www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Sobre el Apocalipsis de san Juan y el triple comentario de monseñor Oliver Román (y IV)

miércoles 13 de mayo de 2020, 20:31h

El historiador británico Arnold Joseph Toynbee, ateo, colaborador del Servicio de Inteligencia del British Foreign Office, tuvo, allá por 1970, una visión de futuro que no parece vaya a confirmarse, aunque ya nada debería extrañarnos. Junto al arquitecto griego Constantino A. Dioxadis, Toynbee elaboró la teoría -publicada en España en el dominical de ABC- que asegura que, para finales del siglo XXI, la población de la tierra vivirá en una Megápolis o Ecumenópolis (ciudad gigantesca) de treinta y tantos mil millones de habitantes.

Toynbee habló de los Estados Unidos del Mundo, con un gobierno común. Sus previsiones eran catastróficas desde un punto de vista ecológico, social y espiritual. Siempre que no se pusieran remedios “dinámicos” -quid de la cuestión-, el hombre terminaría por quedar encerrado en una inmensa ciudad “asfixiada en su propia cuna”. El llamado filósofo de la historia abundaba en su visión: “En esta ciudad el hombre se recluirá cada vez más en el interior de los edificios. Paulatinamente se convertirá en troglodita”. Toynbee estaba augurando un tipo humano que la sociología contemporánea, más o menos académica, redefinió hace ya una década. Se trata del inválido social atrapado por internet, también llamado nerd, geek, otaku, etc. Internet era la pieza, la ventana que Toynbee aún no podía ver.

Pero veamos… en relación con la Escritura. La ambición humana de crear una ciudad mundial fue motivo de gran preocupación para los profetas del Antiguo Testamento. De hecho, el propio autor del libro del Génesis, como reflexiona mons. Oliver Román, “quiere demostrar” que Dios “había condenado la idea de un imperio centralizado en una ciudad y a la sombra de una torre gigantesca que sirviese, con su nombre, de reclamo a fin de que los hombres no llegasen a dispersarse por toda la tierra (Gn 11, 1-9)”. La torre de Babel sería abandonada y los hombres dispersados por voluntad de Dios. Oliver deduce, de varios pasajes proféticos, la antigua creencia de que el paganismo impregnaba hasta los muros físicos de las ciudades.

Mons. Oliver Román -a quien admiro intelectualmente más que quiero, y Dios sabe cuánto le quiero- dedica muchas páginas soberbias al tema de la ciudad terrenal, pecadora de idolatría y soberbia, y su alternativa, el desierto, donde los beduinos -nómadas- ponían un contrapunto moral a los vicios de la sociedad edificada y sedentaria, blanco del conservadurismo tradicional de los profetas. Desde el capítulo veintiuno del Apocalipsis en adelante, Oliver realiza un acercamiento admirable a la no muy pródiga teología de la ciudad, con excepciones como el teólogo belga de la Liberación José Comblin. En el capítulo de su tercer comentario al Apocalipsis titulado Jerusalén, antítesis de Babilonia, asegura Oliver Román que las ciudades terrenales que están en el antagonismo del bien y el mal sufren una “dialéctica de comunión, que hace que los defectos de una se conviertan a veces en defectos de la otra y lleguen a convertirse en semejantes”.

San Juan el teólogo, Simeón Pedro (2 Pedro) y San Pablo (2 Corintios), hablando del Nuevo Testamento, hacen referencia a una nueva existencia o un nuevo mundo. Isaías ya había hablado de un cielo nuevo y una tierra nueva. Respecto a esto, dice Oliver que la ciudad nueva es “una esperanza que nos ayuda a vivir más confiados en esta tierra, atraídos por el futuro prometedor de Dios”. Según Isaías, todo será renovado en un zafarancho integral desde el alfa a la omega porque, así como quedó expuesto en el Génesis, Él lo creó todo y Él lo renovará todo. Un ángel, con una copa de la que rebosaba la sustancia de las plagas, guió a san Juan hasta una alta cima para que viese la ciudad celestial, Jerusalén, con un esplendor de jaspe cristalino. Aquella era la visión del reino eterno que terminarían vislumbrando, según Pedro en la segunda epístola, aquellos que no siendo “cortos de vista” cultivaran fe, virtud, entendimiento, dominio propio, constancia, devoción a Dios, afecto fraternal y amor.

Este reino o ciudad de Dios nada tiene que ver con las sociedades utópicas con gobiernos perfectos capaces de procurar una felicidad “intachable”, las mismas que tanto detestaba Karl Popper. Oliver, muy clarificador en el análisis teológico de la ciudad como signo, cita, entre estas utopías que empalidecen ante la ciudad celestial, a la República de Platón, la Ciudad Armónica de Péguy, la Utopía de Tomás Moro o la comunistoide Ciudad del Sol de Tommaso Campanella.

