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TRIBUNA

Ética y Estética

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
viernes 14 de agosto de 2020, 20:17h

Los valores éticos se oponen drásticamente a los estéticos por dos motivos, en principio distintos. Primero, en relación con la igualdad entre las personas. Segundo, por la naturaleza del deber-ser en ambas esferas valiosas.

En cuanto al primer aspecto, salta a la vista que lo valioso en ética es la igualdad, y la diversidad es odiosa. Las diferencias son vistas como discriminaciones injustas. La ley es igual para todos es el letrero que se lee en muchos tribunales.

En estética ocurre todo lo contrario. Si todos tocásemos el piano como Liszt, sería muy aburrido. La igualdad es odiosa. Lo valioso es precisamente la diferencia, que unos pocos sean virtuosos, otros pasables intérpretes, y que la gran mayoría que no toca el piano les escuche con gusto. Esa diversidad enriquece a todos

Este es el primer principio para construir una sociedad justa y benéfica para todos los humanos: promover la igualdad en ética y la diversidad en estética.

El segundo criterio sería comprender que la igualdad ética es condición necesaria para la diversidad estética. De ahí el viejo proverbio nulla aesthetica sine ethica.

La globalización, tan perceptible desde hace una veintena de años, es un indicio bien claro de la profunda tendencia hacia la unidad y la uniformidad en ética, y su prolongación en el ámbito de la economía.

Un ejemplo poco conocido del público, pero de gran significación para confirmar la anterior afirmación, lo encontramos en la tarifa arancelaria unificada TARIC. Tuvo su inicio en el Mercado Común Europeo, que empezó a funcionar en 1957. Cada estado miembro tenía entonces sus propios aranceles. Una misma mercancía era tratada de modo diferente en cada estado. Era urgente unificar la clasificación arancelararia. Que una determinada mercancía tuviese la misma partida arancelaria en todos los países. Así se llegó al TARIC. Este enorme trabajo de unificación estuvo tan bien hecho, que la mayoría de los países del mundo han ido aceptando luego este arancel, que fue elaborado pensando únicamente en los miembros de la incipiente Unión Europea.

Sus grandes ventajas para el comercio mundial son obvias. Pero es sólo un comienzo. El reto siguiente que tiene la UE es unificar los sistemas fiscales de los países miembros. Que se paguen los mismos impuestos, y con los mismos procedimientos de recaudación, en toda la UE. Y luego vendría unificar los Códigos de comercio, las mismas reglas mercantiles en toda la UE. Hay mucha tarea por delante. Pero éxito del TARIC nos dice que la meta no es imposible de alcanzar.

Hablando de modo todavía más ambicioso, el gran objetivo siguiente consistiría en unificar los Códigos Penales, y en lo posible también los Civiles. Y lo que vale para la UE valdría para el mundo entero. Si la ética está presidida por la igualdad, lo esperable sería que se llegase alguna vez a un ordenamiento jurídico único para todos los humanos. Al menos en pura teoría, o sea, si los hombres no fuésemos tan idiotas.

En realidad, la lamentable existencia de 200 estados soberanos y políticamente independientes, con 200 ordenamientos jurídicos distintos, está proclamando a gritos la inmensa estulticia humana, la incapacidad de los seres humanos para conseguir la deseable igualdad en toda la esfera de lo ético-económico, incluyendo en ella también lo político.

Si los humanos fuésemos capaces de entender hasta el fondo que lo ético, lo económico y lo político tienden a la globalización, captaríamos incluso el ideal de un estado único mundial. Hoy día ese sueño nos parece imposible a causa de nuestra miopía axiológica. Pero merece la pena reflexionar un momento sobre la racionalidad de ese sueño.

Ese utópico estado mundial sería soberano, pero no independiente, pues sería el único. Su autoridad sería máxima y residual al mismo tiempo. No sería un poder despótico ni tiránico, pues se respetarían también los valores éticos previos de Democracia y Pancracia. En rigor, se respetaría toda la escala valiosa, especialmente en su zona S. (Cfr. mi artículo de 08/08/20).

Y se cumpliría con el doble sentido de la Subsidiaridad. En economía y ética hay que dar la prioridad a las organizaciones más grandes, mientras que en estética y religión la prioridad corresponde a las organizaciones más pequeñas. Como el vulgo no distingue bien entre ética y estética, suele pensar que la subsidiaridad tiene un solo sentido. Este es un error muy extendido, pero su exposición requiere un artículo aparte.

