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DESDE ULTRAMAR

Género humano: a bofetones y a matacaballo

Marcos Marín Amezcua
jueves 14 de mayo de 2020, 20:12h

Así vamos: abofeteados como género humano por nuestra realidad que, estrujada, cambió de tajo; y a matacaballo buscando aprisa, sin descanso, a contrarreloj, una cura para abatir al asesino viral que nos acecha y nos colapsa. Fue un bofetón.

La inédita circunstancia, inimaginable en el peor de los guiones de filmes de exterminios y plagas, que nunca he seguido y no pienso ponerme a verlos –encima, pagar para ver plataformas digitales y que me espanten o apaniquen, ¡estaría yo loco!– nos desdibuja, plantándonos la incertidumbre permanente que acalla muchas otras notas informativas; haciéndose casi omnipresente el engendro, como tema único y al mismo tiempo, todo ello nos sume en un cúmulo de preguntas sin respuesta acerca de ese eufemismo llamado “nueva normalidad” de la que no me fío y nos aseguran que está al caer, y que seremos otros casi porque sí, a sota, caballo y rey. Dudo que sea algo tan automático y sin trámites.

No negaré que también nos esperanza el escenario que nos advierte que venceremos, porque la Humanidad no se rinde y no lo hará sin más. Todo esfuerzo vale, suma, aporta, favorece, facilita y abona. Nos acerca al triunfo merecido, así vayamos boqueando, jadeando para conseguir la ansiada curación o al menos, la medicación precautoria que amortigüe tan siniestros e inicuos efectos el microbio. No nos doblegará el bicharraco. No nos extinguirá.

Otrosí, un bofetón más nos lo ha plantado el planeta y su hábitat. ¡Sí, señor! Y al cimbrarnos es que nos ha recordado cuán pequeñajos somos en la naturaleza y cuán granujas hemos sido con ella. Para avergonzarnos de tan racionales que decimos ser y qué lejos estamos de serlo, después de todo. Está claro que el cese de la actividad humana permitiéndose así, involuntariamente, que muchas especies recuperaran su entorno inmediato –invadido por el Hombre de mil maneras a mansalva, explotado vilmente de otras tantas– es una advertencia de que nuestra depredadora especie lo es consigo misma y con el mundo que habita. Nada que no se haya dicho antes, pero acaso la novedad radica en comprobarlo in situ, despejando dudas y en que lo admitamos de una vez por todas. No es comprenderlo, no es concienciarnos, es admitirlo con vergüenza y una contundencia que no permite evadirse. No se puede interpretar de otra forma que tantos animales asoman la cabeza sin temor a perderla a manos de sus asesinos merodeadores, los seres humanos. Nos humilla el virus evidenciando nuestra vulnerabilidad y como la canción ranchera, la fauna “inferior” nos la espeta en la cara, mofándose del Hombre: “y tú que te creíste el rey de todo el mundo…”.

¿Y qué haremos, en adelante? No me refiero a salir a la calle y a cumplir fases. Me refiero a si nos replantearemos la vida. Si daremos el pistoletazo final al capitalismo más plástico y contaminante. ¿Aprovecharemos que el petróleo se depreció para dejarlo y apostar, decididos, por otras energías? Es lo que nadie ha expresado con claridad. Sabemos ya que la Tierra ha tenido un respiro, sus bestias nos lo advierten, la capa de ozono del Ártico, lo anticipa. Y el coronavirus ese… no se marcha. Ni lo hará, nos pronostica la comunidad científica.


A ella me dirijo. Mi reconocimiento a su labor, como a todo el sector salud en tantas partes, al que expresamos nuestro agradecimiento y deploro a quienes en México y en otras latitudes, agredan a esas personas que dan tanto por nosotros, bajo el imbécil argumento de sostener que nos infectarán. Miserables aquellos que necesiten de su ayuda. Es inadmisible tanto desagradecimiento donde lo haya. Muy aparte de que todo el mundo queda retado desde ya, a reformar reforzándolos, nuestros sistemas sanitarios frente al homicida que nos acecha beneficiado de nuestras mezquindades, sea de las sociales, como de las políticas.

