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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

La distancia, de Pau Miró, Andrea Jiménez, Noemí Rodríguez, y Juan Mayorga: Tres vacíos a derribar

domingo 12 de julio de 2020, 11:20h
Tras "La conmoción", “La distancia” es la segunda entrega de la trilogía “La pira” que el CDN nos ofrece en “streaming”. El cataclismo del coronavirus sube a escena en unas piezas a las que la urgencia no les resta brillantez.

La distancia, de Pau Miró, Andrea Jiménez, Noemí Rodríguez y Juan Mayorga
Director de escena: Andrea Jiménez y Noemí Rodríguez,
Intérpretes: Jesús Barranco, Alicia Rodríguez, Macarena Sanz, Noemí Rodríguez, Julia de Castro y Juan Paños
Lugar de representación: La Ventana del CDN (en streaming)

Por Rafael Fuentes

El Centro Dramático Nacional (CDN) ya ha estrenado en streaming, el segundo montaje de su trilogía La pira, sobre la experiencia del confinamiento a causa de la pandemia del covid 19, formado por tres nuevas piezas agrupadas bajo el título común de La distancia, escritas por Pau Miró, Andrea Jiménez, Noemí Rodríguez y Juan Mayorga. Montaje que se puede ver de manera gratuita en la Red a través de La Ventana del CDN hasta el 16 de julio (aunque sería muy conveniente que ese plazo se ampliara hasta finales de agosto, al menos hasta que las salas del CDN abran de forma física sus puertas el próximo septiembre).

Las tres sucesivas obras de La distancia van ganando una gradual seriedad y complejidad conforme avanza el montaje desde la ironía que les sirve de punto de partida. La primera, “La distancia, según Pau Miró” comienza -como en la anterior propuesta, La conmoción -, en esas entrañas del teatro desconocidas para el gran público. En este caso, en el lugar para almacenar los objetos utilizados en la escenografía teatral. La ironía de la pieza de Pau Miró comienza aquí, donde se ha citado a dos empleadas del cuerpo técnico, Lucía y Rocío, que están junto a un ventilador, una garza rosa disecada, relojes de arena o botes de pintura. Las dos trabajadoras se sienten como otros dos objetos más en ese heteróclito revoltijo de cosas apartadas de la circulación hasta que se vuelvan a necesitar. Esa cosificación pende sobre ellas cuando el teatro ha cerrado sus puertas a causa de la pandemia del coronavirus, convirtiéndolas quizá muy pronto, en un ingrediente más de esa embalsamada utilería. En la realización del vídeo destaca el diseño de un espacio minúsculo y abigarrado, símbolo del confinamiento, y más aún en el contracampo visual donde descuella por un lado una enorme cabeza que evoca a un depredador sarcástico que parece contemplar a las dos operarias como presas fáciles -una imagen simbólica del poder-, y, por otro, innumerables placas que indican: “Alerta de Emergencia”, “Alto”, “Pulsador Alarma”, “Boca de Incendio”, “No hay salida”, y justo enfrente: “Salida”.

En la espera, la ironía aumenta cuando la responsable de la sastrería rompe la expectativa con su disgusto. Con frecuencia, ha sido origen de discusiones y crispados descontentos que un joven quiera sumarse a la farándula. Ahora sucede lo contrario en este sainete cáustico, ya que su hijo Marcial ha decidido desentenderse de la escena, estudiar Derecho y entrar a trabajar en un bufete de abogados. ¡Gran drama familiar esa traición a los cómicos! La causticidad alcanza otro nivel cuando entra quien las ha citado, Gerardo, autodenominado como “el lobo”, de la Gerencia del teatro. Es el encargado de hacer un panegírico payasesco de los trabajadores desconocidos del entramado teatral, una arenga que es en su contenido una apología y en su forma un sarcasmo burlesco, ambigüedad que Jesús Barranco resuelve magistralmente. Tal es su mordaz ambigüedad, que Lucía y Rocío salen de la utilería atónitas, para tratar de averiguar si han sido alabadas o han sido despedidas. Incisiva crítica de Pau Miró a ese lenguaje de ascendencia política que emplea halagos y oratoria optimistas para comunicar las mayores catástrofes. La incertidumbre crea un vacío que abre una brecha social inaceptable.

En la misma clave de sainete sarcástico empieza la siguiente pieza: “La distancia, según Andrea Jiménez y Noemí Rodríguez”, componentes de Teatro en Vilo, que se inicia con una escena trágica, cumbre de Romeo y Julieta, con los héroes de Verona en el umbral de la muerte, mientras que las precauciones para que los actores no se contagien entre sí del covid 19 les lleva a representar ese momento culmen cada vez de manera más estrafalaria, restregando las manos en hidroalcohol, tomando el veneno con pajita, alcanzándose el colmo de la hilaridad cuando lo interpretan envueltos en plásticos. El metateatro -¿se podrá decir, también, el “metavídeo”?- da paso a la abierta carcajada cuando los actores discuten y se rebelan contra la directora de escena, que no logra meterlos en cintura ni reconducir la situación disparatada. “La distancia, según Andrea Jiménez y Noemí Rodríguez” se instala en la ya larga y saludable tradición de la parodia de lo trágico, pues baste recordar, por ejemplo, la brillante parodia de La muerte de Ifigenia que Ramón de la Cruz llevó a cabo en La comedia de Valmojado, hace ahora unos trescientos años, para constatar esta creativa línea de continuidad en el cruce entre lo popular y lo culto desde la chispa del humor.

