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TRIBUNA

La Rusia de Yeltsyn: la difícil travesía del socialismo al capitalismo

miércoles 29 de enero de 2020, 19:34h

Hace 28 años, en el mes de enero, empezaron las reformas en Rusia cuyo objetivo principal fue el desmantelamiento de la economía socialista, que durado 74 años había imperado en este país más grande del mundo, arruinándolo por completo, y la creación de una economía libre de mercado en el marco político de libertades y reglas democráticas, propias del mundo occidental. En este artículo, su autor, un testigo presencial de aquellos cambios, hace un breve resumen de aquellos cambios tan transcendentales para aquella Rusia socialista-comunista.

TERCERA PARTE

Citaré algunas de las medidas que en el primer escalón de las reformas no pudieron realizarse por diversas razones, objetivas y subjetivas, impidiendo que se alcanzasen varias metas cruciales para la economía.

Estos fueron los principales problemas con que se enfrentaron los reformistas:

  • El político: los reformistas no consiguieron poner bajo su control al Banco Central. Y sin una política responsable por parte del banco emisor era imposible estabilizar la circulación monetaria. El Gobierno, al no poder controlar la concesión de créditos ventajosos a las empresas “paraestatales”, no podía recortar sustancialmente el déficit presupuestario y alcanzar la estabilidad financiera.

Por otro lado, bajo las presiones del Parlamento, los reformistas no pudieron hacer todos los recortes necesarios en el presupuesto para equilibrarlo, ya que se veían obligados a mantener un gasto público superior a su capacidad financiera.

  • La “zona del rublo”. Un problema específico fue la existencia de la “zona del rublo” que abarcaba no sólo la Federación Rusa, sino todo el espacio de la extinta URSS.

Al principio de 1992 los 15 bancos centrales “ex republicanos” concedían, masivamente, créditos en rublos a sus empresas. Las tres repúblicas bálticas se salieron de la “zona del rublo” en el verano de 1992, gracias a que su inflación no superaba el 1000%.

Mientras tanto, Ucrania, que permanecía en la “zona rublo”, emitió, en 1992, más rublos que la propia Federación Rusa y la hiperinflación en esta ex–república soviética alcanzó el 10.200%.

Gaydar pensaba que la Federación Rusa, una vez desintegrada de la URSS, debía “nacionalizar” el “rublo”; hacerlo su divisa nacional y separarla de los “rublos” de las otras repúblicas, liquidando así la “zona del rublo” que seguían utilizando las otras ex–repúblicas soviéticas en su propio beneficio.

Pero Gaydar no tenía apoyo suficiente entre los conservadores del Parlamento, que querían mantener unas buenas relaciones con las “ex–repúblicas hermanas”.

Así que la nacionalización del rublo se dejó para más tarde.

  • Precios de los productos energéticos. El gobierno de la Federación Rusa no pudo “desregular” en un breve periodo de tiempo los precios internos de los productos energéticos, para que se acercasen a los precios internacionales. Esta imposibilidad permitió, como ya he comentado, que un selecto grupo de “nuevos empresarios”, que actuaba a través de sus correspondientes “lobbies” cercanos al Parlamento y al núcleo conservador del propio Gobierno de Yeltsyn, sacase enormes beneficios, aprovechando esta suculenta diferencia entre los precios internos e internacionales.
  • La ayuda internacional. Desde noviembre de 1991 a marzo de 1992, los cruciales cinco primeros meses de las reformas, el Gobierno de la Federación Rusa no recibió ninguna ayuda exterior para poder acelerar sus reformas.

Más aún, hasta que no dimitiera el Presidente de la URSS y el País Soviético dejara de existir, los gobiernos occidentales preferían prestar cierta ayuda a Gorbachiov, que aún intentaba conservar la URSS.

Sólo empezaron a considerar a Yeltsyn, cuando desapareció la Unión Soviética y los conservadores del Parlamento ruso iniciaron sus ataques contra los reformistas de su gobierno.

