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TRIBUNA

La penúltima satrapía

Ernesto Colsa Sotelo
miércoles 16 de octubre de 2019, 20:01h

Hace un par de años, haraganeando por la internet en busca de algún destino vacacional barato y chusco, di con un lugar que llamó rápidamente mi atención. Observé, así, en el litoral oriental del Mar Caspio un impresionante complejo hotelero en un lugar denominado Awaza, desconocido para mí a pesar de las horas invertidas en ese adictivo vicio de viajar con el Google Maps sin necesidad de levantar las nalgas del sillón. Como digo, a vista de pájaro podían distinguirse allí un conjunto de parcelas al borde del litoral, rodeadas hacia el interior por miles de kilómetros cuadrados de la más absoluta desolación. Sobre ellas se disponían unas construcciones futuristas cuyos terrenos colindantes parecían albergar todo tipo de atracciones destinadas al ocio: pistas deportivas, piscinas multiformes, terrazas de hostelería, bungalows… Aunque nunca había ido de vacaciones a un resort, pues sus presuntas comodidades me parecen un tostón, consideré una brillante idea la de irme a veranear a Awaza, aunque me constaba que debería desplegar unas dotes de persuasión más laboriosas de lo habitual para convencer a la parienta. Sin embargo, presumía que los precios del país —Turkmenistán— nos permitirían tirarnos dos semanas a todo trapo, colmados de lujos manguis, por cuatro perras.

Pinché en uno cualquiera de aquellos monumentales hoteles para consultar tarifas, pero el sistema no enlazaba con ninguna web coherente. Deduje que el edificio se encontraba en construcción, así que lo intenté con el contiguo, pero obtuve idéntico resultado a pesar de que las fotos del Google mostraban un negocio en aparente funcionamiento. Como me pasó lo mismo en cada uno de los restantes hoteles, comencé a sospechar que algo extraño ocurría allí, y me puse a recopilar información sobre el país. Con solo documentarme un poco comprendí a la perfección el origen del misterio, pues Awaza se encuentra en uno de los países más marcianos del orbe, quizá tanto como otros cuyas perversidades se airean de continuo en los medios de comunicación. Pero, claro, Turkmenistán no tiene la bomba atómica y a nadie se le da una higa aunque cuente con una de las más importantes reservas mundiales de gas, lo cual le permitió a su estrafalario fundador moldear un Estado conforme a sus veleidosos gustos. En efecto, Saparmyrat Nyýazow, llamado Turkmenbashi (1940-2006), puede considerarse el prototipo de dictador megalómano surgido tras la caída del comunismo, y a quien nadie osaba llevarle la contraria al provenir de lo más alto de la nomenklatura de la República Socialista Soviética de Turkmenistán. Nyýazow, furibundo defensor de la continuidad de la federación, convocó un referéndum en el cual más del noventa por ciento del censo votó a favor de permanecer en la URSS, pero conforme el resto de repúblicas fueron declarando su independencia a partir de 1991 varió su discurso y se convirtió en adalid de la causa turcomana, de la etnicidad diferenciada de su pueblo y de su directa vinculación con Gengis Khan, el mayor conquistador de todos los tiempos. Pasó a considerar la pertenencia de la República a la Unión Soviética un hecho circunstancial y transitorio, obviando que con anterioridad Turkmenistan jamás había existido como entidad política soberana.