Oliver recalca la parvedad de una teología de la ciudad en la bibliografía contemporánea pese a ser la ciudad un signo frecuente en la Escritura. Considera la ciudad, las ciudades, siglas teológicas para diferenciar el mundo de Dios y el del mal. La Babilonia reconstruida a lo grande por Nabucodonosor, tras su destrucción por hititas y asirios, no volvió a ser destruida pero sí abandonada -comenta Oliver-. La ciudad de la Baja Mesopotamia quedó sepultada bajo la arena como un enorme cadáver fosilizado o como aquella escultura de Ramsés II (Ozymandias), que inspiró en su día un temor reverencial y acabó desmembrada y cubierta por los vendavales de arena del desierto. Percy B. Shelley le dedicó un tremendo poema, no sin sarcasmo. También el fastuoso pintor americano Julian Schnabel dedicó al asunto -caída de los “dioses” imperiales- un cuadro soberbio de enormes proporciones que Rudi Fuchs vió como una turbulencia pictórica -explosión- que se asienta para finalmente desvanecerse como un eco. Esto mismo le sucedió, injustamente, al propio Schnabel cuando cayó en desgracia en su país. Y ahí sigue de momento.

La ciudad babilónica es símbolo de una desmedida voluntad mercantilista, injusta en la retribución económica, si acaso no comete la perversión de basar su sistema en la masiva esclavitud, promoviendo vicios y corrupciones. Sarcásticamente, su impiedad, codicia y podredumbre sistémica la lleva a ser arrasada o abandonada.

Hay otra ciudad, no menos inviable, que es experimento sociológico o literario en busca de una alternativa social para el hombre. Es aquella que, al contrario de la ciudad babilónica, nace con la intención de aniquilar todo propósito capitalista. En ella los hombres encontrarían un “nido” para su dignidad. Me ha venido a la memoria la ciudad de Mahagonny, de la ópera concebida por Bertold Brecht y Kurt Weill entre 1927 y 1930. Menos exitosa que la “de los tres peniques”, Mahagonny representa un sueño de sociedad ideal que nace para contrariar encarnizadamente la utopía capitalista estadounidense; lugar donde poder anidar los outsiders y que se ha convertido en profecía de las crisis actuales. Mario Vargas Llosa dedicó en su día un artículo magnífico a este asunto. Respecto a su novela La ciudad y los perros, esgrimía que “la inseguridad del mundo en que vivimos produce la necesidad de crear mundos alternativos”. Pues bien, como recalca Oliver, con nada de esto tendría que ver la Jerusalén celestial.

Hace ya una década, en The Sunday Times, Waldemar Januszczak, historiador y crítico de arte, relacionaba, entre las ciudades ideales, a Brasilia o Chandigarh, pero también a las ciudades-jardín británicas de la década de 1960 -citaba la ciudad de Milton Keynes- que, prometiendo una vida semirural cómoda y placentera, sirvieron para aportar una miríada de trabajadores al emporio londinense. Januszczak llega a referirse, además, a los campos de “vacaciones” para prisioneros o los nuevos asentamientos de los territorios ocupados de la antigua Judea y Samaria. Todas ellas, realidades aludidas por Januszczak en relación con la distopía pictórica llamada Nobson, del pintor geek Paul Noble. No en balde, la crítica de Januszczak se titulaba: “Y los geek heredarań la tierra”.

El arte de los juegos virtuales -videojuego- ha evidenciado su gran potencial para visualizar los sueños utópicos o distópicos del hombre. Lo que hoy hace la ciencia ficción dando imagen al futuro, lo hizo, en las postrimerías del siglo XV, Alberto Durero ilustrando el Apocalipsis de san Juan. Januszczak, en su crítica a la exposición “El Renacimiento del Norte”, celebraba la “salvaje fantasía” de Durero, “imaginando algunos de los mejores monstruos del arte” (…) “persuadiendo a meros grabados en blanco y negro para conjurarse en un cromatismo texturado”. Oliver Román cita también a Durero y alude a las cualidades artísticas de las escenas descritas por san Juan. De hecho, consiguió en su día estimular mi interés por el asunto, del que hice algunos cuadros que aún están en proceso.

Como corolario al comentario de las ciudades bíblicas, quiero reseñar algunos interrogantes lanzados por Oliver Román que son cualquier cosa menos retóricos debido al enigma que rodea a la escatología (visión celestial de futuro). Se pregunta Oliver acerca de la ciudad nueva de Dios, aquella síntesis de la que habló Engels: “¿se dará en un más allá que trasciende el tiempo y el espacio? ¿...O bien será una realidad cuyos primeros pasos se dan ya en este mundo y en esta tierra? ¿Se trata de una utopía en la visión de la nueva ciudad del libro del Apocalipsis? ¿Es su finalidad enfrentar a la sociedad injusta…?”

Está todo por ver, pero los comentarios de mons. Oliver Román al Apocalipsis son un sol entre las nubes.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+

0 comentarios