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Ensayo

Francisco Brines: Poesía y collage

domingo 22 de noviembre de 2020, 18:20h
Francisco Brines: Poesía y collage

Renacimiento. Sevilla, 2019. 128 páginas. 14,90 €. Se reúnen dos textos del Premio Cervantes 2020, que nos permiten saborear lo extraordinario de su prosa ensayística y comprender mejor su excepcional obra poética.

Por Rafael Fuentes

Al fin el mayor poeta vivo en lengua española, Francisco Brines, acaba de obtener el Premio Cervantes. A veces, la renuncia a la arrogancia y lo altisonante produce estas injustas demoras. Hace poco la editorial Renacimiento tuvo el innegable acierto de recuperar uno de los aspectos menos conocidos del poeta: su prosa reflexiva, con el rescate de la meditada exposición de su poética en “Selección propia”, uniéndolo a un ensayo sobre los secretos vínculos entre poesía y artes plásticas bajo el título “Universalidad y aventura del collage”. Dos textos autónomos de selecta meditación que ahora, al unirse en un solo libro, Poesía y collage, revelan perspectivas inéditas de la visión estética del autor de Insistencias en Luzbel. Ambas cavilaciones enlazadas en un único volumen, evidencia la extraordinaria categoría de la prosa ensayística de Brines.

En los primeros compases de la reflexión sobre lo poético en “Selección propia”, Francisco Brines inscribe en su experiencia biográfica lo que constituye su personal superación al mismo tiempo de la tradición romántica y de las rupturas vanguardistas. Nos narra cómo su necesidad de la poesía irrumpe en su vida cuando las creencias religiosas hicieron crisis en él, y hubo de sustituirlas por lo poético, que representaba otra modalidad de lo sagrado, ahora aparecido en sí mismo. Dicho en una feliz expresión del poeta y ensayista: “La fórmula del rezo se hizo verso”. Para Brines el rezo aspiraba a una comunicación con lo desconocido, encarnado por lo absoluto de la divinidad. Pero tras la pérdida de la inocencia y rota la fe en esa conexión, la poesía inicia otra indagación en lo desconocido, un cometido similar aunque ahora dirigido al interior misterioso e ignoto de sí mismo. El fondo oscuro e inexplorado de lo más profundo de la persona va siendo descubierto y recobrado por la creación poética. Y está comunicación con lo ignorado de sí mismo establece una conexión verbal con las mismas connotaciones que lo sagrado. De este modo, la poesía representó, a partir de entonces, su más auténtica fortaleza.

Vista desde esta óptica, la poesía de Francisco Brines queda lejos de la expresión sentimental romántica. Una cosa son los sentimientos de la persona civil y socialmente conocida que expresa sus emociones románticas más obvias, y otra cosa bien distinta resulta ese descenso hacia lo oculto y en apariencia forastero en el trasfondo de sí mismo. En este segundo caso, la palabra debe construir, inventar, elaborar, porque solo a través de esa labor las palabras detectan lo ignorado dentro de la persona. Aquí estaríamos, aparentemente, en el campo vanguardista del arte como invención de lo que no existe, pero con una gran diferencia: no se trata de una construcción gratuita dirigida a ofrecer una novedad, ese “algo nuevo” que justificaría la creación. Al contrario, lo nuevo explorado por Brines no es gratuito, sino una edificación verbal de algo ya preexistente en las dimensiones más olvidadas de la persona. Así trasciende al unísono el romanticismo y el vanguardismo, concibiendo lo poético como conocimiento emocional, descubrimiento y salvación de lo revelado.

