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TRIBUNA

Desde la ventana

miércoles 25 de marzo de 2020, 20:27h

Gracias al estado de clausura me he entregado a la inocente manera del entendimiento. Ni mejor ni peor que otras tareas domésticas que reclaman mi atención, la cuestión es encontrar el equilibrio del ocio con tal de no caer en el zangoloteo. Entonces me asomo a la ventana y veo cosas.

Mientras este gobierno hace política de ideología, otras iniciativas de carácter privadas o sectoriales consiguen logros con su brillante gestión. Esto se ve desde la ventana que da a un exterior vacío y silencioso, salvo a la hora de la quedada para aplaudir homenajes a los bien nacidos de nuestra sociedad.

Para los impenitentes ideólogos de este gobierno lo de ser filántropo está tan mal visto como si a mi familia les dijera que pretendo cruzar el Niágara en bicicleta. Para este tipo de estériles políticos todo lo que se aparte de su doctrinal modelo del control de masas, se les antoja facherío patrio. A los bienhechores les consideran ladrones de impuestos por el simple hecho de donar millones de euros aunque lo sea para salvar vidas humanas, por ejemplo, entre otros, el repetido caso al que nos tiene acostumbrados nuestro gran benefactor don Amancio Ortega con sus donaciones altruistas. Pero claro, a estas facciones políticas esto se les hace desechable mientras otros mal nacidos jalonan la iniciativa de escupir y toser en la cara a los militares desplazados en Cataluña, sin que ello alcance severidad de castigo.

Pero desde mi ventana veo más cosas. Parece mentira como el mayor de los silencios es capaz de ampliar el sonido de las mentiras. Es algo parecido a lo de la película “El sexto sentido”, pero en lugar de ver gente transitando con aparente normalidad, aquí son embustes finamente confitados. De igual manera este gobierno miope e ideólogo juega al despiste de la película, pero aquí no es ficción cuando personas como ustedes o como yo están muriendo en la impunidad del vacío más abominable. Alejados de sus confinados seres queridos, sin honras de despedida, sin ni siquiera una luz que ilumine el adiós. Deseo por encima de todo que lleguen señales de menos muertes, de avances en la vacuna, de respiro en las heroicas UCI, pero no puedo evitar la crítica hacia los que no están colaborando o están confundiendo la realidad.

Desde mi ventana también veo como se le cortan las alas a la primavera. Por no haber, ni el aleteo de los pájaros rompen el cambio estacional, pero hay vida a pesar de todo, porque el individuo, aunque parezca anulado como tal, se sobrepone cuando encuentra el apoyo colectivo y es ahí cuando la genialidad y la agudeza se abren paso descubriendo la fuerza que llevamos dentro. No es necesario haber combatido en la guerra de los Balcanes para demostrarlo, tampoco coronar el Everest con los pies descalzos, solo con sacar lo mejor de nosotros mismos es motivo suficiente. Lo deseable es que esa fuerza interior que atesoramos nos cambie para siempre convirtiendo nuestra ruindad en una virtud de hoja perenne. Esa será la nueva primavera, la nuestra, la de todos.

Desde la ventana oigo el crepitar de las nostalgias, de los sueños, de los proyectos, pero también oigo risas de niños cuando encuentran tesoros escondidos en cajas llenas de fotos antiguas. Veo poesía en el vacío de las soledades porque en cada una de nuestras gargantas crecen patios cordobeses, aromas de jazmín y el azahar de Sevilla. Desde la ventana oigo como las olas de espuma blanca acarician vuelos de gaviotas o como el fulgor del espliego se desorienta entre los campos.

Desde la ventana oigo como saltan los destellos de cristal sobre las aguas plateadas de un riachuelo virgen y me vuelvo hacia el yo poeta: “Nada es nadie/nadie es nada/, cualquiera puede ser nada, siendo nadie/cualquiera puede ser alguien siendo nada”.

Desde la ventana veo en Madrid al ejército español. Sin ruidos ni estridencias han montado en IFEMA un hospital compuesto de 5.500 camas y en tan sólo 48 horas. Lo han hecho con el modelo de ejemplaridad que acostumbra su formación, su lealtad, su entrega hacia los demás y su civismo. China nos asombró por levantar un hospital con 1.000 camas en 10 días. Ahí lo dejo.

Y hasta que el destino nos devuelva al fluir de nuestra mejor condición humana, es lícito apoyar y ser solidarios, pues tiempo habrá de poner a cada cual en el sitio que se merece. Ahora lo que subyace no es otra que el sentirnos capaces de expiar nuestras propias culpas para después, cuando todo quede en la serenidad y los lamentos nos hayan forjado como tizonas, será el momento de revertir las conductas hacia quienes se merezcan justicia terrenal por el ultraje hacia las vidas humanas.

Esto es España en las duras y las maduras, pero como decía Ortega y Gasset: “En España lo ha hecho todo el pueblo, y lo que no ha hecho el pueblo, se ha quedado sin hacer” Mi bandera, mi himno y siempre a las órdenes de los valientes y de los benefactores de este país, mal que les pese a los insubordinados de palabra y obra.

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