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Novela

Antonio Tocornal: Bajamares

domingo 20 de septiembre de 2020, 19:11h
Antonio Tocornal: Bajamares

Ediciones Insólitas. Madrid, 2020. 231 páginas. 18 €.

Por Aránzazu Miró

Empezaba el confinamiento al que nos ha sometido la propagación del covid-19 al mismo tiempo que el libro que ahora tengo en las manos se quedaba enclaustrado tras salir de máquinas. Lo he podido leer con el característico olor de imprenta fortalecido tras su tiempo de reclusión, adelantándome a su distribución en librerías, que Ediciones Insólitas emprende esta misma semana. Todo esto que parece una casualidad no es más que una metáfora añadida a la que surge de la obra.

Y aunque me refiera a la gran metáfora de su contenido, Bajamares es una novela que trasciende el concepto de la alegoría. Es ante todo una gran historia con una estructura impecablemente vertebrada llena de hallazgos en que se combina la narración con la descripción de espacios y sensaciones, en que suceden cosas que entenderemos desde sus diversos puntos de vista, en que se incluyen relatos que podrían convertirse en piezas autónomas, en que podremos disfrutar siguiendo el desenlace y el encadenamiento de todos los elementos que se combinan; pero que podremos deleitarnos también con su lectura placentera como lo que es: la solitaria vida de un farero en una isla deshabitada.

Bajamares es una novela corta que ha obtenido el XIX Premio Diputación de Córdoba, en la que Antonio Tocornal utiliza diversas voces para narrar el paso por la isla de su guardafaros. Esa que podríamos pensar inexistente y aburrida y que entenderemos y acompañaremos en la figura del personaje innombrado. Al principio serán tres las voces, dando título a los sucesivos capítulos que de forma alterna nos sitúan en la historia y sus antecedentes: las voces del guardafaros y del narrador que con su visión del yo y del aquel se complementan con la información sobre la isla, el faro y el farero que aportan los Documentos. La situación.

Entenderemos al farero, sus sentimientos, sus sensaciones; el logro que para él suponen la soledad y el silencio, la búsqueda de sentido a las cosas, la medición del tiempo, la vida como repetición, el sacrificio de vivir en sociedad, ese vivir ermitaño en el que no hay resignación. Desde ahí nos propondrá reflexionar sobre el sentido de la vida, el nuestro y el suyo, disfrutando mientras tanto de paseos, escenas, descripciones como esa fritura del huevo -la magdalena de Proust interpretada por Tocornal- que producen un gran placer en su lectura. Acompañamos al farero en la crudeza y cierta visceralidad de sus acciones con simpatía.

Hasta el punto central de la narración en que un sueño nos traslada en caída libre a la profundidad insondable de las antípodas. El mismo recurso que aquí comentábamos hace poco en la novela de Didierlaurent Conversaciones con mi enano de jardín en que todo se gira, a manera de espejo. Aparecen nuevas voces, la del barquero que nos cuenta la realidad vista desde la orilla, en tierra firme, y la ilusoria voz de la madre muerta. A partir de ahí todo empieza a encadenarse, dando sentido a todos los símbolos; ningún elemento había aparecido de forma banal: los limones, las cruces, las palabras escritas -el gran diccionario- frente a lo innecesario del habla. Recoge Tocornal toda la simbología metafórica que ha desplegado llevando a la novela al cierre del ciclo vital en cierta desmesura utópica, pero con resultado efectista.

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