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Vida y fiebre del obseso textual sin freno ni tregua

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 16 de julio de 2020, 20:23h

Conocí a Adolfo García Ortega cuando dirigía Seix Barral, más tarde todo el área de Ficción de Planeta, sucesivos cargos sin competencia ni disimulo con su propia carrera literaria, varias entregas poéticas compiladas en un solo volumen (Animal impuro), novelas muy europeas y metaliterarias (Mampaso, Café Hugo, El comprador de aniversarios, Autómatas, El mapa de la vida, Pasajero K, El evangelista, Una tumba en el aire), ensayos siempre entre la sorpresa y la letra viva (Fantasmas del escritor). Ahora le llega el turno a un texto que es toda una enciclopedia, esas notas mínimas de toda una carrera literaria, vida de lector, antes llamadas “gabinete de lecturas” y cuya proteína es máxima en el mínimo de páginas, porque nadie quiere engordar en vano ni dormirse sin el menor provecho: Abecedario del lector. Una guía personal para lectores exigentes (Paidós).

No hay disimulo ni finta, García Ortega tiene bien claro de qué habla al tipificar su pasión literaria en taxonomía certera y flexible: “Sobre la lectura ya se ha dicho todo a lo largo de la historia. Cabe resumirla como la práctica interpretativa de un texto, de cualquier texto. Práctica que deriva hacia la imaginación si ese texto contiene determinados elementos que atrapan la atención y el deseo de progresar en el conocimiento de lo que se cuenta en dicho texto. Si el interés por textos así se prolonga en el tiempo, una persona se puede considerar lector o lectora perseverante, incluso contumaz”. Cita a Susan Sontag y el camino aparece despejado: “La lectura es una vocación, una capacidad en la que, con práctica, se está destinada a ser más experta”. Predisposición, sí, pero esfuerzo, camino sin fin y con muchas direcciones, libro que lleva a otro libro, tiempo juvenil o maduro donde la meta es el refinamiento, el gusto literario.

Sigue García Ortega: “Cuando se alcanza la destreza en esa práctica, de la que habla Susan Sontag, se puede considerar la lectura literalmente como un vicio. Valery Larbaud, tan generoso escritor como generoso lector, alude a la lectura como una adicción irrefrenable en el ensayo Ce vici impune, la lecture. Toma esta noción de un poema de Logan Pearsall Smith en el que se habla de “la sutil felicidad de la lectura, vicio refinado e impune”. Larbaud se refiere a la lectura como “un vicio que nos da la ilusión de llevarnos a una alta sabiduría, la que nos permite imaginar”. Esto es para mí la lectura y esto es lo que he querido transmitir en este Abecedario”. La imaginación como única droga, la imaginación como escalera sin peldaños contados, la imaginación como ascenso sin fin, en ese viaje de placer que es lo leído. Satisfacción, recreo, refugio, consuelo en la adversidad y excitación por conocer. García Ortega da en la clave: “Quizá, por todo ello, la lectura forma parte de algo que es, en realidad, anormal, en el sentido de que, como todos los vicios, es minoritario, se si aspira a ser exigente”.

Afirma Larbaud: “Existe la gran mayoría de los que saben leer como saben montar en bicicleta, usar el teléfono o conducir un coche, y existe una minoría de personas que son los lectores, como otros son, también en minoría, los jugadores o los avaros”. Sigue el hilo García Ortega: “No me parece errada la asociación de los tres conceptos: lectores, jugadores (leer es abrirse a un universo lúdico sin fin) y avaros (leer es codiciar más y más lecturas, que es como decir más y más historias”). García Ortega ha escrito un diccionario de lo que conoce, pero todavía de lo que no conoce, contándonos cómo lo ha conocido y esa lectura muy embridada de confusión, controversia, animus jocandi y, por ser algo cursi, como se lleva hoy, también serindipia (hallazgo luminoso ocasional que llega a cambiar nuestra vida). Escritura en servilletas, catálogo de tesoros, diccionario de viento y niebla, de mar y nieve, de lluvia y momentos fantásticos.

“Los lectores son una aristocracia abierta a todo el mundo”, dice Larbaud y orla García Ortega. Sólo se pide necesidad de saber y, a partir de ahí, aventura, viaje, emoción, diversión, conocimiento. La magia llega en pócima suculenta: “La lectura es el placer de descubrir, de asombrarse, de dejarse poseer por la historia leída”. Encierra riesgos (locura quijotesca y otra más prosaica) pero la fiebre de una imaginación inquieta es siempre otra vida más plena. Diccionario poético, notas al margen, carretera secundaria a partir de un título, otra forma de repartir veneno, inevitable visitar mil páginas a partir de este texto. Contagio, invitación, mucha sonrisa irónica en las entradas más breves, por su inteligencia y brillo. Añade, por ejemplo, para Europa: “Suelen raptarla cada cierto tiempo. Cuando esto sucede, se desatan las Furias y se hace de noche”. Escribe a continuación de París: “Lo bueno de no vivir en París es que siempre puedes ir a París”. Paraísos: “Siempre artificialmente prometidos”. Paraguas: “Paul Valery hablaba de esas personas que mueren en un accidente por no soltar el paraguas”. Un mundo libresco es un campo de amapolas blancas (las páginas) y merece esa recogida cuidadosa, noble y fantástica que hace García Ortega. Entren sin avisar, como en una fiesta, bien camuflados y anónimos.

Diego Medrano

Escritor

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