Los enfrentamientos entre el ejército de Azerbaiyán y las tropas de la República de Artsaj -que no está reconocida internacionalmente, pero controla, de hecho, el enclave armenio conocido como Nagorno Karabaj- amenazan con desestabilizar el sur del Cáucaso. Son numerosos los informes de bombardeos de la artillería y aeronaves azerbaiyanas sobre objetivos civiles. Las fuerzas de defensa de Artsaj han respondido abriendo fuego sobre posiciones enemigas y el propio presidente Arayik Harutyunyan se ha desplazado a la primera línea de fuego al frente de sus tropas.
Es una lucha desigual. Los aproximadamente 150.000 armenios de Nagorno Karabaj sólo cuentan con el apoyo de la República de Armenia. Juntos suman unos 3 millones de personas. Azerbaiyán tiene unos 10 millones de habitantes. Si se suman los 82 millones de su aliada Turquía, la desproporción numérica es apabullante. Según informaciones publicadas en la prensa internacional, hay aproximadamente mil mercenarios sirios combatiendo del lado azerbaiyano contratados por una empresa de seguridad turca. Por otra parte, los azeríes de Irán han comenzado a movilizarse en Tabriz en solidaridad con esta ofensiva azerbaiyana que pretende la conquista del territorio que perdieron en la guerra librada entre 1991 y 1994. El apoyo histórico que la Federación de Rusia ha brindado a Armenia en virtud de la Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva y de los vínculos seculares entre rusos y armenios es ahora algo más tibio. Tal vez sea más decidido si las hostilidades se extienden de forma generalizada al territorio de la República de Armenia, pero por ahora los armenios se enfrentan solos a la agresión azerbaiyana.
El presidente de la República de Armenia, Nikol Pashinyan, ha declarado que “esto es un nuevo Sardarapat” en referencia a la batalla que, en mayo de 1918, salvó a los armenios del genocidio que, desde 1915 venían sufriendo en el Imperio Otomano. Ni Azerbaiyán ni la República de Turquía reconocen el Gran Crimen cuya sombra se sigue alzando sobre el conflicto que ahora se reactiva. En efecto, la retórica nacionalista que el gobierno de Azerbaiyán lleva décadas alimentando y el bloqueo de las negociaciones en el grupo de Minsk sólo permiten alentar los peores pronósticos si las tropas de Bakú conquistan el territorio. Desde 1920, cuando Artsaj fue desgajado de la República Socialista Soviética de Armenia e incorporado a la de Azerbaiyán por voluntad expresa de Stalin, y hasta el final de la URSS, los restos de la presencia histórica armenia tanto en Nagorno Karabaj como el propio Azerbaiyán fueron erradicados de forma sistemática. Al igual que sucedió en los territorios de la Armenia histórica bajo dominio otomano, las iglesias, los conventos y los cementerios fueron profanados, destruidos o abandonados. La masacre de Sumgait en febrero de 1988, cuando bandas organizadas de azeríes atacaron a sus vecinos armenios en una espiral de violencia callejera y saqueos, fue una de las señales de alarma: el genocidio podía repetirse. La guerra de 1991-1994 fue una lucha por la supervivencia de los armenios. Esa misma supervivencia vuelve a estar amenazada.
La comunidad internacional tiene en sus manos detener estos combates e imponer a Azerbaiyán un alto el fuego que los armenios ya se han mostrado dispuestos a aceptar. Bakú está tratando de lograr mediante el uso de la fuerza (y el apoyo de Ankara) lo que no ha conseguido en la mesa de negociaciones de Minsk.
Hace 102 años los armenios lucharon por su salvación contra un enemigo superior en número y armamento. Contra todo pronóstico, vencieron y eso los salvó del genocidio que habían sufrido sus hermanos en el Imperio Otomano. Hoy la sombra de ese genocidio se cierne de nuevo sobre el pueblo de San Gregorio el Iluminador, de Mesrob Mashtots y de Komitas.
Ojalá el mundo no vuelva a contemplar impasible una nueva destrucción de los armenios.