La destrucción de la huella española en USA es un acto de barbarie antiestadounidense. Los honoríficos en el espacio público useño a los primeros europeos de Norteamérica, los pioneros españoles, son símbolos americanos. Son patrimonio nacional de los Estados Unidos y su destrucción es un atentado contra la patria que los erigió. Una nación de fuerte cultura, que siempre tuvo ilustres admiradores de la secular presencia española donde luego se impuso el inglés.
Gannon, Lamb, Morison, Cunningham, Chapman… Inteligencias de primer orden, como la del historiador
Herbert Eugene Bolton (Wisconsin 1870 – California 1953), el gran renovador de la escuela del Suroeste, el académico que enseñó a sus compatriotas a comprender su bandera en español. Bolton fue el altavoz mayor, hace ya un siglo, de la teoría del “Spanish Borderlands” o zona fronteriza española. Es decir, que levantó acta de la impronta hispana en la Florida, Luisiana, Tejas, Arizona, Nuevo Méjico y California. Dediquemos unas líneas, a los afanes del sabio Bolton, en este ciento cincuenta aniversario de su nacimiento.
Formado en las universidades de Wisconsin-Madison y Pensilvania, Bolton orientó sus inquietudes hacia vertiente norteamericana del imperio hispánico a principios del siglo XX, durante una estancia como profesor de Historia en la Universidad de Tejas. Allí su contacto con Méjico, el aprendizaje de la lengua española y sus viajes por la frontera decantaron en dicha línea su hercúlea tarea docente e investigadora, que halló en la Universidad de California su centro de irradiación nacional.
Bolton alabó el “genio fronterizo” de los españoles y documentó su aportación positiva a la formación de los Estados Unidos en cientos de artículos académicos y más de noventa libros que recogen y traducen al inglés, en ediciones críticas, los principales documentos, mapas y crónicas de las expediciones y poblamientos españoles. Un oportuno ejemplo lo tenemos en su laureado libro sobre el descubridor del Cañón del Colorado: el salmantino Francisco Vázquez de Coronado, de cuya expedición (1540-2) se cumplen ahora cuatrocientos cincuenta años. Me refiero a
Coronado: Knight of Pueblos and Plains (1949).
Pero el molde lo había roto Bolton dos décadas antes, cuando la Universidad de Yale publicó su ensayo
The Spanish Borderlands. A Chronicle of Old Florida and the Southwest (1921). Su gran síntesis sobre la influencia española, durante de tres siglos, a lo largo de toda la linde del suroeste useño. Una huella tan extensa y valiosa en lo costumbrista, como en lo institucional y lo creativo. El prólogo de este libro, firmado en octubre de 1920 desde la Universidad de California, debería ser de obligada lectura en todos los colegios de América y España; desde la escuela primaria hasta la academia del cuerpo diplomático.
Huella de la lengua española en la toponimia, en la literatura chicana y hasta en el habla de los indios del Suroeste, que ante el imperio del inglés siguieron usando el español. Huella de las misiones en la arquitectura y el trazado urbano. Huella en el acervo de la industrias agrícola, minera y ganadera. Huella en los modelos de la gestión del regadío y estampada desde Madrid en multitud de títulos de propiedad; con especial mención a los derechos de propiedad de la mujer. Huella, en resumen, de la civilización católica, con sus fiestas y sus ritos. Como concluía Bolton: “El Suroeste [estadounidense] es tan español en colorido y bagaje histórico como Nueva Inglaterra es puritana, Nueva York holandesa o Nueva Orleans francesa”.
Trabajador infatigable, Bolton renovó un ámbito de conocimiento, formuló una teoría de referencia y fundó una escuela de reputados historiadores. Su empeño era sencillo: asumir la complejidad. Razonó que la historia estadounidense no se entiende al margen de otras naciones americanas y de su largo preámbulo español. Y su aportación sobre la identidad de la grandiosa nación liberal desató, en Estados Unidos, un debate equivalente a la disputa sobre el Ser de España entre Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz. Cuyo reverso castizo respira hoy en la iconoclasia de los nuevos puritanos. Se ve que además del genio fronterizo, también nos dejamos por allí la bicha del cainismo.