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Novela

Sara Mesa: Un amor

domingo 08 de noviembre de 2020, 19:49h
Sara Mesa: Un amor

Anagrama. Barcelona, 2020. 192 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. La escritora madrileña no defrauda en su nueva novela, una fascinante historia que encierra múltiples lecturas.

Por Rafael Fuentes

La última entrega narrativa de Sara Mesa no defrauda las expectativas puestas en su publicación. La novela Un amor es breve pero repleta de emociones inusuales, incidentes imprevisibles, retos morales, apasionantes sugerencias que apuntan a incontables direcciones. El eco de una de estas sugestiones subterráneas indica cierta conexión con el célebre filme Psicosis, de Alfred Hitchcock. En este, su protagonista, Marion Crane, hastiada de un trabajo rutinario y frustrante, decide hurtar una cantidad de dinero en la empresa que le ha dado empleo y emprender una huida en automóvil, con el que completará el “camino equivocado” que ha comenzado hasta desembocar en un paraje de connotaciones oníricas, donde le aguarda un impensado castigo a través de una sangrienta muerte. Ahora, en la nueva novela de la autora de Cara de pan, la protagonista, Nat, lleva a cabo igualmente un robo en la compañía donde se siente atrapada en ocupaciones de excelente reputación pero monótonas y castrantes. Lo mismo que la Marion Crane de Psicosis , la Nat de Un amor aprovecha esa sustracción como un recurso que justifique su ruptura con la camisa de fuerza de su vida anterior y escapada en coche hasta arribar a un territorio remoto donde una extraña comunidad letárgica llena de inercias se asemeja a una muerte en vida. Un círculo tan intensamente hiperrealista que le imprime un sesgo de irrealidad onírica en el que Nat va a sufrir una severa sanción.

Hasta aquí la soterrada analogía entre ambas creaciones, pues como ya pueden presuponer los lectores habituales de Sara Mesa, nos encontramos ante una aguda y refinada narradora que elude a toda costa cualquier ampulosidad, altisonancia o acciones agresivas o arrebatadas. El lugar donde se instala Nat se llama “La Escapa”, denominación que indica el carácter de “escapada” de este viaje iniciático, pero el castigo que experimentará nada tiene que ver con el género slasher del cine de terror con psicópatas asesinos portadores de cuchillos, machetes o hachas con los que dar muerte a sus víctimas tras una feroz tortura física. Muy al contrario, la protagonista de Un amor vivirá una mortificación muy distinta, de índole espiritual y psicológica, cuyos motivos y consecuencias constituyen un reto para sus denodados intentos de comprensión a lo largo de todo el relato.

El propio esfuerzo de intelección del personaje ante sucesos que ocultan su coherencia, representa ya el inicio de una tortura psíquica con la que empieza su mortificación. Nat desea comenzar, en la recóndita la Escapa, una nueva existencia mediante un trabajo creativo como traductora. Muy pronto esa ocupación se nos revela como una de las metáforas centrales de la novela, pues la traductora se pierde cada vez más en las diversas interpretaciones de las palabras hasta quedar extraviada en un laberinto de posibles traslaciones de un idioma a otro. Un emblema de la pérdida de comprensión de sus propias acciones, pues, como la autora consigna en su texto, se abre “una grieta enorme entre la lógica del lenguaje y la de la realidad.”

Nat se ha alojado en un espacio simbólico profundamente perturbado, de modo que la realidad en que vive se desintegra. Se desintegra, pese a su contundente consistencia, porque se vuelve incomprensible para su protagonista. De ahí ese fascinante universo que nos propone Sara Mesa, donde todo está mostrado con una minuciosa veracidad naturalista, sin dejar de causarnos, en su implacable precisión, el efecto de un sueño abocado cada vez con mayor intensidad al de una tortuosa pesadilla. Nos hallamos ante un magistral descenso a los infiernos mediante sucesos en apariencia triviales.

La relación con el casero, el idilio inconcluso y estéril con Píter, los encuentros sexuales con connotaciones masoquistas con El Alemán, constituyen jalones más y más agitados de esa bajada al abismo a través de fruslerías y minucias con un subsuelo amenazante. Sara Mesa es una autora con una magistral destreza para sugerir expectativas en el lector cuyos pronósticos se ven rotos una y otra vez, tal como suele suceder en la vida real. ¿Dónde está el “amor” que se vaticina en el título de la novela? En el mejor de los casos solo en los deseos de Nat, ya que en La Escapa solo encontrará agresiones sexuales, cortejos tan almibarados como condenados a un callejón sin salida, o la entrega voluntaria a una sexualidad descarnada y furiosa sin un ápice de sentimientos. Ahí localizamos el principal orificio para descender al castigo psíquico. La malograda traductora se ofrece sexualmente a cambio de que su desagradable pretendiente le solucione un desperfecto en la casa. No hay amor, ni sentimientos, afectos o placeres. Se trata de un frío intercambio fisiológico que desata en Nat la angustia de haberse quizá prostituido por una banalidad. Sara Mesa es una auténtica maestra para dejarnos atisbar realidades más profundas a través de entresijos cambiantes donde los fragmentos nos sugieren una totalidad que nosotros debemos acaba de construir o configurar, con ese carácter abocetado de cualquier tentativa.

