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Ensayo

George Dangerfield: La extraña muerte de la Inglaterra liberal

domingo 09 de febrero de 2020, 19:53h
George Dangerfield: La extraña muerte de la Inglaterra liberal

Estudio de presentación de Alfonso Cuenca Miranda. Traducción de Pablo Fernández Candina. Tecnos. Madrid, 2019, 464 páginas. 25 €.

Por Carlos Clementson

A los que la historia política europea no nos deja indiferentes, difícilmente nos hemos podido explicar que una nación como Gran Bretaña, la única incontestablemente liberal y creadora del liberalismo a lo largo de sus últimos siglos, junto a sus parientes de Norteamérica, el país que durante la mayor parte de los siglos XVIII y XIX dio expresión política, bajo el Partido Liberal, a la nueva clase emergente de la burguesía y promovió decisivas reformas, la nación que puede ofrecer una panoplia de líderes de primera línea como Robert Walpole y protagonizó la edad áurea del parlamentarismo con figuras y primeros ministros como Grey, Melbourne, Russell, Palmerston, Gladstone y Lloyd George, viera un tanto flemáticamente cómo ese partido rector de los destinos del Reino Unido viniera a desaparecer, en la práctica, al final de la victoria de la primera contienda mundial.

Estos gobernantes distinguidos pertenecían todos ellos a una agrupación política que, realmente, había pilotado el régimen victoriano (sin olvidar a descollantes premiers tories como Peel, Disraeli o Salisbury) más de un siglo, por lo que se nos hace difícil comprender cómo ese país contemplara, casi impasible, cómo a principios del siglo XX su Partido Liberal, ese partido casi consubstancial con la nación, que parecía dirigir y centrar la vida pública de las islas como defensor a ultranza del librecambismo, el reformismo y una política relativamente pacifista en lo exterior, de pronto, se despedía casi súbitamente del escenario de la historia, tras el corte violento de la Gran Guerra, dando paso al nacimiento de nuevas opciones ideológicas, principalmente al laborismo.

A esa pregunta se aprestó a dar una cumplida respuesta el periodista e historiador inglés George Dangerfield (1904-1986), en 1935, con un libro que ha quedado como un clásico de la historiografía británica, y un título sugestivo y casi policíaco, The Strange Death of Liberal England, que lo lanzó a la fama. Luego, en 1953, sería galardonado con el premio Pulitzer de Historia por su obra La Era de los Buenos Sentimientos, pues en 1930 se había trasladado a Estados Unidos, obtenido en 1943 la ciudadanía norteamericana, y, entre 1933 y 1935, trabajado como editor de la revista Vanity Fair. En 1965 publicaría El despertar del nacionalismo americano, 1812-1828, sumergiéndonos con estos nuevos libros en la epopeya americana como antes lo había hecho en la vida política británica. El vívido pulso narrativo de estas obras, y principalmente la que nos ocupa, haría que llegaran a convertirse en libros de culto para muchos universitarios anglosajones.

Este clásico de la historiografía inglesa ha sido, por fin, publicado en España por la editorial Tecnos, en impecable y excelente traducción de Pablo Fernández Candina, y avalado por un enjundioso prólogo-estudio, de cincuenta preñadas páginas, debido al letrado de las Cortes Generales Alfonso Cuenca Miranda, que nos introduce meridianamente en la ya para nosotros un tanto remota y nebulosa época de la Inglaterra eduardiana.

Gracias a la brújula que nos ofrece dicha iluminadora introducción el lector español podrá adentrarse y orientarse con paso expedito por las zozobras y vaivenes de la vida política británica de principios del pasado siglo, y degustar la prosa historiográfica, de elevada temperatura literaria en ocasiones, de la que, como afirma el prologuista, “puede considerarse una obra maestra, uno de esos libros que dejan huella indeleble; quien comience a leer sus páginas se sentirá por un tiempo zarandeado, transportado a otra época… reconciliado para siempre con una existencia que permite conocer escritos como el comentado. La obra de Dangerfield no es un libro de Historia, al menos no como se entiende ésta desde hace dos siglos; no es tampoco, claro es, una novela, el Guerra y paz de la Inglaterra eduardiana. No es siquiera una novela histórica, ni, en el trayecto inverso, historia novelada. Es un genial tertium genus (valga la aliteración), un feliz hallazgo incapaz de dejar indiferentes a quienes a lo largo de los últimos ochenta y cuatro años se han acercado al mismo […], que no deja de conectar con la mejor tradición de la ciencia-arte de Clío”, como se nos dice ya al principio de la introducción.