Por todo ello, tiene tanta significación el proyecto de unificación europea, por más que este proceso sea tan lento y trabajoso. Es la primera vez en la historia universal en que los hombres intentan fomentar la unificación política y económica sin recurrir a revoluciones, guerras o imposiciones por la fuerza, sino mediante el consenso libre.

Por desgracia, no tenemos que ir muy lejos para comprobar la enorme idiocia humana. Tenemos entre nosotros a los nacionalistas vascos y catalanes. Aspiran a ser soberanos e independientes. Quieren aumentar el número de los 200 estados, en vez de disminuirlo. Confirman la actualidad del viejo aforismo bíblico stultorum infinitus est númerus.

Seamos más precisos. Para acabar con las horrorosas y fratricidas guerras carlistas se introdujo el 31 de agosto 1839 el Acuerdo de Vergara, un estatuto fiscal privilegiado para el País Vasco y Navarra. Pues bien, todavía en el año 2020 se sigue chantajeando al resto de los españoles con el espantajo de la singularidad vasca. La singularidad sólo puede ser valiosa en estética. Singularidad ética es una contradicción. No se puede usar la legítima diversidad estética como ariete para reclamar injustas diferencias en ética, y destruir así la valiosa uniformidad en lo político y en lo económico.

En un supermercado, a nadie se le ocurre pedir una rebaja en el precio por ser guapo. El precio debe ser igual para todos, guapos y feos. Y sin embargo, esto es precisamente lo que ocurre con los actuales privilegios fiscales para vascos y navarros.

Hay que pensar al contrario. Justo la igualdad ética garantiza la pacifica diversidad estética. Sólo entonces las diferencias estéticas no ofenden ni molestan a nadie. Más aún, se percibe la variedad estética como algo enriquecedor para todos. Pero si las diferencias estéticas sirven de pretexto para conseguir ventajas contra la igualdad ética, se acaba por odiar hasta la misma riqueza estética. No hay estética sin ética previa.

Los cerriles nacionalistas germanos exigieron a Goethe una declaración pública de que odiaba la cultura francesa. Su respuesta fue magnífica. ¿Cómo podría yo odiar la cultura francesa, que es un bien universal, y además constituye buena parte de mi propia cultura personal? Y eso lo dijo con la frente bien alta, después de haberse jugado la vida en la batalla de Valmy. Nadie le podría acusar de falta de patriotismo. Pero su patriotismo era sano, no envenenado por la rabiosa ceguera de los nacionalistas de entonces y de siempre.

Se puede entender el Acuerdo de Vergara como una provisional solución ad hoc para una ansiada paz a toda costa. Pero que hoy día, nada menos que 181 años después, el Acuerdo de Vergara siga siendo todavía un chantaje al resto de los españoles, eso es algo de todo punto incomprensible e intolerable. Del radicalmente injusto Acuerdo de Vergara no puede nacer ningún derecho a beneficiarse a costa del resto de los españoles. Sólo la persistente e irresponsable cobardía moral de los sucesivos gobiernos de España explica que aquella momentánea componenda se haya convertido en un chantaje perpetuo, no sólo tolerado, sino incluso sancionado y legalizado por las sucesivas Constituciones del Estado español, incluida la actual.

Mencionamos al principio las dos razones por las cuales ética y estética difieren tan drásticamente. Pasemos a la segunda.

El deber ser ético es obligatorio y compulsivo. La mera omisión de un valor ético es ya violarlo. Incluso buena parte de la ética está reforzada por la coacción jurídica. El deber ser ético es impuesto por la violencia legal cuando un mínimo de seguridad ciudadana así lo exige.

En cambio, el deber ser estético es una recomendación, una invitación, un señuelo. La omisión de un determinado valor estético nunca es culpable. Ni siquiera existen antivalores estéticos. Sólo existe la torpeza o la inhabilidad para vivirlos mejor. En realidad, toda persona vive algunos valores estéticos, por modestos que sean. Y se siente feliz con ello.

Si el deber-ser estético, por su misma naturaleza, es incompatible con la imposición, tampoco puede ser impuesto por cualquier autoridad social, incluido el estado. El estado, o la máxima instancia política, no puede obligar a nadie a que le guste la música de Wagner, a que haga crucigramas, o a cualquier otra actividad estética. El estado no puede decir a la persona cómo debe peinarse, o cómo han de ser sus gustos. La vida estética nace exclusivamente de la iniciativa personal. Siempre viene de dentro, nunca de fuera. Lo mismo ocurre con lo que solemos llamar cultura o la vida estética de un grupo social cualquiera.