Aunque a Nat le atormente lo que ella juzga en sí misma un comportamiento de una simple ramera, se observan razones más hondas que se escapan a la percepción de su conciencia. La mujer huida para realizar un trabajo intelectual y creativo que cae en una relación sexual sórdida, está mediatizada por el terror a perder su atractivo erótico. Sin él cree perder su feminidad, y desvanecida esta, hundirse en una identidad amorfa y despersonalizada. La entrega venérea sin sentimientos resulta una reacción desesperada para confirmar su propio atractivo, sin el cual le acecha una demoledora depresión. Sin plena autocomprensión de ese resorte íntimo, se verá abocada a una relación carnal cada vez más obsesiva, humillante y degradadora. En el autodesprecio que esto le produce se encuentra el martillo pilón que transforma en una feroz condena su bienintencionada huida. Sara Mesa caracteriza reiteradas veces esa tortura como algo que trasciende lo físico sin dejar de evocar cierta carnalidad: “Nat siente el dolor atravesándole la garganta. Un dolor áspero, agudo, certero.”

Sara Mesa escribe con una trasparente claridad sobre fenómenos muy complejos, exigiéndose a sí misma un lenguaje tan exigente como sencillo -reto del que pocos escritores salen victoriosos como ella-, empleando símbolos elaborados a partir de la más corriente cotidianidad, que, sin embargo, nos trasporta de forma secreta a niveles trascendentes. Es el caso del perro que adopta y que bautiza inicialmente como Sieso, por su actitud arisca e impenetrable. Pero conforme avanza el relato, ese perro que la acompaña va adquiriendo la fisonomía del can de la mitología egipcia Anubis, uno de los dioses más antiguos de la cultura de las pirámides a orillas del Nilo, divinidad de la muerte, del embalsamiento de los cadáveres y la custodia de las necrópolis. Esta presencia ordinaria y a la vez fantasmagórica, certifica que el paraje de La Escapa encarna algo similar a una muerte en vida, presentida en todos sus habitantes. El dios-perro Anubis significa también la purificación para el correcto acceso a la otra vida. En la mitología del antiguo Egipto, Anubis es producto de la relación de la diosa Neltis con su hermano Seth, relación incestuosa que tiene una réplica en La Escapa con los hermanos cuyo concubinato desencadena la ira y el instinto homicida de los aparentemente serenos habitantes de ese extrarradio perdido en la nada.

La constante presencia de este solapado símbolo sagrado, sirve para plantear si Nat está experimentando una tortuosa modificación que implica una muerte previa a una futura transformación. De hecho, no se trata de una novela de aprendizaje, sino de una interpelación a los lectores sobre si consideran las vivencias de Nat como ese tipo de novela o más bien como un relato de autodestrucción. En la última línea del libro, Nat parece decantarse por la primera posibilidad: su tormento se ve como el inevitable castigo a su comportamiento díscolo y sedicioso frente a las expectativas que la sociedad había puesto en ella. Un tránsito de dolor para un futuro renacer en una vida más auténtica. ¿Pero es cierta esa autoexplicación? También es posible que Nat esté construyendo una coherencia ficticia, solo mental, para dar un sentido imaginario a la experiencia del sufrimiento, algo que me inquieta y me convence más.

La autora no deshace esta deliberada ambigüedad. Sitúa esta anagnórisis –o quizá pseudo anagnórisis-, de Nat en un parque de La Escapa que ha bautizado como El Glauco. Palabra que le causaba grandes dificultades traducir. Aplicada a los ojos, se emplea en “mirada glauca”. Pero también “glauco” evoca el concepto de “glaucoma”, enfermedad que atrofia la vista y es el preámbulo de una ceguera. La interpretación de Nat puede ser tanto una visión, como producto de una obnubilación por el deterioro de los ojos del alma. Si el dolor es un pago para una elevación personal, o un error al tomar un camino equivocado. Una emocionante historia expuesta con una extraordinaria naturalidad.

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