El regulador saudí ha aprobado la salida a bolsa del gigante petrolífero saudí Aramco, cuyo beneficio neto ascendió a 111.100 millones de dólares en 2018 según las cuentas que la empresa publicó en abril de este año. Esta difusión de información era parte del proceso de capitalización bursátil que ahora entra en su fase final. Tras varias cancelaciones atribuidas a circunstancias desfavorables de los mercados, Aramco se estrenará en la bolsa de Riad sacando al mercado aproximadamente entre el 2 % y el 5% de la compañía.
Como todo lo que sucede en la región, la salida a bolsa de Aramco tiene consecuencias geopolíticas.
En primer lugar, los ataques con drones de septiembre de este año contra las instalaciones de la petrolera saudí no lograron detener la estrategia bursátil de la empresa ni la exportación de crudo de forma significativa. Si la ofensiva contra Aramco demostró la vulnerabilidad de las refinerías saudíes, su capacidad de recuperación parece haber disipado los temores de que la principal industria del país fuese también su punto débil. Hace falta algo más para poner de rodillas al Reino.
No obstante, la estrategia saudí pasa por dejar de depender del oro negro. La Visión 2030, que ha fijado la estrategia política y económica de Riad para la próxima década, tiene como uno de sus puntos centrales la creación de una economía “más diversa y sostenible” que genere mayor empleo. El príncipe Mohammed Bin Salman ya advertía en su mensaje de presentación de la Visión 2030 que, “nuestro país es rico en recursos naturales. No dependemos sólo del petróleo para satisfacer nuestras necesidades. En nuestras tierras hay oro, fosfatos, uranio y otros minerales preciosos. Pero nuestra verdadera riqueza radica en nuestro orgullo nacional y en los arquitectos de nuestro futuro”. Arabia Saudí aspira al liderazgo regional y al liderazgo en el mundo islámico. En ambos casos, compite con la República de Turquía y la República Islámica de Irán. Por un lado, pues, tiene un rival laico; por otro, se enfrenta a un adversario revolucionario. En ambos casos, pugna con repúblicas.
Los títulos bursátiles se ofrecerán a inversores institucionales y tanto a ciudadanos saudíes como a extranjeros residentes en Arabia Saudí y a nacionales de los otros países del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (Emiratos Árabes Unidos, Bahréin Kuwait, Omán y Catar). El mensaje que se transmite es claro: apoyar a Arabia Saudí tiene como resultado condiciones favorables en grandes operaciones económicas. Está por ver en qué condiciones quedará la relación con Catar, que está sometido a boicot por parte de los demás países del Consejo. Por lo pronto, Doha ha tenido un acercamiento a Turquía como forma de romper el aislamiento al que pretenden someterlo sus vecinos, que hasta el momento no han logrado asfixiar al emirato.
La propia Visión 2030 aspira a dar al Reino un impulso mayor que el de la diplomacia del petróleo. La propia iniciativa de sacar a bolsa Aramco trata de mostrar que la voluntad de abrir la economía y fortalecer el sector privado es una verdadera apuesta de futuro y se enmarca en el ciclo de reformas que Arabia Saudí exhibe ante el mundo.
Sin embargo, sería un error pensar que los cambios económicos van a suponer un debilitamiento de la identidad islámica wahabí del Reino. Antes bien, la Visión 2030 arroja bien a las claras que otra de sus líneas centrales es el refuerzo del islam y el impulso de la influencia cultural y religiosa a través del Hajj y de la Umrah.