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ORIENT EXPRESS

Defender la tradición occidental

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 23 de febrero de 2020, 20:39h

El debate sobre la eutanasia, que se está tratando de silenciar mediante la creación de un clima de opinión favorable con eufemismos como “muerte digna”, y el adoctrinamiento sexual en las aulas, que da motivos de escándalo cuando se conoce el contenido de algunas «charlas» y «dinámicas», son dos de los frentes de batalla de esa guerra cultural que se está librando contra la tradición clásica occidental, que se basa en principios como la dignidad intrínseca del ser humano. Desde el inicio de la vida desde la concepción hasta su final en el momento de la muerte natural pasando por la sexualidad y la familia, todas las categorías e instituciones sobre las que Occidente se ha fundado sufren el asedio del marxismo y la izquierda culturales, que han surgido en el seno de nuestra civilización, pero aborrecen su tradición.

En “La opción benedictina. Una estrategia para los cristianos en una sociedad postcristiana», Rod Dreher plantea que la educación clásica cristiana «es contracultural tanto en forma como en fondo y expone a los estudiantes a la tradición occidental -la grecorromana y la cristiana- en toda profundidad». Recuerda un poco más adelante que «el cristianismo nació de la confluencia del judaísmo, la filosofía griega y el derecho romano. La civilización occidental procede en fondo y forma de las mismas raíces, a las que habría que sumar el encuentro de la fe cristiana con varios pueblos europeos». En la historia de nuestra civilización, España ha brillado con luz propia y ha llevado su legado por todo el mundo. Sin España, Occidente estaría amputado. Sin la civilización occidental, España se queda en una caricatura de sí misma. En la enseñanza de la cultura clásica cristiana, con todo su bagaje de razón y fe, España misma se juega su identidad y su futuro.

Hay señales de alarma por toda Europa. En Francia, el Instituto del Mundo Árabe -una institución francesa- lanzó hace bien poco una campaña que celebraba el Día de la Lengua Árabe presentándola como «una lengua de Francia». ¡Pobre paladín Roldán! No es necesario tergiversar la historia para dar a la lengua del Corán y los autores árabes cristianos, de las Mil y Una Noches y del Collar de la Paloma la dignidad que se merece. El árabe es una lengua bellísima que ha alumbrado monumentos de la literatura universal y en la que rezan y viven millones de personas, pero no es una lengua de Francia. Lenguas de Francia son el bretón, el occitano y, por supuesto, el francés, pero no el árabe. Si afirmar esto es una ofensa o una incomodidad, habrá que decirlo hasta que deje de serlo.

La dictadura de la corrección política está asfixiando los debates y la reflexión libre. En el Reino Unido, alguna universidad ha vetado términos como «maternidad» o «paternidad» porque «marcan género». So pretexto de no ofender a algunos grupos -no a todos- cada vez es más difícil decir nada. Esta protección no se extiende ni a los cristianos -en España ofender a los católicos suma puntos en los círculos pretendidamente progresistas- ni a los taurinos, ni a los cazadores, ni a los omnívoros ni, en general, a aquellos que representan prácticas y tradiciones arraigadas en Occidente. Burlarse de la tradición da una vitola sólo comparable a asumir las culpas y los complejos que otros imponen sobre nuestra civilización.

En efecto, parece de mal gusto recordar la grandeza de la historia de España, de Italia o de Alemania. Como si sólo tuviesen páginas oscuras, las historias de los pueblos de Europa caen en el olvido o en la caricatura como si sólo ellos fuesen los culpables de los males que aquejan a la humanidad. Desde la esclavitud hasta el daño ambiental, todo se pretende achacar a Occidente. Algunos asumen esas culpas como si fuesen el precio que hay que pagar por ser aceptado en el círculo de los bienpensantes. Uno debe odiarse a sí mismo para ser amado por la izquierda cultural. Pocas cosas abren más puertas en España que odiarla de todas las formas posibles.

Debemos, pues, rescatar la cultura cristiana clásica desde sus raíces bíblicas hasta la grandeza de los santos y los mártires contemporáneos que se enfrentaron a los nazis y a los comunistas hasta dar la vida. Hemos de rescatar el orgullo, que es bien distinto de la soberbia, de compartir la civilización y el pasado de los constructores de las catedrales y los monasterios, de los navegantes que cruzaron los océanos y los monjes que preservaron el pasado para las generaciones futuras. Por Occidente hablan el Gregoriano y Bach, el Cantar de Mío Cid y Sigfrido, Homero, Virgilio y la Biblia entera. Hay páginas oscuras, sin duda, pero también las hay luminosas y son muchas más y brillan con gran fuerza.

Así, cuando más arrecian los ataques contra nuestra tradición, más férrea y firme debe ser su defensa y su afirmación. Cuanto más se asuman los complejos y los tópicos de la Leyenda Negra, más se debe recordar lo que España ha dado al mundo. Cuanto más se ataque a la Iglesia, más se debe insistir en lo que ella es y hace por toda la humanidad. Cuanto más traten de silenciarnos, más fuerte debe resonar nuestra voz y más claras deben ser nuestras palabras.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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