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ORIENT EXPRESS

Notre Dame sigue en pie

domingo 12 de abril de 2020, 19:31h

Hace casi un año del incendio de la catedral de Notre Dame de Paris. Las imágenes del edificio pasto de las llamas abrieron los informativos del mundo entero. Sólo la Providencia y el valor de los bomberos de la ciudad impidieron que el templo se derrumbase por completo. La destrucción de esta catedral, uno de los símbolos de la civilización occidental, hubiese sido una tragedia indescriptible. Gracias a Dios, ahí sigue en pie deteriorada, pero no caída.

La Semana Santa de 2020 ha coincidido con un tiempo de dolor y miedo para millones de europeos. La pandemia, que se ha ensañado especialmente con España e Italia, no ha perdonado a ningún país del Viejo Continente. En España, en particular, la incompetencia, la irresponsabilidad y la improvisación del Gobierno son motivo de profunda división y de una legítima indignación entre los ciudadanos.

Sin embargo, en estos días, Notre Dame ha brindado un símbolo de esperanza para todos. El Viernes Santo, en una ceremonia sin fieles, pero retransmitida a todo el mundo, se veneró una de las reliquias que atesora la catedral: la Santa Corona de Espinas. En esto, hay una dimensión cultural y de civilización que no se nos puede escapar.

En primer lugar, está la profunda historicidad de las raíces de Occidente: la tradición de Grecia, Roma y Jerusalén. Un amigo cura dice que la Iglesia ama la Historia y dice bien. Si la Resurrección que hoy se celebra no tuvo lugar, vana es la fe de millones de cristianos que durante más de dos mil años han celebrado que Cristo vive y el sepulcro está vacío.

El mensaje de la resurrección transformó el Imperio romano y alumbró nuestra civilización. El testimonio de aquellos cristianos dispuestos a dar su vida por los demás a imitación del Señor –a quien no se la quitaron, sino que Él la entregó- se fue extendiendo desde Jerusalén a Samaría, Galilea, Asia Menor hasta llegar a Roma. No pudieron con ellos ni las persecuciones de los emperadores, ni el desprecio de los intelectuales ni el escándalo que suponían las enseñanzas de Jesús, crucificado, muerto y resucitado en confirmación de lo que decían las Escrituras. Gustave Bardy describió en su clásico libro “La conversión al cristianismo durante los primeros siglos” (Encuentro, 2012) lo que significaba hacerse seguidor de Cristo. Era peligrosísimo y muy exigente, pero valía la pena.

Esa visión del mundo abierta a la transcendencia y esa confianza en un Dios que no abandona al ser humano, sino que interviene en la Historia, alumbraron a Occidente. Tómese la figura que se quiera desde San Benito o San Bonifacio hasta las grandes místicas de la Edad Media -Santa Hildegarda de Bingen, Santa Clara de Asís, Santa Isabel de Hungría y tantas otras-, toda nuestra civilización se vuelve incomprensible sin esa forma de concebir la vida del hombre, que se abre a un Dios que lo está esperando.

Notre Dame sigue en pie como símbolo de la identidad de Europa. Como San Basilio de Moscú, como el monasterio de las Cuevas de Kiev o la abadía de Pannonhalma en Hungría, esta catedral recuerda que nuestra civilización ha sobrevivido a guerras, a epidemias y a otras calamidades. Aunque los fieles no puedan visitarla, el templo no está vacío, abandonado ni solo. También esto es un motivo de esperanza. En la historia de Europa, allí donde se edificaba una iglesia, un monasterio o una abadía florecía la vida. El monje borgoñón Raoul Glaber contó cómo, después del año mil, “se vio en casi toda la tierra la renovación de las iglesias. Un deseo de emulación llevó a cada comunidad a tener la suya más suntuosa que la de los otros. Era como si el mundo se hubiera sacudido y, despojándose de su vetustez, se hubiera revestido por todas partes de un blanco manto de iglesias".

Así, en este Domingo de Pascua, Notre Dame y todas las iglesias del continente, sobre todo las más antiguas y las que más cosas han visto -por ejemplo, ésas del prerrománico que se alzan en Asturias- nos recuerdan lo que somos y a lo que estamos llamados. Europa la edificaron los mismos que levantaron sus muros y que los defendieron y los reconstruyeron después de las invasiones y los desastres. Nuestra civilización hunde sus raíces en la historia, pero no la padece, sino que la hace teniendo la mirada puesta más allá de ella. Afirma que la muerte y el pecado no son el final. Proclama que estamos llamados a la vida y a la salvación y que no hay pecador que no pueda ser redimido.

Estos muros, estas vidrieras policromadas, estas campanas que llaman a la oración, son un recordatorio de nuestro origen y una invitación a volver a nuestras raíces. Benedicto XVI, en una de sus catequesis sobre las catedrales, recordaba las palabras de Marc Chagall: “durante siglos, los pintores mojaron su pincel en el alfabeto colorido que era la Biblia” y añadía el Pontífice: “cuando la fe, especialmente celebrada en la liturgia, se encuentra con el arte, se crea una sintonía profunda porque ambas pueden y quieren hablar de Dios, haciendo visible al Invisible”.

Vean el vídeo de la veneración de la Santa Corona de Espinas en la catedral de la que Benedicto XVI dijo que “se yergue en el corazón de la cité como un signo vivo de la presencia de Dios en medio de los hombres”. En ella, “las reliquias del Lignum Crucis y de la corona de espinas, que acabo de venerar, como es costumbre desde San Luis, han encontrado hoy un cofre digno de ellas, que constituye la ofrenda del espíritu humano al Amor creador”. Con la mirada puesta en ese Dios, que es Amor, se edificó Europa. Este Domingo de Resurrección es una buena ocasión para recordarlo.

Feliz Pascua.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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