El profesor Cuenca Miranda llama la atención sobre “el profundo conocimiento por parte del autor de la naturaleza humana, de la dinámica del poder, y, en general, del fluir de los acontecimientos históricos. Ello hace que se haya podido situar a Dangerfield en la línea de la “mejor” Historia, la de Tucídides y Tácito. Y efectivamente, el pulso narrativo (histórico, insistimos) del autor inglés bien puede compararse con el de ambos magisterios. Quien abre el libro queda arrastrado ya desde la primera línea (y no es una frase retórica) por una corriente que le llevará, con distintas velocidades, eso sí, hasta el deslumbrante epílogo”.

Y me interesa subrayar no sólo el contrastado rigor histórico de la obra sino la capacidad plástica y figurativa de su estilo, con excelentes retratos literarios y semblanzas, que alcanza unos elevados quilates de calidad expresiva, con sus correspondientes dosis de sarcasmo e ironía ante determinados hechos y personajes, y que en el brillante epílogo, del que trataremos al final de este artículo, logra la lengua inglesa del siglo XX uno de sus más delicados e inolvidables capítulos.

Recordemos que 1933 es el año en que Hitler, tras ganar unas elecciones, asciende a la cancillería, e Italia se siente confortablemente instalada en el fascismo. La Gran Guerra, pues, había supuesto una inesperada sacudida para el mundo liberal; pero todo ello ya se venía fraguando desde antes del conflicto mundial. Dangerfield, según el prologuista, “es muy consciente de que en el fondo, lo que vino después, la guerra, las reformas, la movilización de las masas, los nuevos movimientos… era inevitable, pues respondía de hecho a profundas corrientes históricas”. Después del sacrificio de cientos de millares de soldados, de vuelta de las trincheras, los que tornaban, vivos o maltrechos, demandaban también una mínima e inaplazable recompensa. “De ahí que no sea casual el hecho de que tras la Gran Guerra sea el gabinete (liberal) de Lloyd George quien ponga los verdaderos cimientos de lo que más tarde (tras el segundo estallido bélico mundial) será el moderno Estado del bienestar (y lo mismo ocurrirá en otros países)”.

Una serie de decisivos movimientos sociales se venían produciendo ya antes de la Gran Guerra que venían propiciando lo que luego aparecería como súbita defunción del Partido Liberal; entre ellos Dangerfield detecta y estudia, por una parte, la oposición de la Cámara de los Lores; en segundo lugar, lo que nuestro autor denomina la “rebelión de las mujeres”, propiciada por el poderoso movimiento sufragista que en Inglaterra tuvo un carácter transversal, y al que se sumaron féminas de diferente clase y condición, y que fue severamente sofocado, con terribles escenas de alimentación forzosa, y supuso increíbles dotes de heroísmo junto a enormes sacrificios por parte de ellas; y en tercer lugar, la “rebelión de los trabajadores”. Una rebelión fundamentalmente pacífica, en comparación con el Continente, pero generalizada y constante, que hizo que, en 1907, se perdieran por huelgas dos millones de días laborables, y en 1912 alcanzara la enorme cifra de cuarenta millones.

Conflictos y huelgas que, como resume Cuenca Miranda, “hicieron tambalearse al sistema, teniendo como protagonistas al sector minero, a los transportistas (en especial, los obreros portuarios) y a los empleados del ferrocarril, con inusitada violencia y enorme capacidad organizativa”, y en los que el país quedaba prácticamente paralizado durante períodos prolongados, con graves situaciones de desabastecimiento, llegándose incluso a temer una auténtica revolución en las islas.

Pero el ataque más grave contra el gobierno liberal vendría por la cuestión irlandesa, en la que se llegó al riesgo casi inminente de una guerra civil en toda la isla, como consecuencia de las terribles hambrunas del siglo XIX, que habían asolado a la población, y precipitado una masiva emigración a Norteamérica.

Todos estos acontecimientos irían minando la salud pública del Partido Liberal, que con el gabinete Asquith de 1910 obtuvo su última victoria en las urnas. El desastre de los Dardanelos, una de las más sangrientas derrotas del ejército británico a manos de las ametralladoras turcas (muchas de las cuales eran de fabricación inglesa), marcó el comienzo del fin. El desastre de Galípoli, con ingentes pérdidas de tropas neozelandesas y australianas, fue tan espectacular que haría dimitir a Winston Churchill de su cargo de primer lord del Almirantazgo, y le haría negarse terminantemente a cualquier posible invasión por el flanco mediterráneo en la Segunda Guerra Mundial por el recuerdo de aquel fatídico desembarco.

