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TRIBUNA

Sobre el Apocalipsis de san Juan y el triple comentario de monseñor Oliver Román (III)

martes 07 de abril de 2020, 21:31h

Monseñor Miguel Oliver Román piensa, junto al grueso de la exegética moderna -destaco a su tutor en Roma, el jesuíta Ugo Vanni-, que el autor del Apocalipsis pudo ser, si no el propio apostol y evangelista de Jesús, uno o varios autores joánicos. Se trataría de una comunidad cercana a san Juan que habría firmado con el nombre del discípulo, más por empatía teológica que por usurpar su prestigio. Enfatiza Oliver que el autor utilizó un lenguaje para tiempos críticos, conjeturando que “el vidente de Patmos debió vivir con el corazón en el cielo y los pies en el suelo”. También presume que “su clara visión del trono de Dios le debió dar una visión realista de las crudas realidades de la tierra”. Esto lo apunta el exégeta en su magnífico tercer libro-comentario al Apocalipsis: Babilonia y Jerusalem, dos ciudades antagónicas.

El Apocalipsis comienza con la preocupación de san Juan por los procesos terrenales que amenazan la fe cristiana, prosaísmo doctrinal que no le impide abordar la gloria de Dios con sordo lirismo, ya apoteósico, ya abismal. San Juan escribe, con un estilo propio de la apocalíptica, aquello que le es revelado “por encargo de Cristo”, precisa Oliver. El apocalíptico, como dijimos, fue un género literario de concepción teológica de los siglos que enmarcaron la existencia de Cristo, con las miras puestas en el fin de la historia, cuando se proclame el reino de Dios en la tierra. Invitado de honor de Cristo en el cielo, Juan el teólogo respeta el enigma de Dios, manteniéndolo al margen de toda pretensión cognoscitiva, respetándolo en su intrínseca inefabilidad pues ¿qué clase de Creador sería de no haber sido indecible la “personalidad” de Dios? Descartes lo consideró un ser infinito y Tomás de Aquino, inteligencia perfecta y necesaria que ordena la historia.

Dedica Oliver un capítulo al enigmático número 7 y los septenarios. Dice el comentarista que fue Lohmeyer quien, en su exégesis de los años veinte del pasado

siglo, advirtió que la estructura del Apocalipsis, ya como un todo, ya en cada una de sus “unidades”, está fundamentada en septenarios o conjuntos de siete símbolos. Esta simbología numérica es un recurso ordenador empírico en procesos humanos críticos. Una suerte de código que perimite jerarquizar los hitos doctrinales. En su enigmática revelación, san Juan habla de grupos de siete ángeles, cartas, candeleros, sellos, años de tribulación... Pero también Zacarías, en el Antiguo Testamento, habló de los siete ojos de Dios -inteligencia perfecta- y de la casa del Señor con sus siete columnas. “El siete es el número de Dios”, dice Oliver desgranando su valor simbólico: “la totalidad y la perfección”. Solo Dios alcanza el valor del siete; sin embargo, el hombre, aun acumulando muchísimo poder, no llegará a él ni con el apoyo del Diablo, que se queda en el triple seis.

La dialéctica es, como sabemos, una confrontación de conceptos de la que suele extraerse un resultado por síntesis. San Juan nos hace saber que para Dios no hay dialéctica amor-odio posible al tratarse de conceptos teológicamente antagónicos que no se pueden reducir a un común denominador; sería como tratar de sintetizar a los mismísimos Dios y Satanás, lo que daría un resultado conceptual de aquelarre. El amor y el odio hallarían una interacción sintética en futuras mentes del pesimismo, como Schopenhauer. Pero entre los pliegues del Apocalipsis, “sus caminos van en direcciones opuestas”, remata Oliver.

Más factible, teológicamente, es la dialéctica entre la ciudad paradigmática de Jerusalén, de la que Dios esperaba el virtuosismo del bien, y aquella otra ejemplificada en Babilonia. Esta última es modelo de todas las ambiciones y las pasiones de lo que Georges Bataille llamó el hampa y su transgresión eterna del tiempo del trabajo y la producción. Debemos entender estos últimos como motores éticos de la supervivencia y el bienestar con los que el hombre está obligado. Para la apocalíptica, esta ciudad ambiciosa es la sociedad de “aquellos que se aman a sí mismos hasta el desprecio de Dios”, arguye Oliver Román; en este paradigma entrarían también Tiro y Roma. Se trata de sociedades de un deshumanizado mercantilismo en las cuales “la ostentación es presagio de su pronto derrumbamiento” comenta Oliver, apuntando al sarcasmo como reacción exegéticamente presumible. El exégeta se acerca al asunto con enorme lucidez.

