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Ensayo

Andrés Trapiello: Madrid

domingo 15 de agosto de 2021, 18:14h
Andrés Trapiello: Madrid
Barcelona, Destino, 2020. 560 páginas. 24,90 €. Libro electrónico: 9, 99 €. Un extraordinario acercamiento a la capital de España del autor del monumental “Salón de pasos perdidos” en el que se entremezcla la historia de la ciudad con la trayectoria del propio Trapiello. Por Francisco Estévez

La editorial barcelonesa Destino acogió con inteligencia el ensayo en español más célebre y celebrado del año pasado. Escribo “ensayo” en un sentido que supera la propuesta del género sugerida por Ortega y Gasset, aquella por la cual el ensayo es la ciencia pero sin la muestra explícita, puesto que aquí muestras hay muchas y parten de la memoria en buena parte, de la historia, la literatura, el arte o la erudición las otras, combinándose todas con la argamasa narrativa del buen constructor de historias que es Andrés Trapiello. Quien aprecie desorden, afine la vista, pues sólo aparente resulta a la postre ese elegante descuido informal que únicamente al que mucho sabe y poco presume le sale, por más que el propio autor se tenga por trapero de sí (léase con atención el epílogo y prólogo que bien sirven tanto de poética como de confesión).

Resulta pues el libro presente una memoria ensayística que tiene por materia la ciudad de Madrid o, viceversa, Madrid tiene ya en este milenio un ensayo de sus memorias a través de muchas intrahistorias que teje, desteje y al final entreteje con la suya propia este sastre. Para un escritor español Madrid plantea uno de los grandes temas literarios con los que medirse. La ristra de libros es larga y por estas páginas desfilan buena parte de ellos convenientemente calibrados, este cronista se permite recordar el Manual de Madrid, de Mesonero Romanos o Elucidario de Madrid, de Ramón Gómez de la Serna, que Trapiello justiprecia. Más curioso resulta que Trapiello parece haber consensuado, de una vez por todas, acuerdos (sobre todo generacionalmente con los más jóvenes que lo veían como los del mal llamado 98 a Galdós, un poco por encima del hombro y arrugando nariz), como es el propio Madrid, que a todo el mundo agrada y a nadie molesta o no en demasía, salvo al cretino, que de todo hay en botica y en esa Villa tan corrala como Corte, tan adorable como fatigable. Remito a despistados y otros extraterrestres el valor de dos libros como Las armas y las letras: literatura y Guerra Civil (1936-1939) de 1994 o esa joyita más reciente que es El rastro (2018)

Por más señas el leonés Andrés Trapiello es uno de nuestros escritores más madrileños. “Aclimatado madrileño” como bien se define, igual que lo fue para su generación el canario Benito Pérez Galdós, que hizo de Madrid todo un personaje literario y nadie desde entonces ha conseguido superarlo. Los lectores de siempre conocen bien la querencia del leonés por Madrid. Desde el modélico ensayo de El Rastro (2018), a la presencia continua de la capital en ese caudaloso diario in crescendo que es su Salón de pasos perdidos, hoy día ya mansión, que acoge sin parar lectores y años, por más que algunos chicuelos tiendan a tirar guijarros contra la ventana de la alacena. Apedrean estos siempre cierto costumbrismo, que sí la repetición (¡acaso no ven la unidad en la variedad!), que sí las enemistades o las vanidades y otras riñas.

Todos sabemos, cosa de poca monta, cosas de críos. También en sus artículos periodísticos aparece de constante la capital de España y acuden rápidas al recuerdo páginas como “Siempre París” en Naranjas de la mar (2007): “Aunque jamás se haya estado en París todo el mundo sabría decir qué significa esa palabra” la muestra la tenemos en la mítica escena final de Casablanca, París, o la columna “París y Madrid” recogida en el libro Sí y no (2002) o “Madrid para alemanes” y “Un Madrid ideal” recogido en Mar sin orilla. Otro cantar y otro contar es el de sus novelas donde como pocas veces aparece Madrid hecha personaje.

Madrid puede verse como un fabuloso pórtico de acceso al Salón de los Pasos Perdidos, acaso su mejor puerta de acceso a los mismos, y de ahí el tono, timbre y estructura, parejo al Salón, o por uno de sus ensayos generales (El Rastro, por ejemplo), o de los recopilatorios de artículos, o de las novelas o, incluso, de los poemarios del autor, porque, en cierta forma, este libro los contiene a todos, de la misma manera que la ciudad de Madrid acoge por igual a todo el que llega, sin rango ni distingo como bien se indica en estas páginas. La guía cultural se entrevera con la memoria personal fundiéndose en un relato mestizo de biografía de la urbe que no siendo ensayo ni memoria ni historia cultural y emocional es todos ellos a la vez. Gustando hacer un testimonio, es mucho más que el testimonio y viene a ser un compendio heterogéneo.