En pleno fragor de la contienda, la sublevación del 23 de abril de 1916, domingo de Pascua, en la que unos 1700 miembros de los Voluntarios Irlandeses y del Ejército Ciudadano tomaron por las armas varios enclaves estratégicos de Dublín y se hicieron fuertes en el edificio de la oficina de Correos, no dejó de contribuir a este cúmulo de circunstancias adversas. Desde allí proclamaron la República Irlandesa, con Patrick Pearse (1879-1916), escritor y maestro, comandante en jefe de la rebelión y dirigente de la Hermandad Republicana y de los Voluntarios, como presidente. Enfrentados a numerosas fuerzas británicas, resistieron hasta el día 29, en que Pearse ordenó la rendición. Quince de estos líderes fueron fusilados las primeras semanas de mayo. Setenta y cinco fueron sentenciados a muerte, luego indultados, y liberados por una amnistía de 1917. Esta inmolación, que aparentemente había resultado baldía, sacudió la conciencia nacional: el Sin Féin ganó las elecciones de 1918; se proclamó de nuevo la república, y tras dos años y medio de guerra, el gobierno inglés concedió la autonomía al sur de Irlanda. Los republicanos volvieron a las armas para conseguir la independencia total, siendo vencidos tras una breve guerra civil.

El gran poeta irlandés William Butler Yeats, que, en rigor, no era independentista, y que un tanto aristocráticamente solía desdeñar a estos delirantes patriotas pequeñoburgueses con los que diariamente se solía cruzar en la calle, comerciantes, oficinistas, gente común, así como algún rival amoroso (“ese otro al que siempre creí / un patán borracho y fanfarrón / y que llegó a causar amargos daños / a alguien muy próximo a mi corazón), de pronto advierte con atónita sorpresa que esos modestos ciudadanos se habían convertido, de la noche a la mañana, en auténticos héroes, despertando su admiración. Ello le hará observar que, en la vida de Irlanda, “de pronto todo había cambiado, todo había cambiado por completo”, y que con su gesta y su sacrificio, en la prosaica cotidianidad de sus vidas grises, “había nacido una terrible belleza”: “All changed, changed utterly: / A terrible beauty is born”.

Inspirado en estos hechos escribirá uno de los poemas cívico-políticos más líricamente poderosos de su época: “Easter 1916” (“Pascua 1916), del que traducimos algunos versos: “Me los solía encontrar a la caída de la tarde, / viniendo con sus rostros vivaces / de sus mostradores y de sus escritorios / entre edificios grises del siglo dieciocho. / Y he pasado a su lado con una mera inclinación de cabeza / o convencionales palabras corteses / mientras pensaba en un cuento burlón o en cualquier otra broma / que pudiera agradar a algún amigo / ante la chimenea en el club, / y con la certidumbre, tanto ellos como yo, / de que vivíamos todos / en una abigarrada tierra de bufones; / pero todo ha cambiado, todo ha cambiado por completo: / ha nacido una terrible belleza” […]. Para concluir afirmando, e inscribiendo los nombres de estos nuevos héroes en el memorial perdurable del poema: “Y todo esto lo escribo en unos versos: MacDonald y Mac Bride / y Connolly y Pearse, / ahora en el tiempo que vendrá / dondequiera que se sienta el color verde, / todo ha cambiado, todo ha cambiado por completo: / Ha nacido una terrible belleza”.

(El primero, era un poeta; el segundo, un líder marxista que había organizado el Ejército Ciudadano con los obreros de Dublín, tras el fracaso de la huelga de 1913. Por último, el mayor John MacBride, “gañán presuntuoso y borracho”, como lo había considerado Yeats, y que había contraído matrimonio con la bella activista Maud Gone, eterno amor del poeta, había luchado contra Inglaterra junto a los boers, era el único de los sublevados con experiencia militar; los demás eran sencillamente hombres del pueblo y de la pequeña burguesía, de origen y carácter muy distinto a Charles Stewart Parnell (1846-1891), el líder del nacionalismo irlandés; jefe del partido Home Rule que había obligado a Gladstone y a los liberales ingleses a apoyar su causa independentista, y con el que Yeats sí se identificaba. Pero los fusilamientos que trajo consigo esta inesperada y súbita revuelta arrastraron definitivamente, poniendo del lado de los caudillos, a la masa en general del pueblo, que antes había hecho caso omiso de ellos).