Oliver Román esgrime que de la dialéctica de estas ciudades históricas nacerá la ciudad bautizada como nueva Jerusalén o Jerusalén celestial, que no tendría por qué ser la ciudad israelita homónima, o quizá sí, pero que es, ante todo, una metáfora del Reino de Dios mismo, un símbolo inmaterial de recompensa. Oliver ubica los antecendentes de esta Jerusalem celestial en la profecía escatológica del Deutero Isaías, que preconiza el final de la historia, momento de la retribución divina a los hombres según sus actos. El segundo Isaías alienta el retorno del pueblo judío desde el exilio profetizando la recompensa de Dios a su pueblo, real primero, y celestial al final de los tiempos. Esto sucede casi a la vez que nace la filosofía en Grecia -siglo VI a. C.-. Isaías, que consigue que los hebreos amplíen el concepto de Dios aceptando su universalidad, anuncia que tal recompensa se alcanzará mediante un proceso doloroso -hito novedoso en el Antiguo Testamento-, a través de la inmolación de un mesías salvador. Se está anunciando en el siglo VI a. C. la venida de Cristo. Su recompensa será un nuevo cielo para una tierra nueva en la que se podrá confiar, como afirma Oliver, citando palabras de Pedro de Tarso y el propio Isaías, a quien los primeros cristianos amaban como quinto evangelista.

Parece, sin embargo, lugar común de los hombres de ciencia ateos criticar de fatalista la Sagrada Escritura. Daniel Dennett considera parte de la biblia “rara y terrible” y abomina del uso amenazador que los políticos creyentes norteamericanos hacen de la Biblia. No he leído el parecer del científico sobre esta tribulación vírica que nos atemoriza cuando no nos aniquila, pero no hace mucho, hablaba Dennett de su miedo a un apagón tecnológico planetario que pudiera dejarnos aislados a todos respecto de todo. No se arredraba al encomendar a las “iglesias” una razón logística de existencia, atribuyéndoles una función de puente cibernético que mantenga unidos a los hombres más que consolar sus ayes espirituales previsibles si cae la obscuridad informática. El científico encargándole a Dios lo que es de suyo propio y, curiosamente, también de la política.

El libro de Juan no tenía pretensiones políticas pero encarnó una revolución inmaterial del espíritu contra la injusticia eterna, aquella de la muerte del inocente que hizo trastabillar la fe cristiana de Dostoievski en la humanidad. Aquellos mártires que el poder romano quemaba vivos como antorchas nocturnas claman a Dios, en el libro revelado, un ajuste de cuentas que se prolongue “a lo largo de la historia”. Oliver Román comenta el tumulto de los mártires indignados, pidiendo “al Dios santo y fiel que tome venganza de su sangre en los habitantes de la tierra” aun cuando asegure el admirado exégeta ver solo “hambre de justicia”. La “venganza de nuestro Dios” en la profecía (Isaías 61,1-2) fue negada por Cristo en san Lucas (4,18-19).

Yo siempre he tenido vaivenes de fe respecto al dogma del Juicio Final aunque ganas no me falten de creer definitivamente en él. Sí que he concedido mucha credibilidad al mecanismo regulador de la conciencia; la conciencia es una ley divina entregada al hombre, detalla Oliver recordando a san Agustín.

Y más que en cualquier otra calidad de justicia, creo en la temporal, que retribuye al convicto con tiempo y confinamiento, lo cual permite la reflexión y brinda la oportunidad de arrepentirse, como ha dicho Pepe Mujica a Jordi Évole. Dostoievski añadiría el factor del perfeccionamiento moral. Los dogmas de fe, como el Juicio Final, no precisan de reflexión sino de perspicacia y humildad. Aun así, no he podido escapar a disquisiciones abstractas que me guardo para mí, las cuales, próximas al pesimismo, termino rechazando. Dios sabrá perdonarme estas contradicciones en progreso.

Pero no debemos obviar, hablando del Apocalipsis de san Juan, que el hito fundamental del libro, junto a la inmolación del cordero por los pecados del hombre, es la segunda venida del Mesías en calidad de juez o Parusía. Cierto es que la figura del Cristo juez -Miguel Ángel en la Sixtina- me distorsionó en la adolescencia la imagen de Jesús que yo prefería. Más tarde, uno comprende la necesidad de las “duras” palabras de Jesús (cf Jn 6,60), dichas cuando hubo que usarlas, y acepta, uno, que esto forma parte de su gran poder eterno. Se asimila, entonces, que la historia no es ningún juego; que Dios es una inteligencia complejísima que, en palabras de Oliver, “tiene en sus manos las riendas de los acontecimientos humanos y los conduce con verdad y justicia”. ¿Quién diría no a una era sin mal sobre la tierra y en en el espíritu universal?; en estas lides soy universalista. Lo peor habría de ser que la bestia y sus dragones formasen parte del orden.¡Que Dios ayude a los científicos! Los necesitamos infinitamente; también a los exégetas inspirados.

(Continuará)

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