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ORIENT EXPRESS

El coronavirus y la soledad de los mayores

lunes 23 de marzo de 2020, 20:07h

Según los datos que ha publicado el Ministerio de Sanidad, el 90% de los fallecidos por coronavirus en España son mayores de 60 años. La letalidad entre los menores de esa edad es del 0,6 % como máximo. A partir de los 60 se dispara hasta alcanzar casi el 20% entre los que pasan de 80 años. El coronavirus se ensaña con los «senior» de nuestra sociedad. Vaya por delante que no creo que mayor, anciano ni viejo sean palabras despectivas. Al contrario, son para mí términos del máximo respeto y, en el caso de viejo, hasta de afecto. En Argentina, a los padres se los llama «viejos». Miren, pues, si es rica nuestra lengua.

En estos días de aplausos merecidos, palabras de ánimo ganadas a pulso y promesas de victoria lanzadas desde los balcones, parece de mal gusto hablar de las personas mayores que están solas o casi solas en sus casas. Se trata de elevar la moral de nuestra sociedad así que es mejor no mencionar a quienes están encerrados en sus casas cruzando los dedos para no tener síntomas. Ningún ejército en batalla se pone a pensar en sus debilidades.

Sin embargo, creo que este disimulo hacia el sufrimiento de estas personas de 60 en adelante empezó mucho antes.

Tal vez el primer paso fue la negación de la vejez como un periodo noble y digno de la vida humana. Borges escribió en «Elogio de la sombra», el poema final del libro homónimo, que «la vejez (tal es el nombre que los otros le dan) / puede ser el tiempo de nuestra dicha. / El animal ha muerto o casi ha muerto. / Quedan el hombre y el alma». En la Escritura, la vida larga es señal de bendición y se celebra la ancianidad como símbolo de la sabiduría y la elevación. Son precisamente dos ancianos -Simeón y la profetisa Ana- los que reconocen a Jesús como el Mesías hasta el punto de que aquel viejo, que «esperaba la consolación de Israel», bendijo a Jesús y dio por cumplidos sus días. Sería terrible vivir más tiempo del que se nos ha dado y, como Duncan McLeod, del clan McLeod, ver morir a todos los que amamos.

Pero también es terrible la muerte de quienes podrían seguir viviendo si se les dispensasen los cuidados necesarios.

Sin embargo, desde los primeros días de esta crisis, se instaló en nuestra sociedad la idea de que, a fin de cuentas, el coronavirus no debía preocupar en general porque sólo afectaba a las personas muy mayores y con enfermedades previas. Su incidencia, se decía, sería apenas la de una gripe, como si eso fuese poco. La gripe mata a miles de ellos cada año. Parecía, empero, que la cosa no debía ser motivo de alarma. Para una sociedad que sobrevalora la juventud, lo que les pase a los octogenarios no parecía ser motivo para tocar a rebato.

El trasfondo de esta visión tan superficial del coronavirus y su incidencia entre los mayores es siniestro y hunde muy profundamente sus raíces en nuestra época. Juan Pablo II denunció la «cultura de la muerte». El Papa Francisco habla de la «cultura del descarte». Ambas confluyen en el abandono de los ancianos. Se da por supuesto que su vida, ya avanzada, tiene menos valor porque su salud se deteriora y necesitan cuidados a medida que pasa el tiempo. Se les hace sentir que son una «carga» hasta el punto de que algunos -y creo que no son pocos- se sienten mal por ir al médico o al hospital, es decir, por «molestar». En esta crisis del coronavirus conozco casos, e insisto en que no son pocos, en que se ha interiorizado tanto el mensaje de no colapsar los hospitales -quizás de haber habido mayor previsión no se hubiese dado ese colapso- ha calado tanto ese mensaje, digo, que asumen que pase lo que pase han de quedarse en casa y recurrir a la asistencia telefónica.

No entraré ahora en los límites de la atención en tiempos de crisis ni en el esfuerzo sobrehumano que los médicos, los enfermeros y, en general, el personal sanitario está haciendo. Esos límites se deben a la imprevisión, la improvisación y otras cosas que ahora no mencionaré. Baste señalar, pues, que los profesionales de la sanidad no son aquí los culpables.

Pero tampoco lo son los ancianos.

