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LIBRO

Fernando Muñoz, autor de El Escándalo Maestre: este caso desvela la “podredumbre” de nuestra “democracia consolidada”

jueves 09 de enero de 2020, 17:22h
El Escándalo Maestre, de Fernando Muñoz
El Escándalo Maestre, de Fernando Muñoz

El profesor de la UCM, doctor en Filosofía y en Sociología, Fernando Muñoz, ha escrito ‘El Escándalo Maestre. Política y Universidad’ (Confluencias), en el que relata como un catedrático de la Universidad de Almería (UAL) con una trayectoria académica brillante fue cesado por razones administrativas. Un caso, en palabras del autor, que desvela la “podredumbre” que oculta nuestra “democracia consolidada”.

Como consecuencia, se difunde un “Manifiesto a favor del catedrático Agapito Maestre” con las firmas reconocidas de Gustavo Bueno, Fernando Savater o Jurgen Habermas. Al tiempo, más de 80 profesores de la propia Universidad de Almería pedían a su rector una rectificación. Las protestas no sirvieron para nada.

El libro de Fernando Muñoz es una descripción objetiva del acoso político y administrativo sufrido por el filósofo Agapito Maestre desde que fue desposeído en 2002 de su cátedra de Filosofía hasta hoy. Así, como el manto de silencio que se vertió sobre “la injusticia sufrida por el indeseable que se atrevió a defender la unidad de España”.

Su autor ha explicado a El Imparcial más detalles sobre este espinoso asunto:

¿Por qué había que escribir este libro?

Me parece que valía la pena narrar la dolorosa vicisitud a que se ha visto sometido Agapito Maestre, porque este caso tiene la capacidad de desvelar la podredumbre que oculta nuestra apariencia luminosa de “democracia consolidada”. En pocas como en esta ocasión se manifiesta con evidencia la corrupción que tiene tomada la vida institucional del país y especialmente su nervio universitario.

¿De qué tiene más este escabroso episodio, de Política o de Universidad?

En la situación actual es difícil fijar esa diferencia. La Universidad está saturada no ya de política, sino de un partidismo hemipléjico. En general las ciencias sociales y las humanidades quedaron laminadas por la constitución del Espacio Europeo de Educación Superior, la famosa reforma de Bolonia. El EEES culminó el asalto a la educación por parte de un pedagogismo que constituye una poderosa ideología de evidentes funciones político-económicas. Por no hablar de la formalización y vaciado de una actividad cada vez más sujeta a patrones administrativos y abstractos.

Por otra parte, el principio de la autonomía universitaria ha sido elevado a dogma, al servicio de los mesogobiernos autonómicos, en un proceso de oposición a la unidad política ya sea por vía secesionista o “federalizante”. En suma, la Universidad está tomada por intereses de partido donde medran doctrinarios y activistas de la corrección política.

En tales condiciones se hace imposible el ejercicio de la dialéctica. Pero ésta constituye la estructura misma de unos saberes que hoy se degradan en ideología: me refiero a los saberes humanísticos y las ciencias sociales. En la Universidad actual la dialéctica ha quedado abolida y una sociedad donde la dialéctica desaparece, se inclina peligrosamente a otras formas de conflicto. La dialéctica o el ejercicio de la argumentación y la contra argumentación, del debate sometido únicamente a las reglas de la lógica, no sólo postula una verdad accesible a través del mismo enfrentamiento discursivo, sino que supone la acogida del antagonista al que, aunque se juzga errado, se le reconoce la dignidad que permite la oposición. De otro modo queda convertido simplemente en enemigo. La dialéctica supone una apertura y magnanimidad capaz de asumir el riesgo de ser con-vencido en el acto de intentar con-vencer. Hoy en la universidad triunfan únicamente conciencias monolíticas. El escepticismo liberal de Agapito Maestre tenía que salir malparado en estas condiciones.

¿España es una nación absurda?

La pregunta que Ud. formula con tanta facilidad exige una respuesta de enorme complejidad. Seré imperdonablemente sintético. A mi juicio, España es una nación política con un pasado singularísimo. Su identidad como estado nacional se constituye todavía sobre una unidad que desborda el ámbito peninsular, porque su configuración política como estado nacional recae sobre una morfología de otro orden: no particular, sino universal.

El pasado histórico de esa nación política contiene “el hecho del imperio” y de un imperio que, en contraste y oposición con otros modelos imperiales, se verá socavado y formalmente destruido. Muchos ven en España un producto “tardofeudal” y, por tanto, primitivo. La izquierda, con Marx en primera línea, siempre ha visto el industrialismo capitalista con auténtico embeleso. Y tienen razón, España se convirtió en el fundamento sobre el que se afirmó el programa de agónica prolongación del imperio medieval cristiano. Su repliegue definitivo y un ocaso lento, pero inexorable, queda firmado en 1648. En la pugna consiguiente entre programas imperiales de cuño comercial y pronto industrial, el imperio español será codiciado y parcialmente depredado. Pero no fue nunca despreciable su capacidad de resistencia.

