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TRIBUNA

Cuadernos de viaje

miércoles 25 de marzo de 2020, 20:19h

“Lo que no dibujo no existe”, es algo que se repica en la memoria una y otra vez por aquello que no esbocé en una cuartilla, haciendo crecer un quiste nosédónde, que no puedo palpar pero que sentí navegando en una barcaza por el Orinoco, río arriba, hacia las cabeceras del Ventuari.

Para empujar aquél poblado ambulante, repleto de gente, chinchorros y trastos, habían construido los indígenas un artilugio con hélice que lo empujaba atado a la popa, con un enorme y desproporcionado asiento de madera, que hacía del indio maquiritare que lo manejaba un garbancito en taparrabos.

Yo le contemplaba día tras día, entre el estrépito del motor gasoil y el humo, mientras lentísimo y a contracorriente también iba dibujando los meandros, los pájaros y la selva y me regocijaba con sus capturas de caza en los pequeños islotes, que después intercambiaban por pescados con otros indígenas ribereños que se aproximaban en sus curiaras.

Esa, la del indígena enano en el asiento gigante, debe ser la única imagen que he recreado durante años para no perderla y porque supe que mi memoria no guardaba los trazos de mi existencia y sí en cambio y de forma aplastante el garabato de mis manos en esos cuadernos del viaje.

Hay cuadernos que parecen vitrinas como The end of the game (Peter Beard. 1963) y otros son los magníficos diarios de un psicópata como en “Seven” (David Fincher. 1995); Los hay que cambian la Ciencia, los de Darwin (Islas Galápagos.1835), el Arte, los de Vitruvio y Leonardo (siglo XV). Y de todos ellos lo que menos importa es si son minuciosos y limpios o destartalados cayéndose a pedazos, con ritmo o sin pies ni cabeza, encuadernados o como bocadillos mal montados; Pueden surgir en los caminos de un parque o en la proa de un barco de carga que me lleva hasta Jamaica; en la estación del tren o arriba de las torres gemelas en las que alucinabas, entusiasta unos días y otros triste y asustado; A veces solo disponía de servilletas, forros de armario, pliegos de envolver pan,.. pero eso daba lo mismo, de verdad que da lo mismo, como si utilizas una cucharilla de café o arrastras soja sobre la tinta de una magnífica estilográfica, porque toda esa vivencia garabateada y plasmada es tu cuaderno de viaje, del tuyo, único al fin y al cabo.

Los cuadernos nacen del ser de niñas y niños que no saben estructurar las cosas y las letras, ni sus dibujos y pegatinas, y se van superponiendo en el interior de los pupitres y en las cajas de las casas hasta que de repente un día, día de orden, se desvanecen arrugados, sin dejar en remplazo nada importante.

¿Acaso de mayores manejamos nuestras vidas mejor que los niños sus cachivaches?. ¿Por qué entonces se los arrancamos?.

Se me hace difícil entender por qué nadie entiende que en el caos de esos cuadernos infantiles es en donde mejor se cultivan los sueños importantes y que tan solo habría que acogerlos como cogemos un nido de pájaro, con sumo cuidado, sin dejar que se nos desparramen.

Espera a que se incuben, espera, y reconocerás con alegría lo que mantuviste como un tesoro y déjale lo que NO al dolor y la nostalgia, que la vida es un tránsito y los cuadernos de los que te hablo el pasaje.

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