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Crónica

Conor O´Clery: El zapatero y su hija

domingo 10 de enero de 2021, 23:40h
Conor O´Clery: El zapatero y su hija

Traducción de Silvia Furió. Crítica. Barcelona. 2020. 393 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 10,44 €.

Por Daniel González Irala

En el haber de O´Clery como periodista de The Irish Times, tenemos que fue corresponsal no sólo en Moscú, sino también en Pekín, Washington o Nueva York; escritor de múltiples crónicas y biografías (destacándose la del filántropo Chuck Feeney), en esta visión y estudio de la sociedad rusa principalmente desde la muerte de Josef Stalin hasta 2009 (si bien no se obvia el papel que este dictador tuvo, como tampoco sus antecesores Lenin y Trotski) hace, desde el reconocimiento a su labor de la familia Suvorov, que se casa con la hija de Farandzem Shartirián (miembro del Kremlin), Marietta Gukasián, en 1957, un retrato de cómo el comunismo fue algo menos incompatible con el capitalismo de lo que en principio pudiera parecer.

El caso es que, en un momento determinado, Stanislaw Suvorov decide vender un automóvil que su padre (rico ingeniero que se dedicaba a fabricar máquinas de coser) le dejó en herencia, con ánimo de lucro; en una época donde la carestía para toda la población es brutal, Stanislaw es llevado a los tribunales con tal lío burocrático que no sabe ni para qué es llamado a ello y sentenciado a cumplir penas en un campo de trabajo en Siberia. Una vez pasado este kafkiano calvario y en vista de que no puede seguir en Grozni (capital rusa de Chechenia), se traslada a la pequeña población de Krasnoyarsk en Armenia y monta allí una fábrica de zapatos que durante muchos años no vive tiempos boyantes, pero que con el fin del gobierno de Mijáil Gorbachov y obligados a liquidar, les permite empezar de nuevo.

Concebida desde un estudio genealógico, social, económico y cultural que trata de ser lo más objetivo posible a una realidad, el autor (que comparte con el personaje su amistad con Zhanna, hija de Stanislaw) empieza a conocer a los Suvorov a raíz de las investigaciones realizadas no sólo en torno a los grupos terroristas del IRA, sino también en su relación con el KGB, que se dedicó a convertir el auge de los movimientos comunistas en poco finas maniobras de espionaje a las que recurre al cine para describir y que oprimieron tanto esos años y lugares, con colas del hambre y burocratización excesiva hasta del aire que respiraban.

Lo primero que ocurre es que “adiestrados para creer que estaban todos bajo los cuidados de Stalin, el pueblo se sintió perdido y desconcertado sin él”, de ahí pasamos a la anatemización de la especulación por parte de futuros gobiernos socialistas (“las tiendas son todas iguales, con números en vez de nombres, hay uniformidad en las instalaciones y equipamiento, en el mobiliario, linóleo, libros, cuadros y utensilios en todas las casas”) que da paso a la conquista paulatina de libertades, que son el oxígeno ante el que el ser humano pide más y más, tanto que “se teme que prolifere la criminalidad y que la riqueza se acumule en manos de unos pocos”.

Merece pues la pena acercarse siquiera a esta memoria familiar común de un tiempo enrarecido, al menos también para observar cómo los Suvorov veían a través de O’Clery, la representación en teatro de El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgakov, o leían los textos de Alexander Solzhenitsyn, algo más que subversivo para la época y el país en que les tocó vivir.

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