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Ensayo

José María Aznar: El futuro es hoy

domingo 12 de julio de 2020, 20:53h
José María Aznar: El futuro es hoy

Península. Barcelona, 2019. 224 páginas. 19 €. Libro electrónico: 5,99 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En El futuro es hoy. España en el cambio de época, José María Aznar analiza los principales problemas (económicos, políticos y de seguridad) que acechan al orden internacional liberal y, como parte integrante del mismo, a España. Al respecto, disecciona la complejidad de los retos y advierte, a modo de idea fundamental que permea por todo el libro, que la solución de aquéllos no procederá de la aplicación de recetas derivadas del nacionalismo, del autoritarismo y del populismo. Especialmente nocivo resulta este último ya que: “Convierte la democracia en una cáscara vacía. Trabaja para hacer dos cosas: parecer una democracia y no ser una democracia. […]. Si el populista se esfuerza por parecer demócrata es porque así resulta más difícil condenarlo. Pero debemos hacerlo sin reservas” (págs. 123-124).

El expresidente del Gobierno escribe sin complejos y no concede espacio alguno a la ambigüedad. En este sentido, formula varios reproches a la forma en que se han gestionado los asuntos globales en las últimas décadas. Así, otorga máxima trascendencia al error cometido en los años 90 de la pasada centuria cuando se creyó que, tras desaparecer la amenaza soviética, la geopolítica carecía de interés. Esto se tradujo en un descuido (imperdonable) de las cuestiones relacionadas con la seguridad, como puso de manifiesto el binomio formado por el 11-S y el terrorismo global: La ausencia de guerras entre las grandes potencias no había aumentado nuestra seguridad; al contrario, la desaparición del mundo bipolar aniquiló la previsibilidad y racionalidad del “equilibrio del terror” de la Guerra Fría” (p. 42).

A partir de ese instante, se inició una etapa compleja, que aún no ha concluido, en la que se detecta cómo cuatro potencias revisionistas (China, Rusia, Irán y Corea del Norte) amenazan con destruir el orden liberal internacional de la posguerra fría, empleando para tal finalidad herramientas que nada tienen que ver con la diplomacia o el consenso. En efecto, no se trata de una acusación retórica; por el contrario, viene corroborada por una serie de conductas de los mencionados países que el presidente Aznar explica con rigor, subrayando además el error de ciertas premisas asumidas acríticamente.

Al respecto, dentro de estas últimas sobresale la creencia generalizada de sostener que el crecimiento económico experimentado por China le llevaría a aceptar los parámetros de la democracia liberal. Sin embargo, la realidad resulta antagónica: “Este sentimiento de haber sido víctimas explica la desconfianza hacia los occidentales, el antioccidentalismo y antiamericanismo de la elite y del pueblo chino, y determina su visión del siglo XXI y del liderazgo de Estados Unidos, al que acusan de intentar reducir y limitar el poder chino (p. 59).

En cuanto a Rusia, lidera el grupo de “democracias iliberales”, mostrando reiterados comportamientos agresivos hacia la exrepúblicas soviéticas. Por su parte, Irán y Corea del Norte emplean de manera indisimulada su potencial nuclear como herramienta al servicio bien de la hegemonía chií en Oriente Medio, bien de la perpetuación de una tiranía concreta en el poder. No obstante, este complejo panorama descrito puede revertirse, aunque para ello deben cumplirse una serie de condiciones innegociables.

En este sentido, la principal de todas ellas descansa en la recuperación del vínculo transatlántico, cuya quiebra, acentuada en la actualidad por Trump, hunde sus raíces en la actitud de Francia y Alemania en 2003. Ambos países optaron en aquel momento por acercarse a las tesis de Putin, menospreciando el punto de vista de Washington sobre Irak. Frente a este modus operandi del eje franco-alemán, Aznar insiste en una premisa que muchas veces ocupa un lugar marginal cuando se habla de geopolítica y de geoeconomía: la alianza atlántica fue primero y la construcción europea apareció después.

¿Y España? A Analizar la situación de nuestro país dedica la parte final de la obra. De nuevo, conviene poner en valor la capacidad del autor para relacionar el pasado (inmediato) con el presente, señalando los nexos de unión entre periodos alejados en el tiempo. Al respecto, José María Aznar condena el revisionismo, cuyos peligros enumera, que se ha apoderado de amplios sectores de la izquierda ideológica, en función del cual menosprecian el rol desempeñado por la Constitución de 1978, considerándola obsoleta e incapaz de solventar las dificultades que nos asolan, en particular las de naturaleza territorial.

De una manera más concreta, pretender que una reforma constitucional finiquite el “problema catalán” implica no haber entendido nada de lo acontecido en España durante las últimas décadas: No le interesa al nacionalismo solucionar problemas que objetivamente pueden existir en todo aquello que debe ser objeto de negociación en un Estado profundamente descentralizado como España. Lo que busca el nacionalismo es perpetuar eso que ahora se llama el “relato” de victimización y singularidad de raíz etnicista para legitimar un mayor acopio de poder y una hegemonía más indiscutida sobre la sociedad que busca controlar” (p. 167).

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