Yo nunca dije que mis amigos fueran inocentes, un dechado de virtudes, seres a los que no se les puede reprochar nada, porque de no ser así, no les debería haber elegido como tales. Lo que yo dije es que si eran culpables de un delito, iría a hacerles compañía o a llevarles bocatas a la cárcel.
Extender estas extrañas dualidades de amistad y bondad al arte es todavía más drástico, porque arte y humanidad pueden ser tan antagónicos como decimos del blanco y el negro y es más, encuentro menos bondades que buenos artistas en este gremio exitoso al que pertenezco.
¿Qué hace la naturaleza humana, que nos permite alcanzar grandes cotas y al tiempo ser unos miserables para con nuestros semejantes?
Ni idea, por eso es bueno diferenciar, que no contraponer, las cualidades artísticas de las simples bondades. Y en esto quiero referirme a lo que me produjo un gran desagrado, un malestar de esos que revuelven las tripas, cuando visité el Museo Nacional de Antropología de México.
Buscaba las impresionantes cabezas Olmecas, que no pude contemplar ni dibujar porque estaban en proceso de limpieza y restauración y por ello me dediqué a pasearlo con calma.
Debería haber sido un paseo hermoso, como lo fue en el Museo del Cairo, en los Museos vaticanos o en el Museo de la antigua Creta, pero había algo en el aire que trastocaba los sentidos y sobrepasaba a las obras que contemplaba. Era el sacrificio y la sangre, que se descolgaban por las paredes hasta el espectador de las salas.
Soy curioso y observador con las manualidades del pasado, pero salí de allí diciéndome. -menos mal que no me tocó-.
Y de no confundir al artista con el hombre, puedo así saltar a las grandes civilizaciones. No hay que segregar una cultura excepcional de proezas arquitectónicas, ciencia y escrituras avanzadas, de la más que posible y miserable vida de sus súbditos y habitantes. Quienes ya lo han proclamado, han sido declarados personas nongratas. Mel Gibson, en Apocalypto, no pretendía documentar un hecho histórico, pues mezclaba los rituales y culturas Mayas y Aztecas (Zachary Hruby), bailando entre ellas y simultaneando su decadencia con la llegada de los españoles; obviando la función agrícola de los poblados sobre la caza; su organización entorno a espacios despejados y no enquistados en la jungla; la interconexión y conocimiento de la existencia de las urbes/pirámides a menos de 20 km, que no remotas o desconocidas; que los cautivos provenían de guerras y no de saqueos arbitrarios y cuyos sacrificios sobre una columna para mejor extraer el corazón, no eran tales en la aparente Tikal (Guatemala) de la película, sino en la península de Yucatán (siglos XV y XVI); y sobre todo, que ese colapso a partir del 900 D.C. por sequías extremas, poblamiento disparado y malnutrición, conflictos bélicos,… ocurrió 400 años antes de la última escena en que llegamos a las playas. Pero, a pesar de ello tiene un clima de veracidad que acongoja y es el mismo del Museo encarnedegallina del que estaba hablando.
La verdad la bebemos del mito y la leyenda y así la entregamos, sorteando de cualquier manera los hechos reales y sabiendo…
“Que todos los imperios avanzan sesgados entre Grandeza y Miseria
y que su colapso se vendrá gestando,
antes de recibir la inevitable puntilla,
por quienes van a descomponerlo, suplantarlo o aplastarlo”.
VICTOR OCHOA