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Ensayo

Antonio Valdecantos: Signos de contrabando

domingo 19 de abril de 2020, 22:34h
Antonio Valdecantos: Signos de contrabando

Underwood. Madrid, 2019. 248 páginas. 20 €.

Por Francisco Estévez

El golpe de modestia que sustituye la palabra ensayo por informe en el subtítulo, Signos de contrabando. Informe contra la idea de comunicación, indica ya la personalidad de Antonio Valdecantos y el respeto por una disciplina. Se presenta este texto como una ampliación de la discusión de un valioso ensayo suyo Teoría del súbdito (2016) que todo lector preocupado por las formas de dominación contemporánea, “donde la potestad del mercado rige la esfera de lo político”, debiera urgentemente leer. Pero el presente texto también es en varios sentidos una continuación lógica de su inmediato libro anterior Misión del ágrafo (2016). En buena lógica, si allí trataba sobre la agrafía, una de las varias formas del silencio, que es el opuesto y la condición del lenguaje, debiera extender el filósofo su pensamiento a éste.

El recorrido de Valdecantos traza pues una evolución coherente con estos Signos de contrabando (Informe contra la idea de comunicación) que inauguran del mejor modo posible, es decir haciendo realidad el nombre de la colección “Brulotes”, de la editorial Underwood, donde se integra. Simplemente espigando al azar cualquier lector siente el vértigo de encontrarse con una prosa filosófica y ensayística de altura muy a contracorriente del uso, con el único norte de exhumar algún rastro de conocimiento entre toda la arenisca que han dejado los siglos de tópicos e ideas heredadas. El problema que plantea el comentario ya no crítica o reseña de este libro es que la aceptación de su contenido exonera al menos teóricamente hablar del mismo ya que redundaría en mero ombliguismo crítico pues “quien cree estar describiendo una visión, lo que con frecuencia hará será hablar sólo de sí mismo y, como mucho, de las pasiones y razones que la visión le suscita” (p. 197). Aun a riesgo de ello continúan las siguientes líneas.

Aquí se estudia el origen económico de la comunicación, su construcción mixtificadora y, en tal sentido, se propone este informe como un ataque contra sus dogmas, un “descrédito” necesario de la idea de comunicación, en sus tres supuestos, a saber: que la comunicación sea un fenómeno natural, que sea un fenómeno ajeno a la violencia y que hay algo previo a la comunicación que el hablante posee en propiedad y que puede compartirse. La radicalidad del presente libro es tomarse con seriedad el contrario de tales supuestos con el deseo de alcanzar ideas más estables sobre qué cosa sean las palabras y qué relaciones tienen con el individuo. Se parte, entre otros textos, de una lectura de Walter Benjamin “Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje de los hombres” (1916) que arrancaba con su “Dios no creó al ser humano en absoluto a partir de la palabra, y además tampoco le dio nombre.

Y eso porque no quiso subordinarlo al lenguaje, sino que…”, se acude al Diccionario de Autoridades y se plantea una sólida crítica a Montaigne cuando en sus Ensayos aparece la palabra communication desde la cual se forja el concepto moderno de comunicación “que inventa un yo ceñido del todo a lo que ésta exige” (p. 46). Este mito de la comunicación, afina Valdecantos, resulta el núcleo común de la economía, la moral y la cultura, formas precisamente en las que uno afirma comunicarse con otro (p. 56).

Si convenimos la argumentación esgrimida en el capítulo “La máscara y el traductor” debiéramos revisar con urgencia las teorías últimas que sobre la autobiografía tienen validez de curso. De igual modo convincente el capítulo siguiente, “El pájaro herido en el pico”, que incide sobre la teoría de la traducción. Y así en sucesivos capítulos, un lector atento encontrará una cadena de argumentaciones con las que poder inspeccionar las teorías más aceptadas en cuestiones variadas como la crítica, la teoría de la recepción (p. 153), la lectura, la escritura, pero también en las consecuencias en la amistad o el amor y su obsesivo temor a la incomunicación. Nada más y nada menos representa el calado de esta brillante prosa ensayística. Se manejan aquí autores no trasegados como Vladimir Jankélévitch o Schleiermacher, para hablar entre otras cosas del malentendido como forma vital del acceso a cierto conocimiento, una molesta calderilla cognoscitiva, sentenciará nuestro filósofo.

El largo alfiler con que pincha las derivaciones de la “pérdida del aura” auspiciada por Benjamin (1936) es un pasaje admirable (págs. 121-127) o la rápida apostilla a la teoría de la recepción en páginas adelante o la ideología de la comunicación y la sociedad que surge de su imperio frente a la glosa (p. 145). La lengua, y con ello la comunicación, parte desde una desconfianza respecto a su resultado. Además, como no puede ser de otra manera, el presente Informe ocupa varios capítulos al análisis de la famosa discusión entre poesía de la comunicación y poesía del conocimiento que se dio en España con los juicios de Vicente Aleixandre, Carlos Bousoño, José Ángel Valente o de Jaime Gil de Biedma siguiendo a Eliot que resulta imposible de abordar en estas líneas.

Frente a pensamiento inane y prosas desvaídas que han reflexionado sobre el valor de la palabra con cierto tino, las más de las veces con irregularidad, se alza una reflexión mayor no sobre el precedente de la palabra, sino sobre la conclusión de su deseo: la comunicación. Antonio Valdecantos es uno de nuestros filósofos más sobresalientes, este texto suyo lo vuelve a confirmar, pertenece por derecho propio a esa comunidad de solitarios presentida más que imaginada por Pascal Quignard (Sobre la idea de una comunidad de solitarios (2017) a la que todo buen lector, escritor o ágrafo ansía entrar.

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