  • El parlamento y la Constitución de la Federación Rusa se convirtieron en un gran obstáculo para la realización de las reformas. Como he comentado en su momento, el viejo Parlamento tenía mucho poder.

Todos estos obstáculos y los problemas que quedaban sin resolver llevaron a que la inflación en 1992 llegase a la tremenda cifra de 2.500%, golpeando con fuerza el bolsillo del consumidor y comprometiendo a las propias reformas y sus responsables.

Los reformistas dejan el gobierno.

Finalmente, en diciembre de 1992, un año después de haber iniciado las reformas, Gaydar y las figuras más importantes de su equipo presentaron su dimisión ante las presiones del Parlamento. Yeltsyn nombró Presidente del Gobierno al ya mencionado Victor Chernomyrdin, una figura más aceptable para el Parlamento.

No obstante, Yeltsyn mantuvo a algunos reformistas en el Gobierno, como a Boris Fiodorov, que mantuvo el cargo de Ministro de Finanzas, y que, finalmente, consiguió la liberalización de los precios de los hidrocarburos para la exportación y liquidó la “zona rublo”. También seguía su curso la privatización a cargo del ya citado Anatoli Chubais.

Yeltsyn, aunque tuviera que frenar el ritmo de las reformas, no pensó pararlas, y siguió luchando con el lobby conservador del Parlamento. Esto, sin duda alguna, retrasó, considerablemente, el efecto positivo de las reformas emprendidas por Gaydar, pero no pudo ya devolver el país al fracasado socialismo.

La segunda etapa de reformas.

En marzo de 1997, Yeltsyn después de una prolongada enfermedad – tuvo una complicada operación a corazón abierto – volvió a la plena actividad política.

Hay que recordar que durante el periodo 1993-1997 en el país habían pasado graves acontecimientos que no favorecieron en nada la continuidad de las reformas.

En septiembre de 1993, Yeltsyn tuvo que disolver por la fuerza el pro-soviético Parlamento, que intentó destituirlo de la Presidencia por vía del “empeachment” , y proclamar las nuevas elecciones.

En diciembre de 1993, el renovado Parlamento aprobó una nueva Constitución de la Federación Rusa, que reforzaba sustancialmente los poderes del Presidente y recortaba los del Parlamento.

El 9 de diciembre de 1994, empezó la Primera Guerra contra Chechenia, una república autónoma dentro de la Federación Rusa, que se había revelado contra el poder del Kremlin, y duró hasta agosto de 1996 con la firma del armisticio entre las partes enfrentadas, ya que el ejército federal no había conseguido doblegar a las fuerzas rebeldes y ganar la guerra.

En junio de 1996, Yeltsyn, a pesar de su grave enfermedad de corazón y el desgaste que le produjeron los acontecimientos citados, ganó en las nuevas elecciones presidenciales su segundo mandato, enfrentándose con un rival muy peligroso, el Jefe del Partico Comunista, que tenía un alto rating, gracias a sus constantes apelaciones al descontento de la población con las reformas.

Al volver a la vida política activa, lo primero que hizo el “renovado” Presidente, fue dar un nuevo impulso a las reformas estancadas durante los últimos cuatro años.

Formó un nuevo equipo de reformistas que encabeza el Primer Vicepresidente del Gobierno, el ya citado Chubais. Pero la resistencia a proseguir las reformas por parte del Parlamento y del influente grupo de oligarcas y banqueros, nacidos al son de la primera ronda de reformas, fue brutal.

Nadie quería más cambios. Los oligarcas temían la pérdida de las posiciones predominantes que habían alcanzado en la nueva estructura económica. Los banqueros eran reacios al fortalecimiento del control por parte del Banco Central. El Parlamento prefería mantener al entonces Presidente del Gobierno, Viktor Chernomrdyn, que no era partidario de los drásticos recortes presupuestarios, sino todo lo contrario, consideraba necesario incrementar los gastos sociales y apoyar a las grandes empresas estatales, todavía no privatizadas, lo que suponía mantener el crecimiento de la inflación, que tanto intentaban reducir los reformistas.

