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ESCRITO AL RASO

Los fondos buitre salen a escena

David Felipe Arranz
lunes 12 de octubre de 2020, 21:42h

Después de la crisis de 2008, varios fondos de inversión estadounidenses compraron a precio de risa los créditos fallidos de la banca europea –500.000 millones de euros–. Desde entonces, grupos como Blackstone, Cerberus y Lone Star compran carteras inmobiliarias y préstamos deteriorados, una situación que se ha agravado notablemente por la pandemia del coronavirus y en la que el ciudadano es lo de menos. La presidenta de la supervisión del Banco Central Europeo, Andrea Enria, ha asegurado recientemente que estas pérdidas podrían ascender a 1,4 billones de euros. Esta es la actualidad y cualquier dramaturgo que se precie y que quiera responder al pulso social, por lo menos ha de leer el periódico. No hay que pensar que todo el teatro que no trate de dar respuesta o de estimular una contestación en el público ante tanta injusticia social sea desestimable, sino, más bien, que aquellos que entran de lleno en la cuestión, merecen nuestra admiración.

Aitana Galán y Jesús Gómez Gutiérrez forman un tándem singular en el teatro actual, en un paisaje muy cuajado de superestrellas, firmas, genios de las tablas, marketing de pega y ácratas de salón. La cosa es que representan la lírica ácrata y esperpéntica de este arranque de década que estamos viviendo, de sobresalto en sobresalto, y que de sus acracias personales –véase al gran Jesús ataviado cual motero de la movida madrileña– se deducirán grandes éxitos. Ojipláticos nos dejó su Diablo cojuelo de los Veranos de la villa, a la vez que ellos y su troupe andaban ensayando este delicioso Ambiente familiar (Mínimo dos noches), que nadie debería perderse en el Teatro Español.

Aitana y Jesús, Jesús y Aitana, que tanto monta, siguen siendo jóvenes y creen en esa libérrima existencia de las personas, que es una forma de contrapoder muy sana, a diferencia de cierto borreguismo que parece imponerse en nuestra amada España sacrificial y genuflexa, que cree que todo marchará bien por no hacer nada, como eran las políticas de don Mariano. El asunto está en que los fondos buitre sobrevuelan buscando la hecatombe de la gentrificación, ahora que la Covid-19 ha mandado a criar malvas a más de cincuenta mil ciudadanos, la mayor parte senectos (o veteranos, que queda mejor). Y en esta obrita hecha de trancos, a lo Luis Vélez de Guevara y su Diablo cojuelo, con la que forma dilogía –y que promete ser trilogía dentro de poco–, Galán y Gómez, Gómez y Galán, quieren dinamitarlo todo con una compañía de actores que enamora, más ese talento del pentagrama y el teclado que es Pablo Hernández Ramos, que es capaz de salir de escena con una bella saharaui al hombro, cual Pedro Picapiedra, y volver a sentarse a tocar (el piano) como si tal cosa.

La trama, castiza como ella sola, es muy sencilla: un piso madrileño en régimen de alquiler recibe la visita de una muchacha alemana que trabaja para uno de estos fondos carroñeros y su llegada pone en guardia –sexual y de la otra– a los habitantes de la casa. A través de la astracanada, el topicazo de la guiri que llega al país de los toreros y el sol, los negocios de alguna mujer de la vida que “recibe” en su habitación y un inquilino bohemio, émulo de Alejandro Sawa, que vive a la intemperie en el balcón, Ambiente familiar toca todas estas cuestiones del atentado social, y que van desde el Frente Polisario, al envenenamiento del aceite de colza, cuyos damnificados –como nos contó Jesús Gómez Gutiérrez mientras le daba a la nicotina en el callejón de Manuel Fernández y González– siguen padeciendo terribles y dolorosas secuelas sin que el Estado haya buscado una solución.

La alegría de la noche la puso la actriz napolitana Maria Filomena Martignetti, que da vida a la muchacha saharaui y que nos confesó que ha dejado Italia por amor, vive en Gran Canaria y nos reconoció con la mascarilla puesta, desde que la vimos en Navidad en casa de los Cupiello, el 10 de diciembre de 2016, en el Teatro María Guerrero, también dirigida por Aitana Galán y en la que ella estaba sensacional, al igual que en esta obra –cómo no, porque ella es una italiana pletórica y colmada, y eso se le nota en los personajes–. El abuelo de Martignetti fue prisionero de guerra y carabiniero, de manera que la fibra luchadora le viene de ahí, puro ADN, y solo ese genoma reconocería a uno de Valladolid cuatro años después entre el público: Maria Filomena, que cree en las conexiones del destino, donde pone el ojo, pone la bala. Su sueño es interpretar a la Filumena Marturano (1946) de su admirado Eduardo De Filippo, y querría ser la Anna Magnani del siglo XXI desde que la vio en Bellísima (1951), de Luchino Visconti. Es mujer zigzagueante, mediterránea venida al Atlántico y elude con gracia los obstáculos del oficio del actor.

También Agnes Kiraly vuelve a sorprendernos con sus elegancias europeas en uno de sus papeles de extranjera en España, y va camino de convertirse en la cuota alegre y guiri del cine y la televisión, algo que no termina de gustarle del todo porque siempre le ofrecen papeles muy estereotipados; según nos cuenta, Aitana Galán la integra en sus comedias interraciales porque la valora como actriz, tal y como nos demostró en El diablo cojuelo. A Kiraly, húngara de pura cepa y dibujante en sus ratos libres, le cuesta más decir las cosas abiertamente, y de España le sorprende aún la siesta, los tiempos, los recesos del día a día. Trabajar en un ministerio le supondría una desesperación, suponemos, al ser Agnes testigo de los interminables cafés del personal y otras anécdotas de las covachuelas del Estado. Es agnóstica y, aunque no cree en los milagros, le gustaría trabajar con “alguien tan valiente que no tenga la necesidad de que sea extranjera”, pero nos tememos que en este país de la “estereotipia”, su tipazo, maneras, mirada de Rita Hayworth y arquitectura austrohúngara no dejen a los cineastas patrios ver lo fácilmente que podría interpretar cualquier papel. Adora a la manera húngara –discreta y hasta secreta– a Bette Davis, Jack Nicholson, Johnny Depp y al finado Heath Ledger.

Todos ellos han descubierto que en el teatro discurre la vida verdadera y metaforizada, cuajada en lenguaje y en protesta, y que lo otro, lo de los fondos, es buitreo del malo, del incívico, del que acaba con las vidas de las personas. Su vocación por los seres marginales es un regalo, porque no es sino la propia vida de las calles, de “Madrí”. Es lo moral de una compañía bohemia. Por eso hay que verla. Hay que verlos.

Twitter: dfarranz

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