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TRIBUNA

Madre y Señora Nuestra

domingo 08 de diciembre de 2019, 19:38h

Sucede en El cautivo, novela corta incrustada en la gran novela universal que es El Quijote: Zoraida, hermosa mora que con el ardiente deseo de hacerse cristiana abandona familia y hogar en Argel y desembarca en España para vivir una nueva fe, es presentada por su acompañante a los demás personajes de la narración por su nombre. Pero ella niega con la cabeza y grita: ¡María! ¡María! ¡Zoraida no! revelando así su devoción por Lela Marien, en lengua morisca, Nuestra Señora la Virgen María.

Entre sus vecinos de Nazaret, Jesús fue conocido como el “hijo de María”, la esposa de José, cumplidores ambos de la voluntad de Dios. Con salero jerezano, Pemán sostenía que el Arcángel San Gabriel es el primer cuerpo diplomático de la Historia. Desde el Anuncio, María siempre supo que su hijo concebido por obra del Espíritu Santo era el Mesías y Salvador. El nacimiento en un pesebre en Belén, la presentación en el templo en Jerusalén…María "guarda todas estas cosas en su corazón" (Lucas 2,51). Será en Caná, en unas bodas en las que escasea el vino, en donde la Madre revele la gloria de Jesús: “Haced lo que él os diga”. Y en aquél viernes de dolores, era María la Madre del crucificado y estaba junto a la Cruz. Stabat iuxta crucem. Era y estaba. Era mujer con todos sus atributos: belleza, amor, ternura, maternidad, dignidad…Y estaba como madre donde debía estar. Madre y Señora del consuelo, esperanza y salvación.

Dice Vittorio Mesori que la cristología sin mariología termina en herejía. En el mundo frenético y en los tiempos azarosos en que vivimos, en donde unos van al psicoanalista y otros a la bola de cristal, es necesario vivir intensa y profundamente con espíritu sobrenatural la celebración de una solemnidad como la de la Inmaculada Concepción. Pensar que los dogmas de siglos anteriores no sirven en el presente es como sostener que una filosofía es cierta los lunes, pero no los martes, decía Chesterton. El estremecimiento ante lo santo es la vibración más humana que existe en el corazón del hombre, afirmaba Goethe. ¿Cuántas divisiones tiene el Papa? preguntó Stalin. El Santo Rosario, el arma más poderosa de los católicos y compendio de todo el Evangelio.

La efigie de María con el Niño en los brazos, que bendice en un gesto de serena majestad, hace más humano y divino al hombre. En Vidas Romanas, escribe Rubio Plo que una religión con un niño en brazos de su madre tiene que ser necesariamente una religión para el hombre. España es mariana (Tierra de María, la llamó el santo polaco). En Europa ondea una bandera azul con origen mariano. El continente americano es el continente de Nuestra Señora. María Virgen ha sido el instrumento para la renovación del mundo, la mediadora universal, puesto que nos dio al Salvador. Y nosotros, los creyentes, debemos lanzar resplandores que iluminen este mundo sombrío proponiendo a entendimientos y a corazones el cultivo de lo que constituye la dimensión más profunda del hombre: el sentido de lo trascendental, el culto a Dios.

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