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Ensayo

Antonio Colinas: Sobre María Zambrano. Misterios encendidos

domingo 15 de septiembre de 2019, 17:32h
Antonio Colinas: Sobre María Zambrano. Misterios encendidos

Siruela. Madrid. 2019. 400 páginas. 24,95 €. El poeta Antonio Colinas, gran amigo de la pensadora malagueña hasta la muerte de esta en 1991, nos propone un muy especial recorrido por la trayectoria vital e intelectual de María Zambrano, que es también un homenaje a una autora imprescindible. Por Fernando Muñoz

Sabe bien Antonio Colinas que al leer a María Zambrano hay que tener presente la distinción entre el discurso filosófico (“La enseñanza dispensada en la escuela”) y la vida filosófica (“la comunidad de vida institucional que reúne a maestro y discípulo y que implica un determinado género de vida…” (Pierre Hadot)

Ignoro si María Zambrano concedería llamar poesía a la vida y eficacia del discurso, pero lejos de la lírica divagante o la elegante declamación, la poesía o la filosofía poética de Zambrano se inscribe en la larga tradición que hizo de la filosofía una forma de vida orientada a conmover la “dirección de la mirada”, señalando como su norte imperturbable la posibilidad de la metanoia, de una extremada conversión. La filosofía como técnica de vida se aproxima a la religión, alcanzando en la teología cristiana su síntesis más sutil. La atención constante, por parte de María Zambrano, a la dimensión religiosa de la vida humana, palpitante en la idea de razón poética, arraiga -a mi juicio- en la comprensión de la filosofía no como discurso, sino como modo de vida.

En efecto, María Zambrano es maestra de vida y no hay que olvidar que su maestro Ortega desplegó un potente y transformador discurso filosófico articulado en torno a la idea de la vida. Ortega ha adquirido para nosotros el perfil de un filósofo discursivo, pero tuvo para Zambrano el valor de un maestro en cuya proximidad la filosofía adquiría vida y eficacia, virtudes que fermentaron en las páginas de Zambrano hasta constituir una filosofía que se aviene mal con los modos y el estilo al que se ha ido reduciendo la filosofía académica europea -racionalista e idealista- durante los largos siglos de nuestra modernidad. Es ésta una filosofía sin maestros, una filosofía de profesores.

Esa desavenencia con los modos filosófico-académicos vigentes se manifiesta ya a la hora de asignar género literario a la escritura de María Zambrano. Antonio Colinas, él mismo poeta y narrador, crítico y traductor, se ha acercado una vez más a la figura de su maestra con la caridad imprescindible y la claridad de ideas de un filósofo exacto.

Caridad y claridad son, quizás, las cualidades más conspicuas y evidentes de la escritura amable y lúcida de María Zambrano. Sin inteligencia, tanto como sin amor, su lectura es inviable. Émile Cioran escribió: “Comparado con Aristóteles, un santo es un analfabeto. ¿Por qué, entonces, nos parece que podríamos aprender más de este último?” Evidentemente, analfabetismo no supone ignorancia. Hace mucho tiempo que sabemos probable que Sócrates no supiera escribir, lo que no significa que Sócrates fuera un ignorante. No era, parece indiscutible, profesor de filosofía. El santo es, por tanto, sabio y el sabio está próximo a la beatitud pese a resultar, quizás, incapaz de leer y escribir porque su saber no es discursivo. Cuando nos asfixiamos bajo un abundante detrito de psicología clínica y manuales de auto-ayuda volver la vista a María Zambrano podría devolvernos el contacto con esa tradición perdida según la cual nada hay más práctico y vital que la filosofía.

De entre las enseñanzas más inmediatas de la vida filosófica se encuentra la del reconocimiento de la insalvable circunstancia que es matriz y sostén de la propia vida y que en el caso de Zambrano y de los numerosos exiliados españoles fue siempre España y, por lo mismo, Europa: Hispano-Europa. La España y la Europa en torno a la que Zambrano, y Colinas prolongando hoy su esfuerzo, han desplegado un afán comunicativo que no parece haber coronado el éxito. La hermosa foto -anterior a la guerra- de un asombroso ramillete de escritores presentes en un homenaje a Vicente Aleixandre quedará pulverizada cuando la guerra conduzca a unos al exilio, a otros a la batalla interior, a otros a la muerte.

Ortega, ejerciendo su difícil magisterio, ofreció una lección a todos aquellos que siempre vivieron pendientes de sus actos, regresando a la España de posguerra bajo la hegemonía del general triunfante. María Zambrano reconocería en privado que muchos otros debieron regresar con él, pero prefirieron otras formas de exilio. El suyo también se prolongó, quizás demasiado, siguiendo tardíamente el simbólico gesto de José Ortega y Gasset. Sim-bólico o comunicativo porque trataba de salvar la continuidad de la tradición española, frente a los que trataban de promover la ruptura (dia-bólica o divisiva) con dicha tradición. Zambrano en Delirio y destino salta del día de proclamación de la república, el 14 de abril de 1931, al 13 de junio de 1940. Ese hiato es el que Ortega trató de sobrepujar ejecutivamente, retornando al seno de la España común, aunque bajo el dominio del general. La doliente diáspora de Zambrano buscó España por todas partes. Aunque tarde, pudo encontrarla, por fin, donde siempre había estado. Antonio Colinas nos aproxima de nuevo a María Zambrano, aproximación y cercanía que enseña mucho más que una doctrina.

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