Al socaire de su vida íntima narra Andrés Trapiello la historia de Madrid, pero también viceversa, pues el libro podría bien titularse Trapiello y firmarlo un tal Madrid, pasándonos de rondón una vida particular de uno de sus vecinos, convirtiendo su anécdota personal en universal reflejo donde azogarse todos podamos gracias al chisporroteo que de constante infunden estas páginas. Aquí se narran entonces la llegada a Madrid tras el abandono de la casa familiar, los meses de venta de libros y enciclopedias, etc. algunas de esas historias ya conocidas de una manera u otra por los asiduos visitantes del Salón de pasos perdidos, pero que se alumbran como nuevas pues siempre diversa parece la vida según el prisma que se mire, y aquí ese cristalito es la urbe matritense como norte fundamental de la mirada.

Tiene este libro las famosas virtudes de Trapiello que a lo largo ha ido decantando, entre varias otras, el aforismo de altura, la erudición disimulada, la observación fina, el pensamiento sosegado y la escritura clara, gobernado todo por el pulso narrativo confesional pero sin Dios, por medio. Vale decir, con el tono en sordina, “más o menos” diría Josep Pla. Y aún con todo, esa prosa suya no prescinde de cuando en cuando del eficaz lirismo. De muestra el botón: la descripción de la plaza de Oriente y sus vistas de los montes velazqueños que resultan “de color lejanía hasta que reciben el sol del ocaso, y entonces el azul se apaga y se encienden en él como ascuas de una fragua los rescoldos de la tarde” o el uso de la metáfora sostenida en largas tiradas de frases al modo galdosiano. Transcribo aquí alguna perla del agudo observador matritense que es Trapiello: “El madrileño sabe pues encogerse de hombros cuando las circunstancias parecen más gravosas y apechuga tirando para adelante”.

La ternura para los personajes de fiel estirpe cervantina (la anécdota fabulosa de la colilla y el libro en el Palacio Real) y, de igual modo aparecen ya aquí la jerga, las calles, sus ilustres vecinos pero sobre todo el pueblo común, se cruzan por aquí Solana y Edgar Neville, Juan Ramón Jiménez y, el suicida Larra y un largo etcétera. La tesis mantenida con acierto por el autor es que “en Madrid la mezcla lo es todo” y así sólo alguien que salió airoso del envite de El Rastro se lanza ahora al ruedo con la totalidad de la urbe que lo cobija, a la postre extensión larga del mismo. Y así nos hace disfrutar tanto del corral como de la Villa, de la historia del agua madrileña, del Retiro, de la leyenda de San Isidoro, de las iglesias de Madrid, del Madrid de Goya, el de Juan Ramón Jiménez, el de Solana, el de Gómez de la Serna…

Singular atención merecen los capítulos dedicados al Madrid galdosiano, así como todas las referencias que salpimientan el texto. En el difunto 2020, centenario deslucido de Galdós por variadas razones largas de aducir, estas páginas son, sin duda alguna -fe da el galdosista que firma estas líneas- de lo valioso que uno salvaría de todo lo escrito sobre Galdós en 2020, junto a una biografía poco conocida aún, pero con alma de futuro, quiero decir biografía del siglo XXI: Galdós, Maestreo de las letras modernas, de Germán Gullón.

Y al igual que Madrid simula un queso gruyer por donde uno puede entrar y salir según su antojo, así estas páginas resultan extensiones de calles, como cual criatura galdosiana, si bien resulta un placer pasearse hasta el último capítulo. Es pues este un libro revoltoso, bullicioso, que trae consigo muchas horas de fina diversión. Otra lindura son las fotos que aderezan el texto, pero ya han sido comentadas por otros críticos, me detengo tan sólo en el detalle de los dos bellísimos claveles madrileños que abren y cierran el libro, protegiéndolo, como si fuera éste el cabello de una chulapa en día de verbena.

Y así es, en definitiva, una auténtica delicia y pudiera haberse titulado Los encantos de Madrid, “modestos acaso, pero maravillosos”, pero acertó a no hacerlo porque no sería consecuente con el contenido. Este libro es mucho más, casi como la propia ciudad. Tanto es así que bien pueda ser que junto a su constante empeño de diarios sea por este Madrid, adyacente y complementario al colosal Salón de pasos perdidos, que se recuerde en el futuro a Andrés Trapiello.

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