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ÓPERA

El Teatro Real continúa la tetralogía de Wagner, El anillo del nibelungo, con el estreno de Sigfrido

El tenor Andreas Schager interpretando a Siegfried.
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El tenor Andreas Schager interpretando a Siegfried. (Foto: © Javier del Real | Teatro Real)
domingo 14 de febrero de 2021, 11:45h
El Teatro Real ha apostado esta temporada con todas sus fuerzas por la ópera con una serie de títulos imprescindibles, desafiando así una pandemia que ya dura demasiado. El estreno de Sigfrido el sábado, la tercera ópera de la famosa tetralogía de Wagner, confirma que el coliseo madrileño no se rinde. El público fue convocado a las 16:30 para asistir, durante cinco horas, al estreno del que está considerado como el trabajo operístico de mayor envergadura emprendido por cualquier compositor, bajo la batuta Pablo Heras-Casado, galardonado recientemente con tres premios Record Academy Awards.

Wagner se inspiró en la tragedia griega para componer su ambiciosa tetralogía El anillo del nibelungo, dado que este consta, al modo de un ciclo dramático heleno, de un Prólogo (El oro del Rin) y tres jornadas (La Valquiria, Sigfrido y el Crepúsculo de los dioses). El argumento del Anillo es sólo aparentemente complejo, si se hace abstracción del laberinto de conjeturas interpretativas y de posibilidades que ha suscitado desde su estreno. Wagner, que escribía también el libreto de sus óperas, también se sirve en esta epopeya de un complejo de préstamos de la mitología grecorromana y de la cuentística y mitología germánicas, éstas últimas evocadas con comprensible nostalgia desde su exilio posrevolucionario en Zúrich, donde comenzó Sigfrido, dado que el genio de Leipzig había participado en la revolución de marzo de 1848, considerada por algunos como la primavera de los pueblos germánicos. En realidad, consistió en una serie de alzamientos que estallaron en el seno de la Confederación Germánica y en regiones y países bajo la dominación del imperio austríaco y, que, en el caso alemán, defendían las libertades políticas del proletariado y una unidad nacional alemana.

Wagner tardaría veintiocho años en completar y estrenar su obra más ambiciosa, su tetralogía, que empezó con los primeros apuntes musicales en 1851 sobre la muerte de Sigfrido, para ir luego de adelante a atrás en el resto de obras que la componen, de modo que el estreno no tuvo lugar hasta 1876, en el Teatro de Bayreuth, concebido por Wagner y costeado por Luis II de Baviera. Entre medias compondría Los maestros cantores de Nuremberg y su Tristán e Isolda, ésta última fruto de su relación amorosa con Mathilde Wesendonck, esposa de su admirador y protector Otto Wesendonck, un acaudalado banquero en cuya casa en Zúrich residió el compositor durante su exilio (Wagner le alquiló unas dependencias, por 800 francos anuales, que acordó pagar con los derechos futuros de su epopeya, cuando se estrenase). Desde esta misma casa Wagner solía escuchar el martilleo procedente un taller de hojalatería cercano del que solía quejarse porque no le dejaba componer, pero que terminaría por inspirarle el ritmo de la forja de los comienzos de Sigfrido, con sus repetitivos e incesantes tresillos con puntillo. No es este el único detalle de la ópera relacionado con la experiencia vital del compositor. Al igual que Wagner, Sigfrido es huérfano de padre (lo son todos los héroes wagnerianos) y el nombre de su padrastro en la ópera, Mime, coincide con el nombre de la profesión del padrastro de Wagner en la vida real, que, entre otros oficios, tenía el de mimo (en alemán, Mime).

Merece la pena detenerse en el personaje de Sigfrido. Indolente, amoral, temerario…, este héroe es una especie de tarzán de los bosques germánicos, que se guía por sus instintos y que no conoce el miedo (por eso es el único que puede forjar la espada, Notung) y por eso vencerá al dragón y a Wotan, el dios del mundo. Sigfrido es un joven casi adolescente que aún no ha sido corrompido por la sociedad, “puro” según el pensamiento wagneriano, y, por lo tanto, bastante laxo moralmente, dado que Wagner, como revolucionario que había sido y como persona un porco al margen de la sociedad, detestaba el ideario burgués. No en vano, los argumentos de las óperas de Wagner están plagados de relaciones incestuosas. Sigfrido, por ejemplo, es hijo de dos hermanos gemelos y, a la vez, sobrino carnal de Brünnhilde, la amada quien rescata del sueño eterno entre llamas al que la había sometido Wotan hasta que un héroe digno de tal nombre la rescatara.

