La vida es un hecho, ya es. Nunca está en la situación de deber-ser y no ser aún. La vida no es un valor ético, un valor propio o valioso por sí mismo. Nadie tiene obligación de nacer. Simplemente nace.
Así pues, el valor ético está en la conducta humana de respetar la vida. La vida es el objeto del valor, no el valor mismo. El valor aquí pertinente es el Respeto a la vida, la propia y la ajena. La vida es la materia de ese valor, lo que debe ser respetado. No hay que confundir la realidad a respetar con la acción de respetar. El valor está en la acción del respeto.
Si nos atenemos rigurosamente a la definición de valor como lo que debe ser, sea no sea, entonces pensar que la vida es un valor sería la patraña entera. Por desgracia, es lo que la gente suele tener en la cabeza cuando pronuncia la manida frase la vida es un valor.
Con todo, calificamos ese error de mediopatraña, porque la vida es en cambio un valor derivado o económico. Nuestro cuerpo vivo, y posiblemente sano, vale en cuanto medio indispensable para realizar los valores propios en cuanto fines.
La axiología concibe al ser humano como lo propuso Platón.
Yo soy mi espíritu, pensante y volente a la vez. Un entendimiento capaz de razonar y crear el lenguaje, y al mismo tiempo una libertad positiva capaz de hacer el bien y el mal. Eso es lo mismo que poseer el primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador.
En cambio, mi cuerpo no lo soy, lo tengo. El cuerpo vivo y a disposición del espíritu es el primero de los valores derivados o económicos. La axiología concibe la economía como el ámbito de los medios o valores derivados. Y la vida es el primer medio en manos del espíritu. Por su parte, el reino de los fines está compuesto por los valores propios o valiosos por sí mismos, o sea, ética, estética y la religión. Entendida ésta como religión natural o no revelada.
Pero la vida necesita, para mantenerse, de los bienes y servicios de los que se ocupa la economía en el sentido usual de esta ciencia social. Por tanto, podemos hablar de la cadena de los medios.

De derecha a izquierda, los valores propios o fines hacen valiosa la entera cadena de los medios. De izquierda a derecha, el trabajo está a la base de toda actividad económica. Tierra y capital vienen a continuación. Y mantenemos la vida de nuestro cuerpo gracias a los bienes y servicios obtenidos de los tres factores productivos originales de que hablaba Adam Smith.
Puede resultar extraño llamar a la vida valor económico. Pero aquí damos un sentido más amplio del habitual a la palabra economía. Es el reino de los medios. La vida de nuestro cuerpo es un medio a disposición del espíritu, el primero de derecha a izquierda.
La vida no es escasa. La tenemos entera hasta la muerte. La salud es la que suele ser escasa, no el hecho de estar vivos. Por eso, la vida como tal no entra en los mercados ni tiene precio. Lo contrario sería la esclavitud. En cambio, los bienes y servicios económicos son un medio para todos aquellos que los adquieren con dinero en los mercados. Son siempre escasos, al contrario del hecho de estar vivos.
En nuestra terminología la vida es un valor económico y derivado, aunque no sea escasa ni tenga precio. En cambio, los bienes y servicios, además de valor económico, tienen precio porque son escasos.
Ciertamente los economistas no suelen hablar de la vida como tal. Si acaso, de salud o de calidad de vida. Pero, aunque no lo expliciten, siempre están dando por supuesto que toda la actividad económica no tiene más razón de ser que la de mantener y mejorar la vida de los seres humanos.
Como la vida tiene valor económico, hemos calificado de mediopatraña la ambigua frase la vida es un valor. Es verdadera, si se refiere a la vida como el primer medio para vivir los valores propios. Es falsa, si entendemos la vida como un valor propio o valioso por sí mismo.