Ahora bien, en el esfuerzo que supone esa resistencia se irá haciendo insoportable la contradicción entre el programa y la práctica efectiva. Entre el programa universal constructivo o civilizador y la necesidad de una práctica de explotación económica derivada del combate con otras potencias imperiales. Esta contradicción creciente explicará la absurda conciencia de los españoles. D. Quijote es el emblema temprano de esa contradicción cuyo desarrollo hará de España una nación absurda, pero cuyo absurdo es – dice Unamuno – “su nervio y principal sostén”. En efecto, en ese absurdo estaba presente todavía de manera contradictoria un aliento universal cada vez más poderosamente contenido hasta ser, finalmente, clausurado. Así pues, España hoy ha dejado de ser absurda. Está por ver si sobrevivirá a la recuperación de la razón. D. Quijote – que muere al recuperar la razón – no ofrece buen pronóstico…

Con ese pasado la refundición política nacional a partir de la unidad quebrada de la Monarquía Católica resultará muy especial. Ahora bien, no veo por qué todo estado nacional ha de atenerse al modelo centralista francés, concediéndole una suerte de valor histórico arquetípico. Lo que resulta un mito sin sentido es el de unas naciones étnicas inmemoriales – anteriores a Roma – que hoy buscarían realizar su constitución política. Naciones étnicas que se quieren hoy eternas y sustantivas, reduciendo la nación política a esa figura administrativa que llaman el Estado español.

Pero los mitos tienen una indudable eficacia política, tanto mayor en los muy nerviosos estados actuales (W. Davies). Me parece que frente al nacionalismo o incluso al oscuro federalismo, la idea de una nación política española es un dechado de racionalidad…

¿A qué cree que responde el interés por desposeer de una cátedra por un defecto de forma de un concurso-oposición y que se podría haber solucionado por otras vías?

En el libro quedan de manifiesto las intenciones de los muñidores de la tropelía y parece ajustada la conjetura de Julio Iglesias de Ussel – por entonces Secretario de Estado de Universidades – según la cual en Almería se trataba de poner a uno de los propios, siguiendo las consignas de la cofradía local. Pero el silencio ulterior tiene otra razón de ser.

Agapito Maestre recibió apoyos personales por parte de figuras de primera línea de la “república europea de las letras”, pero la Academia guardaría un ominoso silencio institucional. Aquí se vertió un manto de silencio sobre la injusticia sufrida por el indeseable que se atrevió a defender la unidad de España apoyándose en el artículo VIII de la Constitución, o a poner en entredicho la comprensión sacramental de la autonomía universitaria… En fin, en la Academia española corre serios riesgos todo aquel que se atreve a ir por libre.

¿Es este libro una crítica a la Universidad, en particular, o a la “arquitectura política e institucional” de España, en general, que intenta callar el libre e incómodo –para algunos– pensamiento?

La Universidad forma parte de la arquitectura política e institucional de España, aquejada de una tensión cuya capacidad de quebrar o no la unidad política vamos a comprobar muy pronto. La Universidad conserva todavía profesores magníficos, pero su lugar en la universidad actual es residual o marginal. Algunos ocupan las categorías académicas superiores, pero esto no evita su marginalidad. La institución como tal está arruinada, no sólo por razones políticas de alcance nacional, ni por la subordinación a intereses locales. Sufre efectos de más largo alcance, resultado del proceso histórico y, en esa medida, la ruina no es específica de la universidad española y me refiero muy especialmente, como le decía, a las facultades de humanidades y ciencias sociales. La ideologización y el dominio de una presión colectiva excluye cualquier posibilidad de crítica.

Por otra parte, la sociedad española actual alcanza cotas impensables de aquel plebeyismo que anotara Ortega hace casi un siglo, signo de una “democracia morbosa”. Los habitantes de las aulas no son sólo profesores, también los alumnos que acceden a la universidad poseen la subjetividad caprichosa de un consumidor siempre insatisfecho. La vida universitaria es cada vez más un ejercicio de capacitación profesional o de adorno cultural.

El panorama sombrío que le describo no debe concluir en desesperación. En última instancia siempre es posible recuperar un sentido profundo de la existencia académica. Si institucionalmente hubiera desaparecido del espacio público, por sus fundamentos metafísicos una vida académica es posible en una solitaria celda de estudio y contemplación.

¿Cree que podría volver a pasar hoy?

El recurso o la artimaña urdida entonces ha quedado bloqueada por sentencia del Tribunal Supremo. Si bien dicha sentencia no tuvo efecto sobre el caso Maestre. Pero, por otros medios, estoy seguro de que pasa hoy. Y siempre bajo la apariencia de un escrupuloso respeto a la legalidad.

El acceso del profesorado a la Universidad en las condiciones políticas de la España actual se irá haciendo cada vez más áspero para cualquiera que pretenda ejercer el libre y peligroso juego del pensamiento crítico.

¿Cómo encaja el mundo universitario, intelectual, del pensamiento, una actuación como la de la Universidad de Almería?

Sigue habiendo personas que se reconocen y se apoyan mutuamente. Es de las instituciones de las que no espero nada, ni a escala nacional, ni internacional. Francisco Sosa Wagner esperaba cierta renovación de la globalización de la educación y de la investigación. Por mi parte, encuentro más bien una conjugación entre la globalización tecno-económica y esos nacionalismos fragmentarios a los que se subordinan nuestras muy autónomas universidades.

En este sentido mi posición cae más del lado de Carlos Díaz, que del lado de Francisco Sosa Wagner. Dos ejemplos magníficos de actividad académica que me han honrado envolviendo mis páginas con las suyas.

Para terminar, ¿le ha agradecido el actual ministro de Universidades, Pedro Duque, la dedicatoria del libro?

No. Pero estoy convencido de que pronto recibiré su franco agradecimiento.

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