo de concentración para los opositores políticos: Dachau. El primer contingente de prisioneros llegó el día 22 de ese mismo mes.

Frente a las intenciones de los nazis, los gobiernos de las grandes potencias de la época -los imperios británico y francés, principalmente- fueron vacilantes, dubitativos y, por fin, apaciguadores. Sendas notas secretas de julio y octubre de 1937 y de abril, junio y noviembre de 1938 publicadas por la editorial Gallimard en “Dans les archives inédites des services secrets. Un siècle d´espionnage français (1870-1989)” ya advertían al Ministerio de Defensa francés de la “guerra relámpago” que los alemanes estaban ensayando en la Guerra Civil Española. El ministro era Daladier que, como indica Anne-Aurore Inquimbert, sería el hombre que, el 30 de septiembre de 1938, dejaría a Hitler desmembrar Checoslovaquia. No estuvo solo. Junto a él, Neville Chamberlain apostó por apaciguar a los nazis cediendo a todas sus pretensiones. Esto sólo llevó a Hitler a ganar más poder, prestigio y crédito en la escena internacional. Si había alguna posibilidad de detener el ascenso de los nazis, fue diluyéndose a medida que el Reino Unido y Francia cedían.

Por supuesto, hubo voces que “avisaron del fuego” por utilizar la célebre expresión de Walter Benjamin. Churchill clamó solo en el desierto contra el peligro que los nazis representaban. Lo acusaron de desear la guerra en lugar de la paz. El 24 de septiembre de 1936, en el Teatro de los Embajadores de París, dio “gracias a Dios por el Ejército francés”, en el que confiaba para defender al Reino Unido de los carros de combate alemanes. El 14 de marzo de 1938 lamentó la anexión de Austria. El 5 de octubre de 1938 calificó los acuerdos de Múnich de “derrota total y rotunda”. El 14 de marzo de 1939 denunció el abandono de Checoslovaquia. Dos días después, Hitler proclamó en Praga la creación del Protectorado de Bohemia y Moravia. El 3 de septiembre, mientras los polacos luchaban contra los ejércitos del III Reich, advirtió que “estamos luchando por salvar al mundo entero de la pestilencia de la tiranía nazi y en defensa de todo lo que resulta más sagrado para el hombre”. Casi nadie lo había escuchado.

Muchos recuerdan el pacto Ribbentrop -Molotov de 23 de agosto de 1939 como el punto de partida de la agresión contra Polonia, cuya partición preveía un protocolo adicional secreto. Para entonces, la debilidad de las democracias burguesas y liberales que podrían haber evitado el ascenso de Hitler era evidente. Polonia movilizó en dos ocasiones a su ejército en el verano de 1939 consciente de que la guerra se avecinaba. La última vez fue el 29 de agosto de 1939 y revocó la orden a solicitud de los embajadores de Francia y del Reino Unido. Polonia confió en sus aliados y sus aliados fallaron. Una vez más, el apaciguamiento había fracasado.

En virtud del protocolo adicional secreto, los polacos lucharon no en uno sino en dos frentes contra sendos invasores formidables -el III Reich y la URSS- y lo hicieron solos. Las democracias liberales burguesas, que habían tratado de apaciguar a los nazis, fracasaron en el auxilio a su aliada.

Cuando se cumplen 80 años del comienzo de la II Guerra Mundial, hay mucho que aprender todavía de aquel periodo y de aquellas semanas de agosto de 1939. A los totalitarios no se los puede tratar de contentar con la esperanza de que cesarán en sus pretensiones. Allí donde los enemigos “de todo lo que resulta más sagrado para el hombre” crecen y se alzan, allí deben las democracias hacerles frente. No podemos perder la claridad moral en esto: no caben compromisos con las tiranías.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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