En España hay naciones a manojo, depende del tamaño de la mano. Te puedes llevar un par, quince o media docena. Iceta ha cogido ocho. No es mala presa, yo tengo días en que no agarro ni una. Es que España es un país raro, pero versátil, que igual da para un roto que para un descosido. Provinciano y cosmopolita como tantos, provinciano por cosmopolita como pocos. Vino la niña Thunberg, salió el Bardem de guardia y acreditó su compromiso con el mundo todo, nos reunimos a millares para pedir “justicia climática”. Difícil sintagma… meditábamos en mitad de la marcha, mientras avanzábamos al clímax de los discursos y alocuciones sentimentales. Actores y panfletarios, cargos y reflexivos, intelectuales y académicos: españoles de ambos hemisferios. Acudieron a la marcha – diría Iceta – españoles de los ocho hemisferios y un buen manojo también de gentes de varia procedencia. Fue un vaivén ecuménico en nombre de la “descarbonización” del planeta. Todos regresamos a nuestras casas consolados y satisfechos, cada uno en su catamarán.
Es que estamos a un paso de alcanzar la sensibilidad sutilísima e ilustrada de los señores de Cambridge que han debido descolgar un cuadro estupendo del siglo XVII. “Naturaleza muerta” es un género inaceptable hoy en día, cuando exaltamos la vida de la naturaleza. La tela ofrecía un magnífico espectáculo de cocina pletórica: volátiles de todo tipo, jabalíes o venados que hicieron la delicia de antiguos comensales. “Mercado de aves” ofrece hoy a los estómagos sensibles un espectáculo repugnante y debe ser puesto de cara a la pared o llevado a espacios menos agresivos con nuestras pacíficas y amables digestiones. Compasivos y sensibles ponemos el límite de nuestra sensibilidad en los vegetales, seres vivos también, pero algo habrá que comer mientras nos alistamos todos a la práctica fototrófica o respiracionista.
Pese a nuestra simpatética participación en el grito unánime a favor del planeta, hay quien señala que el fascismo corre por las venas de millones de españoles. Un historiador, de cuyo nombre no puedo acordarme, lo detecta bien: bajo nuestra piel vegetariana está el lobo feroz de un fascismo genético. Josep Lluis Carod tampoco se deja engañar por los hispanovegetarianos y sabe que los niños que maltratan a sus padres hablan español. Otras lenguas inhiben la violencia, habría que administrar su sintaxis angélica y su luminoso vocabulario como el antídoto necesario para un Dr. Jekyll que, tras tragarse la síntesis del mal, rompiera a hablar en el pulido español del Sr. Hyde.
Vivimos tiempos de simplificación extrema, divididos por la línea cortante que opone a buenos y malos, a los puros y los perversos, a los fascistas y sus contrarios. Rojos de alcurnia y capitalistas acreditados, sensibles al planeta herido y fabricantes de plásticos. Afectados por un catarismo maniqueo que sería ridículo si no fuera aterrador, hemos empezado a afilar los viejos cuchillos y aguardamos la señal para liberar al mundo de la plaga de los doctrinarios y sedicentes que no quieren ver la verdad patente que proclamamos.
Y en ese escenario sin matices, de estricto blanco y negro, se dispone una batalla en frentes múltiples y cambiantes, pero siempre armada sobre la oposición elemental: los nuestros y los otros. La disección alcanza en ocasiones la intimidad de una conciencia escindida que quisiera evitar que la lengua extraña nos salga curiosamente de las entrañas, como a esa ilustre analista que pide emitir en catalán las crudas reacciones a la función del satisfyer: un aparato succionador para una fruición sexual eléctrica y explosiva. La palabra parece ciertamente inglesa, sin embargo, la comentarista encuentra en el español al enemigo que, al parecer, podría acompañar sus aullidos de placer mecánico. Uno no sabe qué es figura y qué es fondo: depravación o estupidez, estupidez o depravación. Unas veces destaca el tonto, otras veces destaca el malo. En cualquier caso, la ambigüedad se resuelve en una figura deplorable y triste.
Resulta que hay que contener el impulso etológico que se expresa en español para lograr que se manifieste en un refinado catalán. Lo más común e inmediato, aquello que sería universal a todos los hombres porque es anterior a la historia y la cultura, porque es una reacción orgánica y elemental, eso ha de concebirse en esa lengua de ángeles… onanistas. Podría haberse previsto, dada la insistente exigencia de una absoluta independencia.