Mientras en algunos países nos dicen que ya pasó lo peor, que están en ello, saliendo escalonadamente a las calles (lo de ‘escalada’ de chirria al oído) y otros apenas subimos la curvatura sin verle punto de retorno; cabe recordarnos que en efecto, el mundo científico no ceja, busca respuestas y soluciones de vida.

Constantemente oímos de sus ingentes empeños por conseguir una vacuna, por desentrañar mejor la constitución mortífera de este bicho, descifrándolo, aislando sus componentes; identificando sus entresijos para decodificarlo y desencriptarlo exitosamente y contribuir así a aminorar su devastadora tarea. Cada paso dado, es un éxito de toda la Humanidad. ¡Loas a los científicos que impulsan esa tarea incesante y digna de mención, con apremio y aplauso generalizado! Quien consiga la vacuna se merecerá tres premios nobel: Química, Medicina y Economía. Ni uno menos. Los esfuerzos efectuados van de la mano de los mejoramientos en artefactos y protocolos que enfrentan al deleznable matón. La ciencia indoblegable no parará, tampoco nosotros de precavernos y así a colaborar decididamente a mitigar la diseminación y la fuerza de este agente mortal. Me alienta mucho saber los afanes en la materia, tanto de la UNAM como de la Universidad de Huelva.

Claro, lo importante de esta pandemia no estriba en saber si Isabel II cumplió 94 años recluida en Windsor o si los mexicanos a quienes desagrada López Obrador persisten en su sordera de no oír recomendaciones y en su ceguera de creer que lo importante es cómo se aborda una nota periodística. En vez de reconocer las acciones tempranas asumidas por este gobierno –como cancelar clases presenciales en todo el sistema educativo, acondicionar hospitales y aminorar el ritmo económico sin reventarlo, al menos no por acciones gubernamentales– que habrán salvado vidas y que no requieren su desdén y su desinformación insultante, mañosa. Lerdos, opositores que obvian lo más, porque no dan para más. Allá ellos. En una fase 3 en México que no tiene para cuándo amainar, valdrá más seguir las indicaciones, extremar los cuidados, alertar los sentidos y no desfallecer en la higiene. Seguimos en el quédate en casa si no requieres salir.

Por contra, hay cosas destacadas: alegra el anuncio del secretario de Exteriores Marcelo Ebrard, de que México aporta un millón de euros y 18 científicos para contribuir a la creación de una vacuna, colocándose entre los 12 países que están efectuando más labores en el tema, involucrándose en tres protocolos; dimensionando ese aporte al presidir pro tempore este año a la CELAC, lo que permitirá garantizar que la región latinoamericana acceda y sume a esta lucha.

Esta reclusión imparte lecciones duras. De vida temiendo la muerte. Saber que la salud es primordial y que te puedes quedar con las alforjas repletas de dinero y no poderte adquirir lo elemental, un cubrebocas o tu alivio, a falta de mejores y eficaces medicamentos por su inexistencia, escasez o el grosero e inmoral acaparamiento. He visto vendedores callejeros atiborrados de mascarillas, alcohol o gel desinfectante, mientras he deambulado por cinco farmacias buscándolos a precios exorbitantes. Les deseo que se los traguen por abusivos y desde luego que no se los compré. Que el COVID-19 no nos sorprenda incautos o incrédulos y desprevenidos. Que nos halle valerosos y preparados, mejor alimentados, robusteciendo nuestro sistema inmunológico y ayudando a difundir consejos que nos protegen y a esparcir las medidas sanitarias, los descubrimientos alusivos y las anheladas victorias contra él. La nueva normalidad me asusta, sí, por ser rayas en el agua, por inédita, que esbozarla es una quimera, porque nos movemos a ciegas. No necesitamos otro bofetón. Somos inteligentes y merecemos vivir. Mas, sépalo: costará, y mucho nuestra supervivencia.

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