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La Modernidad contra Mafalda por un plato de lentejas más baratas

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 01 de octubre de 2020, 20:25h

Un día los niños críticos supieron el vocabulario preciso de la contradicción vital (sopa y madre incluidas) gracias a un dibujante que solo se consideraba ebanista del pensamiento. Mafalda, cómic y verdad, llora hoy lágrimas como melones, negras como los peores insectos, por la marcha del padre ausente, incendiado de gloria, bonhomía, responsabilidad social y entrega a otro mundo mejor, que siempre es posible si uno se afana en la siembra de cuanto crece y busca, asediado de debilidades y quebrantos, su sitio dorado en el bancal. Te debemos, Quino, una generación entera de preguntas difíciles, primavera de los interrogantes incómodos, en labios de una niña a la que la inocencia no hizo jamás inoportuna.

Vive todavía la legión de los niños en rebeldía, heroicos gracias a sus preguntas, donde la mayor democracia es no callarse nada, y quien levanta el dedo siempre se salva. Quien pregunta –como Mafalda- despierta al otro, no está dormido ni domado, se afana a toda vela en construir un pensamiento propio, por el que siempre comienza una cultura y toda la libertad, así pierde la horma del rebaño, el dogal de lo que quieren que seamos, para batirse el cobre de la independencia y toda la lucidez. Gracias, Quino, por encender las bombillas más pequeñas contra la oscuridad letal y por otra luz para todos. Crecen los niños gracias a un aliento, un hilo de voz, algo de verdad íntima en mitad de la mentira social, algo que decir de veras y en voz alta, aunque sea una locura, porque ese calambre es el pulso demócrata, con trueno o sesgo descarado, por supuesto.

Sin buen periodismo, orlado de dibujos y palabras valiosas, no puede haber democracia. La búsqueda de la verdad, en todos los órdenes, es un desafío y, el encuentro con la belleza, caso del periodismo cultural, es pura alegría. Un cuadro, sí, una música, cierta película, unos dibujos, nos hacen mejores y nos quitan la venda por la que en ocasiones nos conducen al precipicio para ya despertar cuando caemos como Ícaro, abismo adentro, por culpa del empujón final. Mafalda coge hoy la antorcha de su padre, nido y ausencia, para decidir no morir jamás, y buscar la contradicción, la incomodidad, el ángulo ajeno al consentimiento, el potro salvaje sobre toda indolencia, mansedumbre o nepotismo, donde ser ella misma es la mayor aventura y completa obra de arte.

El diablo del tiempo actual (“demonio del mediodía” que decían los impresionistas franceses) es perder la memoria, para luego ya instalarnos en toda clase de sedativos pasivos donde no intervenga la lectura. Textos sin preguntas, solo consignas, asentir mucho, vieja finta o estrategia que busca el rebaño social para abolir al individuo autónomo e inteligente. Somos pueblos -cantó el poeta- porque estamos tomados de uno en uno y no como quieren los poderosos. Niños dormidos, abúlicos, pasan el dedo por el terciopelo digital para no saber levantarlo por algo donde les vaya la vida entera y merezca la pena morir por ello. Lo apuntó Jean-Paul Marat sin titubeos: “Para encadenar a los pueblos hay que empezar por adormecerlos”. Fue preciso, obra auténtica de ingeniería llamada hoy neurociencia, ya neuroventa, crear al extraterrestre contemporáneo: nacido con un ratón en una mano, un Smartphone en la otra, sin nada dentro de la cabeza, donde la pregunta encadena al silencio porque brilla por su ausencia.

La perversidad fue compleja: rendir al infante, al crío, en la multitarea, evitar la concentración, dedo que piensa mientras cerebro y cuerpo ocian; el evangelio digital donde el niño pegado a la tableta ya no es inteligente. Mientras el diablo sonríe desde Silicon Valley: borrar la memoria, primero; fragilizar la atención, después. Finalmente, en plena borregada, tirar del ronzal a libre antojo será lo más fácil, económico y productivo. Legiones, hordas enteras de esclavos, a precio de risa, forjados por medio del juego y no a tiros, otro fascismo. Así la escritura del niño vira a “comeletras” (“gnys at wrk”, “genio trabajando”), porque una escritura a mano, sí, nos acerca al latido, al pensamiento y eso es peligroso. La infamia exige romper la conexión entre la red del lenguaje y la red motora, solo mover el dedo, para que la sintaxis no se extienda, para una gramática acémila, forjar tontos tras el cursor con mucha prisa, parpadeante e incandescente, donde no todos los deditos se involucran ni el tachón ni las letras de más o menos nos perfeccionan. Multitarea: saltar de un pensamiento a otro, sin cata ni cala, para evitar la lectura profunda que siempre será fluidez, flexibilidad verbal y oratoria.

Atrofia o afasia son cocinadas a fuego lento desde los fondos abisales donde se rechazan mafaldas ocurrentes bajo el relámpago blanco de su inteligencia inquieta. La cultura llena de distracciones será otro infierno para sus devotos. No hay otro conocimiento que el del almacén, el bagaje intelectual, la memoria destilada de una atención duradera, ágil y privilegiada. Buscan fortalecer la memoria por medio de mecanismos externos (googles, etc) como quien da muletas para caminar y nunca las quita no sea que aprendamos a llevar el trecho. “Memoria de los cinco minutos", lo llaman y gritan todos los demonios a coro del mediodía, aquella no funcional, quien orilla el pensamiento abstracto, el análisis conceptual, cuanto no es obvio, notorio, evidente, frontal y requiere apartarse.

La Modernidad va contra Mafalda: saltos permanentes de atención, cambios continuos de tareas, viajes de estímulo en estímulo, ninguna memoria, nula o superficial comprensión, “mente saltamontes” hacia la nada. Todo Estado Unidos lo cacarea: los humanos obreros trabajarán igual de duro por una experiencia novedosa que por una pareja o comida. Multitarea: bucle de adicciones, al modo inconsciente o sonámbulo, a medida que los centros de novedad del cerebro son recompensados por procesar flamantes estímulos en detrimento de nuestra corteza prefrontal, quien aspira a seguir su trabajo a partir de esfuerzo y atención constante. Un juguete muy bien pensado: abolir la recompensa a largo plazo para enseñar frente a los ojos la zanahoria roja, grande, jugosa, sin dejar de empujar el carro vacío y pesado de la desgracia hacia el porvenir.

La “generación de los lectores distraídos” (Andrew Piper dixit): mundo vago, lectura superficial, indolencia y lasitud sin remos en la barca, inercia en el paraíso de los niños con déficit de atención, quienes ya no sabrán preguntar, víctimas de un sistema inhibidor prefrontal, esencial en las maniobras de conmutación mental involucradas en la multitarea: “Son menos capaces de centrar su atención en una tarea porque no pueden dejar de atender las demás”. Analfabetos tecnológicos con un acrónimo ya universitario: “tl,dr” (“too long, didn´t read”: “demasiado largo no lo leí”). Bombardeo de estímulos, lectura ajena a cognición ni mafaldas impertinentes. Lo fácil debe ser inmediato y más fácil de borrar que nunca.

Diego Medrano

Escritor

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