Claro que ese tono de sainete esconde algo más, ya que la distancia plastificada entre los dos grandes amantes, no es más que un recurso figurado de la distancia del actor consigo mismo, con el fondo de su persona. Llega en este punto de inflexión un eco de la Comedia imposible El público, de Federico García Lorca. Y la pieza cobra una inflexión tan dramática como lírica, cuando la actriz toma conciencia del alejamiento que ella misma ha ido imponiendo frente a su propia vida y sus sentimientos más auténticos. Tanto nos hace reír al principio, como nos obliga a pensar sobre aquellas fases de nuestra existencia desvividas con un confuso atolondramiento o una fría mecánica que nos torna desafectos a nosotros mismos. La “distancia” posee aquí un sentido figurado mucho más profundo y con la suficiente carga emocional para obligarnos a reaccionar.

Ese tono meditativo se acrecienta aún más en la última obra del montaje: “La distancia, según Juan Mayorga”. En ella se profundiza en las distancias invisibles, aunque efectivas y reales. La exposición del drama posee un carácter mucho más abstracto, en la medida en que prescinde de cualquier anécdota costumbrista para establecer alguna familiaridad con el espectador. Dos personajes, un hombre y una mujer, se rehúyen y se buscan, escondiéndose entra las butacas, los focos o el attrezzo del teatro. Él grita desde lejos a Ella que nunca serán amigos, estableciendo esa distancia invisible que se impone desde el corazón. Se trata de la encarnación de un repudio absoluto a entregarse a cualquier empatía hacia el otro movido por una alarma tan honda que parece dispararse hacia un inminente terror o pánico. Ella representa, por el contrario, una voluntad de empatía incluso hacia lo desconocido, aun sabiendo que no habrá intereses compartidos, pero confiando en que existirán los complementarios. Más que dos caracteres, dos entidades antagónicas que crean un campo de simultánea repulsión y atracción. En un primer momento, ese juego de persecución y ocultamiento posee una naturaleza un tanto primitiva, salvaje, irracional, como dos animales que se acechan de un modo rudimentario. Resulta muy sugestivo comprobar cómo el movimiento y el lenguaje corporal de ambos se va hominizando conforme hablan en la distancia y se hace conmovedoramente humano cada vez que la distancia invisible entre ambos se acorta. Él es Jesús Barranco, el mismo actor que vimos en el rol deliberadamente payasesco en la primera pieza, ahora irreconocible al corporeizar la alerta, la vigilancia asustadiza, el misántropo total. Otra extraordinaria interpretación, a la altura de Ella, es la de Julia Castro, la que busca y confía, la fe en la complementariedad, la que repudia las distancias invisibles, ambos creciendo desde lo primitivo casi inhumano hasta las mejores cualidades de la persona.

¿Serán uno la creación del otro? ¿Siendo polos opuestos, no se necesitan para existir? ¿Son fruto de la ilusión de Ella, o del miedo de Él? Su bellísima dialéctica de acercamiento-rechazo, más allá de sus argumentos, nos mantiene en vilo. Queremos que se aproximen, pero quizá la distancia invisible sea un trayecto imposible de recorrer íntegramente. Lo que se hace a cada momento más inviable es volver a la indiferencia. La humanización final de estos opuestos complementarios se da -y no es casual-, en un baúl en el centro del escenario. Sus movimientos se sincronizan mientras hablan. Y ese diálogo se transfigura finalmente en canto. Una esperanza de salvación, si recordamos aquel otro fragmento poético de Juan Mayorga en su obra El crítico: “si supiera cantar, me salvaría”.

Ella sabe cantar, y mientras entona las estrofas de una canción, le enseña e incita a cantar a él. El depurado lirismo del texto alcanza aquí su máxima expresión. La distancia invisible se transforma en la distancia que les une. La esperanza de que tras la tragedia colectiva que les ha aislado se logre derribar los desafectos y los distanciamientos en apariencia insalvables. La canción que ambos cantan es una célebre composición del boliviano Gilberto Rojas titulada Ojos azules. Su letra es de desamor y recelo, pero ambos, Ella y Él, la cantan juntos. Igual de significativo es que esa pieza musical se inscriba en el estilo de melodías andinas conocidas como “huaynos”, palabra de origen quechua que significaría: “bailar cogidos de la mano”.

En ese deseo de danzar tomados de la mano estriba la ilusión por derribar esos secretos intervalos que se interponen entre nosotros, o dentro de nosotros mismos. El anhelo de catarsis esperanzadora de La pira sigue ardiendo.

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