Todo lo anterior nos lleva a considerar el valor ético del Respeto a la propiedad y compararlo con el Respeto a la vida. Pues los bienes económicos también merecen respeto. La forma más elemental de respetarlos es no robar, respetar la propiedad legítima que los demás tengan sobre algunos de esos bienes.
A la intimación del bandido la bolsa o la vida, todo el mundo entrega la bolsa para conservar la vida. A primera vista parece que el Respeto a la vida es un valor más excelente, estimable o digno que el Respeto a la propiedad. Y sin embargo es justo al revés. Aunque hace falta un poco de reflexión para caer en la cuenta.
Ya San Agustín observó el que amor a Dios es el primer mandamiento ordine praecipiendi. Pero el amor al prójimo precede al amor a Dios ordine faciendi. Por tanto, hay dos criterios jerárquicos a tener en cuenta y no sólo uno.
La axiología recoge esta sugerencia de dos perspectivas o dimensiones. Se trata de la altura que Scheler asignaba a los valores, y de la fuerza que Hartmann apreciaba en los conflictos entre dos valores. Tanto uno como otro autor pensaron siempre en una sola dimensión, que imaginaban vertical. Pero la observación de San Agustín invita a considerar la altura como una dimensión vertical y la fuerza como una dimensión horizontal. Y entonces las dos dimensiones axiológicas se refuerzan entre sí.
El amor al prójimo es más fuerte que el amor a Dios. Si no amas al prójimo, tampoco amas a Dios. El amor al prójimo es condición necesaria del amor a Dios. Pero precisamente por eso el amor a Dios es más alto o digno que el amor al prójimo. Lo presupone. El que ama a Dios y al prójimo es más valioso que el que ama al prójimo pero no a Dios. Amar al prójimo es bueno. Pero amar al prójimo y además a Dios es aún mejor.
Traslademos ese doble orden jerárquico al Respeto a la vida y el Respeto a la propiedad. Y entonces, no sin cierta sorpresa, nos damos cuenta de que el Respeto a la propiedad presupone el Respeto a la vida.
¿Qué mérito tiene el asesino por no robar la cartera a su víctima? Ni siquiera los más perversos terroristas de ETA han presumido de ser honrados por dejar a sus víctimas con su dinero. Si no respetas la vida, ya no respetas nada. ¿De qué le sirve al difunto seguir teniendo su dinero en el bolsillo? El Respeto a la vida es condición necesaria para el Respeto a la propiedad.
O dicho de otra manera. ¿Qué entendemos por un ladrón de guante blanco? Justo el que renuncia a robar antes que ejercer violencia física. Respeta la vida, aunque no respeta a la propiedad, pues es un ladrón. No podemos negarle que respeta la vida. Sólo le reprochamos que no respete además la propiedad.
Si trasladamos todo eso a un par de ejes cartesianos obtenemos este dibujo. El eje vertical mide la altura de Scheler y el horizontal la fuerza de Hartmann.

Según la altura, el Respeto a la propiedad es un valor más alto, o de mayor excelencia, que el Respeto a la vida. Lo presupone. A su vez, el Respeto a la vida es condición necesaria para que el Respeto a la propiedad tenga sentido, y por eso mismo es el más fuerte. Los valores deben ser cumplidos en el orden que indica la flecha. La escala de los valores es ascendente.
San Agustín nunca usó después su atinada observación. Tampoco Scheler y Hartmann cayeron en la cuenta. Y sin embargo, la jerarquía de los valores en dos dimensiones salta a la vista, en el sentido literal de esta expresión.
Esta representación cartesiana no es lógica formalizada. No llega a tanto. Pero es matemática ordinal o topología. La topología es lo que queda de la geometría, si prescindimos de la noción de distancia. Queda el orden, y no es poco. Lo suficiente para hacer luz en cuestiones éticas como la anterior.
Digamos que se trata de una semi-formalización. Desde luego, algo mucho más serio que el bla bla bla del lenguaje ordinario, en que se expresa la mayoría de los autores que escriben sobre valores.