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Embrujo y brillo de las imágenes iluminadoras

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 04 de febrero de 2020, 20:01h

Vivimos en tiempos arduos donde la cultura escrita es devorada por lo visual. Estamos formando analfabetos textuales y no nos enteramos. Gente con capacidad para leer un texto pero no para comprenderlo, debido al empacho visual, a todas horas y sin discriminación, vía ordenador portátil y teléfono móvil. Pronto los escombros y abrojos de la cultura textual (periódicos, libros) serán eso, notas a pie de página de la gran cultura audiovisual, donde importa la foto. Un libro fundamental para ir formando a los chavales en otro sol, enormemente divulgativo, es el que acaba de salir bajo la dirección editorial de Angela Wilkes, Jane Ewart y Gadi Farfour: Historia de la pintura: Cómo se hizo arte (Akal). Imágenes desde nuestros antepasados en la Edad de Hielo a los últimos cuadros de Monet o Turner tras la Segunda Guerra Mundial. La obra es inagotable: se descubren detalles, trucos, la minucia desvela el secreto escondido, los cuadros son explicados desde los materiales empleados a la puesta en escena, con especial protagonismo de luz y colores o del mito, si hubiera una explicación pertinente clásica.

Historia de la pintura amalgama ciudades y refugios, lo explica a la perfección Andrew Graham-Dixon, máxima autoridad artística: “La pintura, si la consideramos en su conjunto, como intentamos hacer en este libro, es un lugar para la raza humana. Es un refugio, un espacio o una serie infinita de espacios destinados a la contemplación. En ocasiones ese lugar se llama Venecia, a veces Florencia, otras París. O podría ser cualquier sitio sin nombre, en mitad de un lago rodeado de bambúes en el centro de China. Personalmente, pienso en toda la pintura como una enorme versión transtemporal y transcontinental de la caverna original de la Edad de Hielo. Quizá no sea una coincidencia que, todavía hoy, contemplamos los cuadros en edificios que son un poco como cuevas: iglesias, museos, galerías de arte”. Es la cueva pintada de la modernidad, distinta a la pantallita y el dedo, donde las imágenes cultivadas descubren otro mundo. Cita a John Constable (“Pintura no es más que otra palabra para sentimiento”) y en muchas de estas páginas, brillantemente editadas en tapa dura, el viaje es siempre de la razón al sentimiento o viceversa. Entre ambas latitudes, una muy especial, la de lo sagrado (doradas visiones de Duccio o Simone Martini) donde pan de oro y tapiz construyen otra realidad muchas veces cercana a la simplicidad (pobreza de Cristo en los rotundos frescos de Giotto) sin ornamento frívolo, artificio o discurso superficial vacuo.

El ojo merece educarse. La buena pintura siempre es pensamiento: obsesión de Monet por el budismo japonés. Cuarenta mil años de imágenes merecen narrarse sin agobios, sin tabarras, sin elocuencia, de manera breve, directa y oportuna. El interés de Historia de la pintura (Akal) está en la fuerza de la compilación pero también y, de modo decisivo, en el tratamiento de la imagen desde dentro y frente a ella. La óptica donde el detalle se amplía (nervaduras de la bóveda en los frescos del Alto Renacimiento) o se explicitan los estudios a base de sanguina (caída de la luz sobre el torso de las sibilas antiguas) junto al recorrido minucioso por la anatomía (ropajes, camisolas translúcidas, etc) como invitación al viaje: el de los colores cambiantes, el empleo de un color para pintar sombras y otro con respecto a zonas iluminadas, el porqué de la paleta manierista (Pontorno, Bronzino), tantos y tan bellos detalles técnicos muchas veces ignorados por el ojo vago o no instruido. Acuarelas, óleos, estudios previos, bocetos, todo se analiza en un par de líneas, con protagonismo absoluto de la imagen visual. Subirse al tren del arte contemporáneo pasa por entrar en Historia de la pintura. Arte no separado de la vida: los trabajos agotadores o nobles escenas campesinas del Realismo en Millet o Courbet. Una absoluta maravilla.

Son eternos a nivel cultural los temas sobre motivación, encender en el infante la llama del conocimiento, la importancia de una docencia embrujadora, la búsqueda del alumno despierto que, como ya advirtió Machado, no desprecia cuanto ignora. No podemos seguir con la plaga actual de analfabetos textuales, orgullosos de no saber, sin taparse como antaño, exhibidores de una vida ajena al esfuerzo donde la fama (tipo Sálvame) todo lo justifica. No es ningún romanticismo lo expuesto arriba: la pintura, bien explicada, triturada y masticada a bocaditos, en la leyenda y épica de su misma construcción, puede abrir nuevas y refrescantes ventanas lectoras. Pronto el lector –cabe la posibilidad- no se rinde ante la dificultad de una imagen y se crece en su desciframiento. Lo que no tiene sentido es pasear como zombis frente al Guernika o Las Meninas sin la menor noción previa de lo allí tratado. El viaje precisa un primer estribo.

Diego Medrano

Escritor

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