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TRIBUNA

La burbuja totalitaria

viernes 08 de mayo de 2020, 20:21h

Quizás, en un futuro, en España esta pandemia mundial sea recordada tangencialmente, ofuscada por la burbuja totalitaria que, a horcajadas del trauma y la angustia producidos por el coronavirus, es alimentada por la Moncloa. Siguiendo un añejísimo, pero no por ello menos efectivo guion, el gobierno español – ese trágico pastiche de oportunismos, incompetencias y desmesuras – ha ido dando los pasos prescritos por el manual del absolutista: usufructuar el temor provocado por una crisis que para el público general tiene mucho de abstracto – una amenaza invisible, omnipresente. Y es que no hay nada tan maleable como el temor (amén del odio); nada tan útil a quienes pretenden construir su perpetuación y su impunidad, como el miedo dócil e irreflexivo.

Entre los movimientos indispensables está la toma de puestos claves – ocupar posiciones, instituciones con gente de una lealtad que se confunden con la absoluta obediencia: principalmente, comunicación (ergo: construir, ratificar y propalar un “relato” destinado a mantener el poder; vetando a aquellos medios “díscolos” de preguntar en las ruedas de prensa), inteligencia e interior (control de la información y de la población). En resumen, se trata de la posibilidad de establecer una censura que no sea considerada como tal, sino como un ejercicio de prudencia, de “sanidad” informativa: un control de “bulos”. La “desinformación” en cuestión será, claro está, todo disenso, crítica y hechos contrarios al “relato” de turno que elija el gobierno para disfrazar sus intenciones y sus ineptitudes.

Porque el gobierno, parece evidente a esta altura, no quiere ni ciudadanos ni votantes: sino fieles que crean un dogma (el que toque en cada momento). Y, claro, también necesitan unos cuantos herejes - militantes en el bando del mal “fascista”, “insolidario”; aquello que la “narrativa” requiera y dicte.

De ahí que, a mediados de abril, el general de la Guardia Civil José Manuel Santiago llegara a decir, al informar que el cuerpo trabaja para combatir las noticias falsas, que “la otra línea de trabajo [de dicho cuerpo] es minimizar ese clima contrario a la gestión de crisis por parte del Gobierno”. Una suerte de “por tu bien, oh ciudadano, controlaremos lo que dices, lo que lees y lo que compartes en redes”. Todo en nombre de la lucha contra el “cambio climático”.

El mensaje, al parecer, debe ser uno (grande y no libre). Uno y de apariencia “moralmente” incontestable. Porque, después, de todo, y como explicaba Solomon Asch (citado en Evan Harrignton, The Social Psychology of Hatred), los sujetos no seguirían ciegamente a la masa sino, antes bien, sopesarían racionalmente el grado de desaprobación al que se enfrentarían. De tal manera, se ajustan, concuerdan, cuando la ansiedad (de parecer tontos o, para el caso, moralmente inadecuados incorrectos - ser considerados “fachas”, por ejemplo) es demasiado grande: la sombra de la vergüenza y la culpa sociales terminan por imponerse por sobre la figura real del sujeto. Un mensaje, pues, que lo ocupe todo, como esa sombra; y que, si no persuade, al menos que cree una inmensa tensión sobre aquellos que siquiera piensen en elevar una voz crítica.

Y de la conformidad a la persuasión sólo media un paso. En eso anda el gobierno, intentando fabricar anuencia para obtener la obediencia que sobreviene a la exposición prolongada al mensaje. Y una instancia intermedia es la de implantar en aquellos ciudadanos no convertidos aún al credo, una doble visión: el objetivo es que terminen creyendo en la sombra fantasma que le hacen crecer a la realidad, y no en la propia realidad. En este halo, se le dice al público, es este un gobierno progresista, la compra de material defectuoso (no una vez, sino hasta en dos oportunidades) es algo que, en realidad, no tuvo lugar (una desinformación de la “derecha”) – o que sucedió debido a nuestra inmensa bondad y a la maldad intrínseca del resto de las partes involucradas -;el pago de sobreprecios en material sanitario es una ilusión que buscan imponer esos mismos “fachas”, tres veces “fachas” - ¡que vienen!, que ¡siempre están viniendo montados en un bulo y la memoria de un caudillo dos veces enterrado!

En esta burbuja, y tal como en las estafas piramidales, se precisa ir convenciendo a unos que, luego, a su vez, ayuden a convencer – convertir – a otros, y así sucesivamente. Los medios adeptos, haciendo de altavoces de esta cadena infame.

¡Que vienen los fachas! Es decir, ¡que viene el totalitarismo!, dice el gobierno y sus voluntariosos portavoces.

Y tienen razón. O a medias. Porque en realidad ya ha llegado ese totalitarismo – o su afán cierto, práctico. Sí, y está en el gobierno: especuladores de sí mismos, buena parte de sus miembros se afana por instalar una burbuja (totalitaria) que eleve la cotización de sus mediocridades. Después de todo, incluso su propia definición (relacionada con lo virtuoso) está manufacturada a partir de la fraudulenta identificación del “otro” (con lo vil).

En la mediocracia – gobierno de los mediocres; que, además, carecen de escrúpulos casi en la misma medida en que poseen los peores hábitos que pueden imaginársele a un político (vamos, a cualquiera) - las prácticas democráticas son naturalmente (necesariamente) reemplazadas por aquellas que permiten eludir el debate, la crítica y la impugnación: es decir, por la censura del disenso, la opacidad de las propias prácticas y el señalamiento y el chantaje al adversario.

Y en eso anda este gobierno. En intentar acallar y en obligar asentimientos y falsos consensos. Anda en cualquier cosa menos en resolver los problemas de “la gente” que tanto ha mentado. Tanto, que es evidente que los traía sin cuidado. Y a la vista está.

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