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TRIBUNA

Ceci n´est rien

jueves 16 de abril de 2020, 20:04h

Ha circulado por las redes sociales el remedo de un viejo cuadro de Magritte al que Michel Foucault le sacó algún partido. El conocido cuadro representa una pipa, bajo la que aparece el enunciado “ceci n´est pas une pipe”. En su remedo aparece un ordenador bajo el que puede leerse: “ceci n´est pas une école”. Notemos un pequeño y evidente desplazamiento: si nadie puede fumarse la pipa (no pipa) del cuadro de Magritte, nadie puede hacer con el ordenador (no ordenador-no escuela) lo que se hace con un ordenador, pero tampoco es posible hacer con un ordenador lo que se hace con una escuela: con la pipa fuera del cuadro podemos fumar, con el ordenador fuera del cuadro no podemos hacer lo que se hace con una escuela.

Ahora bien, es muy posible que sepamos qué se hace con una pipa, aunque en estos tiempos de puritanismo e higiene social, sea una actividad perseguida. Estoy convencido de que no sabemos qué se hace con una escuela. Y, sin embargo, paradójicamente, todo el mundo tiene una opinión sobre lo que una escuela debería ser. Al parecer no hay novedad en esto. Allá por 1907 Gilbert K. Chesterton pudo escribir: “Es característico de nuestra época que cuanto más dudamos del valor de la filosofía, más seguros nos mostramos del valor de la educación. En otras palabras, cuando más dudamos de si tenemos alguna verdad, más seguros estamos (aparentemente) de que se la podemos enseñar a los niños”. Desde luego todos sabemos que una escuela es una institución educativa y “educación” en sentido genérico significa, simplemente, la enseñanza de algo a alguien.

Abstracción hecha de la naturaleza del algo que se enseña y del alguien que aprende podría parecer que el ordenador puede cumplir esa función educativa: que parece ser la que desempeña una escuela. Pero el ordenador es, justamente, un enorme aparato de abstracción capaz de reducir a información las sutilezas de cualquier relación y así sucede con la relación del magisterio.

Pero “educación” se dice de muchas maneras y la educación escolar es una muy especial manera de educación. Ese sentido “escolar” de la educación, que también me atrevería a llamar “académico”, ha sido objeto de una lenta pero eficaz demolición, que parece alcanzar su último grado con la irrupción de ese modo de educación que Luis Arroyo bautizó justamente como “telemática”: ciencia a distancia.

El carácter escolar o académico de la educación procede de unos saberes, que los modelos neopedagógicos aplicados a las instituciones educativas han destruido completamente. Jordi Llovet publicó hace unos años un ensayo demoledor sobre el eclipse de las Humanidades. En efecto, me refiero a unos saberes que, bajo el nombre de Humanidades, conservaron todavía un aliento metafísico y tradicional. Pese a que justamente las Humanidades desde el primer Renacimiento suponen un mentís a la tradición académica medieval teológicamente fundada. Más allá de esas Humanidades, reduciendo su atmósfera metafísica tradicional, se desplegarán unas ciencias humanas (o sociales) descargadas crecientemente no sólo de todo valor metafísico o teológico, sino también histórico y antropológico. Las ciencias sociales no preguntan qué sea el hombre, pregunta capaz de despertar el impulso metafísico de las Humanidades, porque dan por consabida la respuesta que ofrece la perspectiva naturalista y utilitaria heredada de las ciencias y tecnologías físico-matemáticas. Esos “arcángeles del progreso” (S. Zweig) que han dado forma al mundo moderno.

Las ciencias humanas se orientarán a gestionar las poblaciones humanas según un enfoque tecnoeconómico cada vez más estricto y en todas sus dimensiones: económica, psicológica, antropológica, sociológica… el ser humano quedará bajo la administración de técnicos en una u otra de estas disciplinas de pretensión científica.

La nueva telemática es apta, sin duda, para la transmisión eficaz de conocimientos cuya estructura teoremática y valor instrumental permite una transmisión impersonal y distanciada. Pero destruye el último resto del vínculo personal del magisterio, que envolvía una verdad ajena a la forma de las verdades científico-técnicas. Esa Verdad que el Gran Maestro (Rabí) dijo ser. Señalándose también como el Camino (método) y la Vida. Platón destruyó sus tragedias cuando, en plena juventud conoció a Sócrates. Aristóteles anduvo junto a Platón durante décadas. Esa forma de discipulado es ajena a la moderna disciplina utilitaria y productiva que rige la mal llamada escuela. Mal llamada, porque escuela significa ocio y libertad, lo que hoy se obtiene sólo fuera de la escuela.

En estas condiciones es perfectamente comprensible, sin dejar de resultar ridícula, la frenética actividad de docentes empeñados en una enseñanza a distancia que justifique las promociones y calificaciones que mantienen en pie la maquinaria educativa. Pronto podría sustituirse la enseñanza llamada presencial por esta forma telemática de instrucción, con ello se habrá abolido el último vestigio del viejo sentido escolar del magisterio. Tal como están las cosas, no habrá nada que lamentar, tanto menos cuanto que sabemos que “…aunque lo académico como institución no tuviera ya ninguna existencia pública, por sus fundamentos metafísicos podría realizarse todavía en una solitaria celda de contemplación” (Josef Pieper. El ocio y la vida intelectual).

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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