Entre ellos están los que confiaron en el Gobierno -mejor dicho, en los gobiernos- cuyos mensajes tranquilizadores creyeron y a cuyas instrucciones se atuvieron. Ellos son los que se han recluido en sus casas o en sus residencias. Ellos son los que, ahora, sufren la amenaza de un virus que, entre la gente de edad avanzada, tiene efectos terribles. Están los ancianos que presentan síntomas leves - «será un catarro»- y cuando el coronavirus da la cara ya es tarde. Están los asintomáticos que empeoran en pocos días. Están los que viven solos, esos a los que a veces se encuentra muertos de casualidad porque nadie pregunta por ellos, y por los que ahora el interés parece menor. Dependen de los voluntarios para que les ayuden con la basura o la compra. Muchos de estos señores no pasarían un triaje.

Las soluciones tecnológicas más avanzadas -las famosas «apps»- no siempre están adaptadas a personas mayores, que pueden no tener, por otro lado, competencias digitales. Sin quererlo, también con estas cosas se discrimina. Hay señores que sólo tienen en el teléfono los números de sus hijos y del centro de salud y con eso van tirando. Un día, molesto con los móviles que suenan en misa, pregunté al párroco por qué no los apagan. Me confesó que mucha gente mayor tiene móviles tan avanzados y tan inteligentes que no saben bien cómo desactivar todas las opciones de volumen. Tal vez remitirles a una «app» sea poco efectivo. El caso es que no son pocas los que en sus casas que están rezando, encerrados, mientras se toman la temperatura y confían en una atención telefónica que no está exenta de las limitaciones mencionadas. Pregunten en su barrio, en su parroquia, en eso que se llama su «entorno». Creo que su impresión no será muy distinta de la mía.

También están los señores en las residencias, donde el coronavirus causa estragos. Por supuesto, algún día habrá que preguntar qué medidas se adoptaron desde enero para impedir los contagios y quién tenía la competencia para inspeccionarlas e imponer controles. Hay situaciones de verdadero espanto: familiares que se enteran del fallecimiento del abuelo o la abuela por una llamada telefónica y ni siquiera pueden velar el cadáver. No todas las residencias tienen médicos. El otro día un tuitero tuvo suerte y, gracias a un mensaje que puso y que llegó a la persona adecuada, le resolvieron el problema rápido. Otros quizás no sean tan afortunados.

Se habla de la escasez de medios como si hubiese venido dada por los astros y nadie hubiese podido evitarla. Tal vez por eso a los mayores no se les hace, en general, la prueba que detectaría el virus a pesar de que son los más vulnerables. Tampoco se les facilitan mascarillas, ni guantes, ni gel desinfectante. Cada uno debe buscarse la vida. Los que tenían seguros privados tal vez gozaron de ciertas coberturas. En un país donde las pensiones y los salarios suelen ser bastante bajos, la mayoría no tuvo esa oportunidad. Muchos sólo tienen a sus familias, a la solidaridad ciudadana y a la administración pública. Ésta última depende, a partir de determinados niveles, de las decisiones de políticos; de esos mismos políticos que estaban a cargo de la sanidad en sus distintos niveles competenciales en enero, en febrero y en los primeros días de marzo.

España está librando un combate a brazo partido contra un enemigo formidable. Se elogia, con razón, el esfuerzo de quienes atienden a los enfermos y de quienes apoyan su labor desde distintos ámbitos como la seguridad ciudadana o la logística y el aprovisionamiento. Merecen, insisto, todos los aplausos.

Pero estos ancianos en sus casas y en las residencias merecen atención, cuidados y recursos. Su vida no vale menos que la de los demás. No son una carga. No son los causantes de ningún colapso y no deben ser culpados de él. Quien usa su derecho a la atención sanitaria ni estorba ni colapsa. Colapsa quien no planificó, quien no previó y quien no se anticipó a los problemas que se vaticinaban desde enero. En eso consiste liderar. Lo demás es propaganda, marketing político y reducción de daños ante la catástrofe.

El Talmud enseña que quien salva una vida es como si salvara al mundo entero. Una sociedad que abandona a sus ancianos no puede sobrevivir y, quizás, tampoco lo merezca. En estos días de aplausos y proclamas ante la adversidad, atiendan a los ancianos que están solos. Exijan atención para ellos, que son ciudadanos como los demás. Pidan que se revisen los protocolos y que se les haga el seguimiento necesario y que se doten los recursos necesarios si no son suficientes los actuales. No lo hagan por compasión, aunque el término venga de «padecer con otro», sino por justicia. Porque su vida vale lo mismo que la de los demás; no más, pero tampoco menos. Porque son más vulnerables, pero no son una carga sino un tesoro de experiencia de vida. Porque son ustedes mismos lo que un día, como estos padres, abuelos y tíos, estarán solos. Porque cuando todo esto pase, querrán mirarse al espejo y pensar que la muerte de esos ancianos solos no pesa también sobre sus conciencias.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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