En octubre de 1997 vino la famosa crisis financiera asiática, que golpeó fuertemente a la economía rusa y demostró la ineficacia de su política económica y, principalmente, de la presupuestaria.

En marzo de 1998, Yeltsyn, finalmente, decidió cesar el gobierno de Chernomyrdyn y formar un nuevo gabinete, introduciendo en él a nuevos jóvenes reformistas. Pero estos tenían poca experiencia, actuaban lentamente y no comprendían la gravedad de la crisis financiera que padecía el país.

El FMI y el Banco Mundial ofrecieron un programa de estabilización, diseñando, junto con el gobierno del Japón, un paquete de ayudas anticrisis que ascendía a 22.600 millones de dólares. La principal exigencia para prestar esta ayuda era que el Gobierno debería reducir el déficit presupuestario, cortando el constante incremento de los gastos regionales y mejorando el sistema fiscal, para aumentar los ingresos de las arcas del Estado.

Pero los gobernadores regionales, los comunistas en el parlamento y los oligarcas intervinieron, conjuntamente, contra dichas medidas, impidiendo su aprobación en el ya nuevo Parlamento, la “Duma”.

El 17 de agosto de 1998, el Gobierno no tuvo otro remedio que declarar el “default” de las Obligaciones del Tesoro – los famosos GKO –, devaluar el rublo (que perdió tres cuartos de su valor) y congelar, durante tres meses, los pagos a los bancos extranjeros por las obligaciones pendientes con ellos.

El golpe para la economía del país fue muy duro. La mitad de los bancos quebraron.

Las pérdidas de la economía del país llegaron, en 1998, a 97.000 millones de dólares; el sector corporativo perdió 33.000 millones; la población 19.000 millones; y los bancos 45.000 millones. Para una economía en plena remodelación fue un golpe muy duro.

Ante la población rusa, el “default” significó una enorme catástrofe económica y política, y para los ojos de la mayoría el fracaso de las reformas destinadas a cambiar el sistema económico del país.

Pero, gracias al primer empuje reformista radical de Gaydar, el efecto negativo del “default” duró poco. Sólo el año 1998. Más aún, dado que después del “default” Rusia perdió el acceso a los mercados financieros internacionales, el Gobierno no tuvo otro remedio que liquidar el déficit presupuestario, recortando drásticamente los gastos, ya que aumentar rápidamente los ingresos por la vía de los impuestos no era posible.

En el periodo que va hasta el año 2000, los gastos presupuestarios se redujeron un 14%. Antes de la crisis unos recortes de esta envergadura eran políticamente imposibles. Gran parte de los recortes fue a costa de la reducción de los subsidios a las empresas que alcanzaban el 16% del PIB del país.

Volviendo a la crisis del 1998 diremos que esta provocó el comienzo de una nueva etapa con unas reformas que antes no pudieron ser puestas en práctica. Ahora, dada la nueva situación económica, el Gobierno sí pudo emprenderlas.

El Gobierno aprobó un nuevo código fiscal para poner orden en las finanzas. La crisis había provocado la quiebra de las empresas insolventes. Muchos jóvenes empresarios se hicieron cargo de las viejas empresas soviéticas y las reorganizaron. Y así resultó que en 1999 el crecimiento del PIB fue el 6,5%.

En diciembre de 1999 se celebraron nuevas elecciones parlamentarias. La mayoría de los nuevos diputados ya no representaban a la vieja guardia comunista y eran partidarios del desarrollo de una economía de mercado.

El 31 de diciembre de 1999, Yeltsyn presentó su dimisión y fue sustituido por Vladimir Putin, elegido para ello por el propio presidente saliente.

Empezaba una nueva era “post Yeltsyn”, la de su delfín Putin, que recogió la batuta presidencial cuando:

  1. El país ya tenía una economía bastante saneada
  2. El Parlamento estaba renovado y dispuesto a apoyar al nuevo y joven presidente
  3. Existía un buen programa de nuevas reformas diseñado por los reformistas del anterior equipo de Yeltsyn
  4. Se había alcanzado la estabilidad financiera.