Rupert Brooke, nacido en 1887, representaba el fruto más decantado de la tradición académica inglesa. Se educó en la escuela de Rugby y en el King´s College de Cambridge. Era la figura más sobresaliente de esas antologías colectivas de poetas que bajo el común título de Geogian Poetry (1911-1912) en años sucesivos despertaron el favor del público. Sus autores eran, entre otros, Wilfred Gibson, John Drinkwater, Harold Monro, y el príncipe de todos ellos, Rupert Brooke, admiración de la juventud literaria de la isla, fascinada por su apostura física de dios griego y la nobleza de su espíritu, que parecía emparentarlo con los más altos poetas ingleses. Postulaban una especie de poesía neorromántica y tradicional muy vinculada al paisaje, muy ensimismada y arraigada en la dulzura del terruño y en la vida rural inglesa, pero que hoy nos queda un tanto desfasada y que poco podía ya decir a los nuevos tiempos que abruptamente se abrían en Europa con el atronador estallido de la Gran Guerra. (Esa nueva época que, por el contrario, sí supo vislumbrar poética y realmente el francés Apollinaire, víctima también del conflicto). Aunque lo más leído de Rupert Brooke en su tiempo fueron sus poemas surgidos de un tradicional romanticismo patriótico, que hoy algunos contemplan con una cierta distanciada ironía, hay versos suyos, traducidos a todas las lenguas, que, incluso en otra lengua distinta a la original, aún mantienen fresca la capacidad de emocionarnos y hasta hacernos latir al unísono. (Valga, como ejemplo, el soneto que nos hemos permitido traducir al final de estas líneas). A Rupert Brooke dedicará George Dangerfield en su libro un conmovedor epílogo que se convertirá en un elegíaco réquiem por esa Inglaterra que con él también desaparecía entre el barro y la sangre de las trincheras en aquel apocalipsis bélico que sepultó el esplendor de los viejos tiempos, así como al viejo partido whig.

Pero nuestro joven poeta vivía aún en aquella edad dorada de plenitud imperial de principios de siglo, que había alumbrado en gran parte el Partido Liberal, y visitaba Estados Unidos y muchas de las islas de los mares del Sur. Al estallar las hostilidades participó en la defensa de Amberes, y luego fue embarcado en un transporte rumbo a los Dardanelos y al sacrificio colectivo de Galípoli. Víctima de la septicemia, murió en la homérica isla de Esciros el 23 de abril, día de San Jorge, de 1915, en donde fue enterrado, entre olivos y viñas, en pleno Mediterráneo, convirtiéndose en el símbolo de tantos muchachos y tantos jóvenes poetas que cayeron, triste y heroicamente, entre el fango, los gases, el fuego y la sangre de los encarnizados y absurdos ataques y contrataques a lo largo de la contienda. En la cruz blanca de madera que custodia su tumba fue escrito en caracteres griegos el siguiente epitafio: “Aquí descansa un siervo de Dios, alférez de la Armada Británica, que murió por la liberación de Constantinopla de los turcos”. En 1916 aparecieron sus Letters from America, con un prólogo de Henry James.

(En tamaña tragedia caerían en combate unos 750.000 jóvenes británicos, y entre ellos una prometedora pléyade de poetas, como Julian Grenfell, Isaac Rosembeg, Charles Sorley, T. E. Hulme, Edward Thomas y Wilfred Owen, entre otros).

Antes de morir, previendo la franca posibilidad de su muerte, nos dejó una de las más fieles expresiones de esta poesía “georgiana”, en su poema “El soldado”: “Si acaso yo muriera pensad de mí tan sólo / que cualquier campo extraño en el que me enterrasen / será siempre Inglaterra. Y bajo de ese suelo / habrá un polvo aún más rico; un polvo al que Inglaterra dio el ser forma y conciencia; / dio flores a sus ojos y sendas a sus pasos; un cuerpo de Inglaterra que aire inglés respirara, / bañado por sus ríos, bendito por sus soles. / Pensad que, libre ya mi corazón de afanes, / pulso en la Mente eterna, devuelve en algún sitio / aquellos pensamientos que Inglaterra le diera, / sus vistas y sonidos, sueños felices como / sus días más dichosos, Y risas aprendidas de los amigos, paz / de nobles corazones bajo cielos ingleses”.

Con Rupert Brooke acababa y se difuminaba en la historia también aquel Partido Liberal que, a lo largo de casi dos siglos, había contribuido a dirigir en gran medida los destinos del país y a protagonizar políticamente el período más esplendoroso de la histórica Albión.

Con la paz de Versalles comenzaba ya otra época en la que el viejo partido whig se difuminaría languideciente, pero gran parte de su importante legado pasaría a impregnar, en cierto modo, tanto al viejo partido conservador como a las nuevas opciones laboristas, y, sobre todo, al tono general de la vida inglesa.

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