En cuanto a la música, Sigfrido comparte características con el resto de obras de Wagner. Apuesta por una melodía continua, es decir, no encorsetada en el formato recitativo-aria-cabaletta de la ópera italiana decimonónica. Esta idea de la música continua ya había sido utilizada por Beethoven en su novena sinfonía (y en Beethoven esto partió de Bach, de sus fantasías cromáticas y de su convicción de que todas las tonalidades son posibles, como demostraría en su obra El clave bien temperado). Wagner parte de la idea de Beethoven y la desarrolla enormemente, aunque Beethoven no, fue ni mucho menos, la única fuente de la que bebió el maestro de Leipzig. Acorde con esta idea de la música continua, el compositor prescindirá de asignar un aria a cada personaje, al igual que prescinde del esquema de voces de la ópera italiana. En Sigfrido, concretamente, abundan las voces graves, bajas o baritonales sobre el resto de voces; no hay un equilibrio entre los distintos registros como en la ópera italiana.

La reposición de Sigfrido de la ópera alemana que ahora presenta el Teatro Real sigue contando con la dirección escénica de Robert Carsen. La escena que Carsen propone no es amable; es oscura, fría, metálica (sólo contrasta el fuego, evocado en dos de los actos), pero expresa bien la idea de Wagner.

Al frente de la orquesta se encuentra Pablo Heras-Casado. Este director principal invitado del Teatro Real fue galardonado en diciembre de 2020 con tres premios Record Geijutsu en los Record Academy Awards¸ concretamente en las categorías de mejor sinfonía, orquesta y concierto, por tres de sus grabaciones en colaboración con la discográfica Harmonia Mundi.

En cuanto a las voces, la actuación más aplaudida el sábado fue la de Andreas Schager como Sigfrido. Este tenor alemán, que debutó con roles mozartianos como el de Tamino, de La flauta mágica, se especializó después en papeles wagnerianos y straussianos. Su actuación de ayer fue encomiable: voz bien situada, buena entonación, extraordinario como actor…, su perfecta intervención en el primer acto, cantando a la vez que golpea con el martillo para forjar la espada, fue recompensada por el aplauso caluroso y prolongado del público y una sucesión de “bravos” desde todos los ángulos del teatro. Sigfrido tiene que estar en escena prácticamente durante las cuatro horas que dura la ópera. Es un personaje muy exigente, dado que es el de protagonista y el del héroe predestinado a acabar con el orden establecido: requiere una tremenda resistencia física y vocal, y convicción y vigor escénicos. Todos estos requisitos los cumplió Andreas Schager en el estreno del sábado.

También fue aplaudida la actuación del polaco Tomasz Konieczny, que sigue en esta producción en el papel de Wotan, un bajo barítono que ha cantado los principales papeles wagnerianos de su registro, con una voz bien situada y de un metal importante.

Destacó también la voz del joven bajo coreano Jongmin Park como Fafner, el dragón. Este cantante forma parte estable, desde 2013, de la Staatsoper de Viena, donde ha sido, entre otros roles, Sarastro, de La flauta mágica, o el rol titular de Las bodas de Fígaro.

También sigue en esta producción Ricarda Merbeth como Brünnhilde. En la première del sábado Merbeth bordó el papel interpretativamente, si bien hay que lamentar que su canto el sábado -quizás por exigencia del papel o porque era el día del estreno- fue algo muscular y alejado del que exhibió en La valquiria en 2020.

Hay que destacar -y agradecer, porque se escuchan pocas voces españolas en el Teatro Real- que una española, Leonor Bonilla, esté presente en esta reposición de la ópera alemana, concretamente haciendo la voz del pájaro del bosque. Esta soprano ligera ha sido premiada en varios certámenes vocales fuera de España y en nuestro país. Ha sido, entre otros roles, Lucia de Lammermoor en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, Gilda, de Rigoletto en la Ópera de Tenerife o Doña Francisquita en la Ópera de Lausana. En el Teatro Real ha participado en Capriccio, de Strauss, y en Don Carlo, de Verdi.

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