Este acto de rescate -casi de redención- propio de su intención poética, se ve aún más esclarecido con la luz que arroja sobre él “Universalidad y aventura del collage”, el segundo texto del actual libro. De su interés vital por las artes plásticas da testimonio que en el recién instituido patronato de la Fundación Francisco Brines, figuren de forma preeminente no tanto filólogos o poetas, sino las pintoras Mariona Brines -sobrina suya-, Carmen Calvo y Rosa Mascarell. En un principio, su ensayo produce la falsa impresión de realizar un estudio del nacimiento y difusión del collage en las artes plásticas oficiales, desde su irrupción en la pintura cubista y su irradiación al movimiento dadá, su recepción en el futurismo, el surrealismo o el constructivismo, hasta desembocar en los ready-made de Marcel Duchamp y todas sus consecuencias ulteriores. El collage, en el transcurso de esta trayectoria, no queda definido por el ensamblaje de materiales híbridos, dispares y heterogéneos, sino por la mutilación del uso previsto para un objeto, cercenando cualquier función práctica, para ponerlo ante nuestros ojos con su radical autarquía sin empleo alguno: desde el trozo de papel de periódico pegado al lienzo hasta el portabotellas –sin botellas- de Duchamp. Hoy nuestra mirada es capaz de ver en los objetos prácticos que nos circundan, su naturaleza de collage estético cuando les privamos mentalmente de su finalidad útil para contemplarlos en sí mismos.

Para hacernos comprender el enlace soterrado entre la versión del collage en las artes plásticas y su modalidad verbal en el poema, Brines aprovecha la formulación de este recurso hecha por Carlos Bousoño en su Teoría de la expresión poética: «Si a los enseres les suprimimos ‘la finalidad’ no queda en ellos otra cosa que ‘la forma’. Nuestra contemplación se torna así obligadamente estética.» Impagable el análisis, que tras este punto de partida, se nos ofrece de modalidades de collage verbal a través de poemas de épocas y estilos muy distintos.

El ensayo, sin embargo, acaba por romper todas nuestras previsiones cuando, después de calificar el collage inventado por las vanguardias como una receta ya establecida con un carácter académico -hoy con frecuencia hasta rutinario-, nos descubre que el collage ya existía en la cultura popular muchísimo antes que Pablo Picasso tuviese ese arranque de furia creativa al colocarlo en un lienzo. Nos describe ejemplos de collages ajenos al arte oficial del siglo XIX, del XVI, de antiquísimas muestras tribales. Al margen de la institución académica, sancionada por la fama, Francisco Brines nos desvela, para nuestra sorpresa, que el collage es tan antiguo como la misma Humanidad. Y que igual sucede con la “mirada-collage”, que pensábamos haber adquirido tras Picasso, Braque, Max Ernst, Duchamp, Man Ray o el arte pop, que, en realidad, se produce en cada niño que ve los objetos y seres del mundo con un candor que les libera de su utilidad. Es lo que Brines denomina “el entusiasmo de la inocencia.” Está presente cuando los chiquillos guardan como un tesoro una piedra encontrada al azar, una concha en la playa, o contemplan la belleza de un chorro de agua sobre un canal de riego. Todas estas contemplaciones primigenias son también “miradas-collages” al mundo, con la magia de lo esencial artístico, y, por lo tanto, también son tan remotas como la propia Humanidad. En otro ensayo dedicado a Gastón Baquero y “La poesía como salvación de la inocencia” lo definió como “los ojos magos del niño”.

Aquí es donde su concepción del collage arroja nueva luz sobre su poética de “Selección propia”. Pues esa acción de desvelamiento interior del poema debe rescatar la experiencia de la persona como esa pureza del collage, para “arrancar de los ojos adultos el barro conformista que les impide, al mirar, ver.”Algo que implica un contenido ético. La salvación a través de la poesía de esas experiencias y emociones trae consigo una punzante conciencia de su carácter fugaz, transitorio, perecedero. La salvación es verbal, pero todo se destruye al constituirse, razón por la cual toda la obra poética de Brines es elegíaca, uno de los cantos elegíacos más hondos de nuestra historia poética. Sin embargo, no pesimista. Se trataría de algo que me atrevería a denominar como una “elegía vitalista”. Porque la conciencia de la fugacidad de la belleza, la emoción, la vida, nos obliga éticamente a entregarnos a ella con la máxima autenticidad de la que seamos capaces. Estos ensayos nos permiten leer la poesía con un más alto grado de comprensión, o al menos, sin duda, adentrarnos con mayor lucidez en la producción poética del último Premio Cervantes.

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