Desde la fundación del joven Estado, los ciudadanos hubieron de soportar con estoicismo las privaciones inherentes a una dictadura, desde la falta de libertad de prensa a la propaganda inmisericorde del régimen, pasando por la arbitrariedad de unas instituciones de pacotilla, la prohibición de cualquier tipo de oposición, la impunidad de las fuerzas del orden o la corrupción sistémica, lo cual tampoco había de resultarles demasiado extraño a unos habitantes que no podían añorar una democracia que desconocían porque nunca habían vivido en ella. Sin embargo, fue el componente megalómano de la dictadura de Turkmenbashi lo que empeoró sobremanera la situación de unos ciudadanos que, a partir de la independencia, se vieron privados de una serie de servicios públicos que por lo menos el Estado soviético les venía proporcionando y que el líder arruinó en aras de una política de nuevo rico con la que convirtió la capital, Asjabad, en una de las urbes estéticamente más ostentosas del mundo y con mayor superficie per cápita de mármol en sus fachadas. El Estado financió con sus inagotables reservas de gas la reforma de la ciudad y la dotó de fuentes por doquier a pesar de hallarse enclavada en uno de los parajes más áridos del mundo, construyó edificios futuristas para albergar las instituciones, erigió decenas de estatuas doradas con su efigie o, en fin, promovió el desmesurado complejo hotelero de Awaza en un país donde no existe el turismo, entre otras razones porque conseguir un visado resulta poco menos que imposible, por eso los resorts cuyas tarifas yo pretendía consultar carecieran de una mísera página web. De resultas de esta absurda política, el Estado se arruinó y hubieron de recortarse servicios esenciales, ya de por sí exiguos, como la educación, rebajando un par de años la escolarización obligatoria, o la sanidad, cerrando los hospitales provinciales fuera de Asjabad ante la falta de medios para pagar a los médicos. Por si ello no resultara suficiente, los pobres turcomanos hubieron de convivir con las excentricidades del déspota, quien cambió la denominación de los meses poniendo su nombre o el de su madre, por ejemplo, prohibiendo fumar en todo el país cuando él se quitó, proscribiendo el pelo largo u obligando al estudio generalizado de uno de los engendros nacidos de su dudoso caletre, un opúsculo denominado Ruhnama —o Libro del Alma, en cristiano—, una suerte de Camino a la turcomana repleto de máximas pueriles que lo mismo sirven para un roto que para un descosido, y que dio lugar a la erección de uno de los monumentos más macarras que se puedan concebir: una estatua del tocho provista de un mecanismo que permite su apertura y que por las noches ilumina las desiertas avenidas de la capital.

Pues bien, si les interesa profundizar en el tema, les recomiendo el magnífico ensayo Sovietistán, de la periodista noruega Erika Fatland. En él, la autora narra su recorrido de varios meses por las cinco naciones del Asia Central descolonizadas en las postrimerías del siglo XX: Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán y el propio Turkmenistán. Tras su lectura, se concluye que todos estos países de nuevo cuño, nacidos al socaire de la desmembración de la URSS, lo integran los descendientes de un conglomerado de pueblos, en su mayoría de tradición nómada, cuyas comunidades fueron separadas por el caprichoso tiralíneas de los estadistas en la década de 1920. Stalin abundó en esta política de dividir a los grupos humanos de características étnicas homogéneas con el fin de mantener la cohesión territorial de un imperio de veintidós millones de kilómetros cuadrados, de ahí que los movimientos masivos de asentamientos humanos fueran constantes durante su mandato, y las repúblicas del centro de Asia no se libraron de tales vaivenes. Tan es así que a los integrantes de estas comunidades, en el momento de independizarse, se la traía más bien floja la posibilidad de contar con una patria propia en la que integrarse y con cuyos símbolos pudieran sentirse identificados, con sus banderitas, himnos y divisa propia ornada con unos señores bigotudos y como muy antiguos, cuánto más si hubieran sabido la que les esperaba bajo el mandato de Turkmenbashi. El actual dirigente, Berdimujamédov, con ser un redomado fantoche que practica la hípica, toca la guitarra y no para de salir en televisión haciendo el chorras, no parece tan estrafalario como su antecesor, y por lo menos ha vuelto a aumentar la edad de escolarización obligatoria y a devolver a los meses su denominación originaria. Además, se ha escoñado el mecanismo de apertura del monumento al Ruhnama, y por el momento no parece que haya intención de repararlo. Algo es algo.

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