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ESCRITO AL RASO

Todo está bajo control

David Felipe Arranz
martes 24 de marzo de 2020, 20:31h

En España hacía más de un siglo que nuestros mayores no morían así, cuando la gripe española de 1918, con tanta preocupación de hijos y nietos, ni con tantísima atención por parte de los medios de comunicación. Sin embargo, esta pandemia quedará como el antimodelo de qué hacer con nuestros ancianos. La Comunidad de Madrid ya está habilitando el Palacio de Hielo para almacenar cadáveres porque el crematorio no da abasto. El 87,5% de los fallecidos tenía una edad superior a los ochenta años y todo esto, naturalmente, no es sino un reflejo del orden/desorden social. Al español se le ha acostumbrado a dejar a los abuelos en los geriátricos, con la fisioterapeuta y la mucama. Pero todo está bajo control.

La vida era un lujo. La literatura era un lujo. El periodismo era un lujo. El sexo era un lujo. El estado del bienestar lo era también. Los médicos y enfermeras de nuestro país resuelven a duras penas y con el riesgo vital que conlleva esta mortandad, que ha convertido a Italia en tierra de grandes enterramientos. Esperemos no llegar a los 5.500 muertos del país itálico, ya que (casi) todos aguardamos en el búnker del hogar a que escampe. Y los muertos, no nos quepa duda, nos pedirán cuentas a los vivos cuando pase todo esto, haciendo de la muerte un hecho tan cotidiano como bajar a por el pan, ir a la “pelu” o sacar a pasear al perrito. Los besos jamás volverán a ser los mismos besos en España, porque habremos cotidianizado la vida digital y promovido las presentaciones “in absentia”.

Ortega escribió que un muerto solo es un amigo al que le ha ocurrido algo raro, porque en su nuevo estado –el de recién muerto– no es capaz de contestar a nuestras preguntas, ni siquiera en la morgue o en una residencia de ancianos, aunque entren los militares a preguntar que qué le ha ocurrido. Lo que no nos entra en la cabeza a los españoles es que con esta catástrofe se nos marcha la memoria última de un país ignorante y extremo, demagogo y olvidadizo. Saldremos de esta pandemia mortal, sin duda, y los novios seremos más novios, los amigos seremos más amigos y las familias más familias. La incineración impide de alguna forma el recuerdo íntegro del finado porque nos lo imaginamos hecho pavesas, y no persona andante, riente y tronante. Polvo aventado en el recuerdo de 2020: serán ceniza, sí, mas tendrá sentido.

Pero habrá que hacerse las preguntas de rigor, cara al verano, e investigar la causa de tanto muerto, como poco habituados que estamos a la Parca y a las ideas y a las abstracciones. Un país de muertos pandémicos tiene que responder ante los vivos, que serán los del realismo, el pleito y la democracia de siempre. La barra de pan, la barbería y el chucho, que es lo que nos ha importado siempre, virus aparte, para qué engañarnos. Hay tantos muertos ya que no vamos a dar abasto de pesares con ellos en unos meses, porque nos ha golpeado un ciclón maldito de fallecidos solos, sin una mano cercana, sorprendidos por la dama negra desfavorable, infausta, adversa y cruel. Serán el tema de conversación. Nadie estuvo con ellos y regirán, qué duda cabe, el destino emocional del país de aquí en adelante, aunque todos nos echemos a vivir, que es lo nuestro. Lo de las inercias existenciales.

El coronavirus para los octogenarios es más una muerte que una enfermedad. Que esta tragedia sirva para materializar nuestros egoísmos predominantes con ellos. Ya lo escribió Quevedo: “Vivo en conversación con los difuntos,/y escucho con mis ojos a los muertos”. Llevamos en este momento 2.205 víctimas del coronavirus en nuestro país. A la vista de este escenario terrible y dantesco y de tanto dolor cotidianizado, si me lo permiten, los acompaño en el sentimiento. Pero no se preocupen. Todo está bajo control.

Twitter: @dfarranz

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