El Museo de Bellas Artes de Bilbao mostrará a partir de esta semana una selección de 79 obras que pertenecieron a la colección bilbaína de la familia Valdés, así como de otros coleccionistas privadas y públicas.
Según el museo, en muchos casos se trata de obras inéditas, poco conocidas o que, hasta ahora, nunca habían sido expuestas al público, y que abarcan desde el arte medieval hasta el siglo XX con obras firmadas por El Greco, Anton van Dyck, José de Ribera, Francisco de Goya, Mariano Fortuny, Joaquín Sorolla, Ignacio Zuloaga o Robert Delaunay.
Además de pinturas, la muestra cuenta en el recorrido con piezas escultóricas: el Ecce Homo y la Dolorosa de Pedro de Mena, dos tallas barrocas que hasta ahora se creían perdidas, y dos bellos paneles clasicistas en mármol de Mariano Benlliure.
Si bien, la gran protagonista de la exposición es La marquesa de Santa Cruz (1805), de Goya, cedida en préstamo por el Museo del Prado. Una reciente investigación arroja nuevos datos sobre los términos en los que fue adquirida por Félix Hernández-Valdés en 1947 al Gobierno de Franco por un millón y medio de pesetas.
El lienzo fue comprado en 1941 para ser regalado a Hitler; una operaciónque no llegó a buen término.
De este modo, la exposición reconstruye una de las colecciones privadas más importantes de la segunda mitad del pasado siglo, cuya relevancia es bien conocida por los historiadores del arte. Sin embargo, y a pesar de la ejemplar labor coleccionista de su propietario, de la gran calidad del conjunto que logró reunir y de la trascendencia que sus obras tuvieron en otras colecciones públicas y privadas tras su dispersión, hasta ahora no había sido estudiada en profundidad.
"Referenciada por la historiografía artística pero realmente poco conocida, el reto de poner en pie esta muestra para poder así recomponer la colección ha sido, en primer lugar, localizar las obras, en ocasiones inéditas y conocidas solo por menciones en el inventario post mortem o por antiguas fotografías", explica el museo. Por otra parte, desentrañar los criterios de Valdés y su forma de coleccionar, y saber por quién fue asesorado "constituyen una valiosa aportación a la historia del coleccionismo español de obras de arte que queda recogida en los textos de los comisarios que se incluyen en el catálogo editado con motivo de la exposición".
Valdés, coleccionista
En el caso de Valdés, hombre de negocios sin gran formación artística, fueron esenciales el consejo y las gestiones de, entre otros, su gran amigo el marchante, copista y restaurador Luis Arbaiza, el historiador Enrique Lafuente Ferrari, el restaurador del Prado Jerónimo Seisdedos o Isabel Regoyos hija y nuera, respectivamente, de los pintores Darío de Regoyos y Aureliano de Beruete. Precisamente, la importante colección del pintor Aureliano de Beruete fue otra de las fuentes para la colección Valdés.
"Gracias a todos ellos y a su acierto como coleccionista, el empresario bilbaíno fue capaz de reunir un conjunto que destacaba entre las colecciones de su tiempo y llegó a conservar unas cuatrocientas obras entre pinturas y esculturas, además de platería, tapices, mobiliario y otras piezas de artes decorativas". En el origen de su pasión por el arte se encuentra la figura de su tío, el también coleccionista Tomás de Urquijo, quien legó todos sus bienes a su sobrino.
Valdés comenzó a coleccionar a finales de los años treinta, aunque la mayor parte de las adquisiciones se produjeron durante los años cuarenta y cincuenta, una época convulsa, pero de gran prosperidad para el empresario bilbaíno tuvo negocios de importación de madera, aceite de palma y cacao en la Guinea española hasta su independencia en 1968, que supo encontrar obras procedentes de otras colecciones nobiliarias o de conventos e iglesias en fase de dispersión.
La colección se alojaba en el número 15 de la Gran Vía de Bilbao, donde Valdés vivió desde 1920 hasta su fallecimiento. Gracias a la exposición, se han encontrado fotografías hasta ahora inéditas que muestran distintas estancias de esta auténtica museografía doméstica. Se sabe, por ejemplo, que en el salón colgaban obras de El Greco, Zurbarán, Valdés Leal y Murillo, y que en la capilla dispuso, entre otras, las dos tallas policromadas de Pedro de Mena y el Van Dyck del museo de Bilbao, mientras que en su dormitorio podía contemplar pinturas de Zurbarán, Ribera y Morales. A su muerte en 1976, las obras pasaron a sus numerosos herederos y se fueron dispersando para formar parte de otras colecciones particulares e instituciones públicas.