Juventud, divino tesoro
miércoles 27 de agosto de 2008, 21:46h
Sé que me estoy haciendo vieja. No lo digo por las canas que cada vez cuesta más esconder bajo mechas de distintos tonos y reflejos. Otras veces me había venido la idea a la cabeza, pero era un pensamiento frágil que nada me costaba quebrar con un simple parpadeo del cerebro. Me ponía a pensar en otra cosa y la mal acogida idea, se desvanecía sin dejar huella. Pero en esta ocasión, no, porque más que un pensamiento, ha sido una sensación que me ha pillado desprevenida y me ha hecho pronunciar la expresión definitiva de la llegada de la vejez: “Dios mío, qué juventud”. Sí, sí, tal cual. Así lo he dicho.
Los informativos de las distintas cadenas de televisión empezaron, cuatro días después de la tragedia aérea de Barajas, a sacar del cajón noticiero las crónicas que habían tenido que aparcar para no restar ni un segundo al tiempo dedicado casi con exclusividad a todo lo relacionado con el espectacular siniestro. Sólo la clausura de las Olimpiadas con las últimas medallas para España y el estreno para el público, que no para Fernando Alonso, del nuevo circuito de Fórmula 1 en Valencia, habían compartido con el inesperado drama las voces de los presentadores vestidos de negro. Así es que había muchas noticias guardadas y fue precisamente viendo una de ellas cuando me dio por exclamar la maldita frase.
Resulta que el 21 de agosto, en Madrid, sólo un día después de que el avión de Spanair se convirtiera en un inmenso y desgarrador sepulcro, se celebró en el Palacio de Deportes un concierto del grupo mejicano Rebelde, o rbd para los más aficionados. Contaba el reportaje que los adolescentes llevaban varios días durmiendo en la calle para no perder su sitio en primera fila, cerca de sus adorados ídolos, sobre todo, en el momento en el que se acababa de hacer oficial el anuncio de su próxima separación. Hasta ahí, normal. Bueno, casi. Pero lo que me dejó pensando en mi jubilación fueron las palabras de una chavala que rondaría la primorosa quincena cuando le preguntaron por la noticia de la disolución del grupo. Lo juro, lloraba desconsolada, y mirando sin pudor a la cámara aseguraba que se trataba, sin duda, del momento más duro y amargo de toda su vida. Bendita juventud.
Se lo comenté a un compañero de trabajo y no sé si fue para consolarme, pero me aseguró que él también se había dado cuenta en estos últimos días del fatídico paso de los años, aunque fuera por distinto motivo. Para él, constatar que se había sentido mucho más afectado por este accidente que por aquel, también terrorífico, que dejó sembrado de cadáveres el aeropuerto de Los Rodeos, era la prueba irrefutable de que las canas y las gafas nuevas estaban ahí por algo. Cuando eres joven, no te afectan igual las cosas, me dijo. No, por supuesto que no.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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