Por tanto, todo estaba listo para proseguir con las reformas y llevar el país a un nivel de bonanza económica y de bienestar social nunca conocidos. ¿Se consiguió esto en la era Putin? La respuesta a esta pregunta podría ser tema para otra conferencia.

Ya para terminar podemos sacar las siguientes conclusiones:

Las reformas de Yeltsyn consiguieron tres objetivos económicos fundamentales:

  • Para el año 1996, el 70% del PIB de Rusia se producía ya en el sector privado
  • Se creó una economía de mercado, no tan libre y dinámica como hubiesen querido los reformistas, pero ya bastante competitiva en comparación con otros países de nivel del desarrollo semejante
  • Después de la crisis financiera de 1998, resultó, políticamente, posible alcanzar la estabilidad macroeconómica mediante la reducción del alto déficit presupuestario, que se mantuvo durante muchos años hasta el “default”.

Rusia, después de los años 90 y gracias a estas reformas, dejó de ser un país socialista, convirtiéndose en una nueva potencia económica mundial, basada en la economía de mercado y con estructuras políticas democráticas.

Como hemos visto esta transformación fue dura y compleja, con grandes costes sociales. Fue el precio a pagar por convertir un país con dictadura comunista en un país libre y democrático. Pero, en mi opinión, sin duda ¡Valía la pena!

Los “malditos noventa”

Mucha gente en Rusia, que vivió este tiempo de reformas, especialmente quienes no tuvieron acceso a las grandes privatizaciones o no pudieron aprovechar las facilidades que estaban propiciando las reformas “capitalistas” para montar su propio negocio y dejar de vivir del trabajo para el “socialista papá Estado”, todos ellos recuerdan los años de las reformas como los “malditos noventa”. Y culpan de los sacrificios y del empobrecimiento que ellos sufrieron, exclusivamente, al presidente Yeltsyn y a su equipo de jóvenes reformistas, encabezado por Egor Gaydar. Incluso los denominan, despectivamente, “los jovenzuelos reformistas”.

Y esto no es ni justo ni correcto. Los problemas que surgieron a causa de las reformas no fueron el resultado “equivocado” de la política de Yeltsyn-Gaydar, sino la consecuencia de aquella dramática situación política y económica a la que llegó la URSS de Gorbachiov y la Federación Rusa, como su parte sustancial, en el año 1991.

Boris Yeltsyn y su equipo económico, encabezado por Gaydar, se vieron obligados a corregir los grandes errores de la política “reformista” de Gorbachiov, llevada a cabo desde 1986 a 1991, que creó un sistema “híbrido”, medio privado y medio estatal, que permitía a la nomenclatura comunista empezar a sacar enormes beneficios personales, aprovechándose de la riqueza económica del país, que hasta entonces había pertenecido a todo el pueblo. Desgraciadamente, el gobierno de Yeltsyn-Gaydar no tuvo, en aquellos momentos, la fuerza política suficiente para liquidar estos privilegios de la nomenclatura comunista.

Por esta debilidad política del gobierno Yeltsyn-Gaydar, las reformas del 1991-1993 no se llevaron a cabo en toda su amplitud, por lo que la economía del país no creció, lo que era el objetivo económico principal de aquel momento.

Por el contrario, la segunda ola de reformas, de 1998 a 2002, puesta en marcha tras al “default”, produjo casi un decenio, del año 2000 al 2008, de rápido crecimiento económico a un ritmo medio anual del 7%, quizás el más alto en toda la historia de Rusia.

Por tanto, las reformas, cuando fue posible llevarlas a cabo, dieron un resultado muy positivo. Así que la gente, en Rusia, que tanto habla de los “malditos noventa” y tanto añora la extinta URSS, debería comprender que la desintegración de la Unión Soviética no fue una tragedia, sino que era una condición indispensable para el renacimiento de Rusia como una gran potencia mundial con una economía de mercado y con un sistema político democrático.

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