Como antes, y para nuestra desgracia, también encontramos muy cerca el ejemplo negativo que ilustra lo anterior. Se trata de la exagerada defensa de las lenguas de las regiones, o los dialectos de las comarcas. Hablar un determinado idioma no es una obligación ética. Es una opción estética. En todo caso, lo obligatorio o ético sería no ofender a quien nos escucha. Respetarle como persona.

La igualdad ética implica el derecho de cada ciudadano a expresarse en la lengua o dialecto que prefiera. Si no pretende ofender a nadie, sino simplemente comunicarse con sus semejantes, hablará de modo que su oyente le entienda. Usará la lengua común a ambos.

El más elemental sentido común -si lo tuvieran- debería advertir a los nacionalistas que la defensa de su lengua minoritaria tiene sus límites. La tendencia a la globalización está presente también en la necesidad de entenderse entre todos los grupos humanos. Siempre ha existido lo que llamamos lengua franca, aquella a la que se recurre en las reuniones entre personas con lenguas maternas distintas. Mucho más si las reuniones son oficiales o académicas. El latín sirvió para entenderse entre los intelectuales hasta tiempos muy recientes. El francés se adoptó como lenguaje diplomático en el siglo XIX. El inglés es hoy día la lengua franca en uso en muchos aspectos de la convivencia.

Yo recuerdo que el primer libro que tuve para aprender alemán estaba escrito en caracteres góticos. El sentido común hizo comprender a los alemanes -aunque sólo después de derrota en la Segunda Guerra Mundial- que adoptar los caracteres latinos no perjudicaría a la difusión de la cultura germánica, sino todo lo contrario, la facilitaría. En todo caso, la defensa de la cultura propia no puede ir contra exigencias más profundas y basadas en lo ético o lo económico. Repitamos, nulla aesthetica sine ethica. Por defender el valor estético de la propia lengua no se puede violentar el valor ético, más bajo y fuerte, del respeto a las personas.

Más en concreto, que una Comunidad autónoma obligue a los niños a estudiar en un determinado idioma es una aberración ética, sólo comprensible por la ceguera del nacionalismo catalán. Aparece en el horizonte el odioso totalitarismo político, en que la sociedad atropella a la familia y a los ciudadanos. No olvidemos que la familia es anterior y previa a cualquier sociedad civil en general, y al estado en particular.

Hay que reivindicar el total, previo y prioritario derecho de los padres a educar a sus hijos en el idioma que prefieran. Si son sensatos, aman de verdad a sus hijos y tienen medios, hoy día los enviarán a un colegio inglés, o al menos bilingüe. Así no mermarán sus posibilidades futuras al desconocer la actual lengua franca. La lengua materna la aprenden en casa. Intentarán dar a sus hijos lo mejor.

Que el PIB de la única provincia de Madrid haya superado a las cuatro provincias catalanas, tradicionalmente las más ricas de España, está relacionado con el hecho de que en Madrid se promueven colegios bilingües, mientras en Cataluña se persigue al castellano. Ir contra la lógica de los valores es lo mismo que cavar la fosa en que se va a caer. Atacar la diversidad estética es una conducta estúpida y contraproducente. Promover la diversidad estética es lo benéfico y enriquecedor. Acaba notándose incluso en la prosperidad económica.

El cheque escolar es la mejor solución práctica en este tema. Que la sociedad entregue al cabeza de familia con hijos en edad escolar -padre, madre o los dos- el dinero que cubra todos los gastos de su educación: profesores, edificios, textos y trasporte escolar. Así los padres tendrán libertad efectiva, y no sólo teórica, para educar a sus hijos en el idioma que prefieran. Incluidos aquellos padres tan necios que obliguen a sus hijos a estudiar en catalán, y así les perjudiquen. El catalán nunca ha llegado a ser lengua franca. En cambio, el castellano ha sido, y sigue siéndolo, lengua franca para todos los españoles y gran parte de los habitantes del continente americano.

El cheque escolar es la única manera de que el dinero de la educación esté fuera del arbitrio de los partidos políticos. El dinero de la educación debe estar exclusivamente en manos de los ciudadanos, nunca de la casta política.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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