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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

La lengua en pedazos, de Juan Mayorga: la plenitud vital de Teresa de Ávila

La lengua en pedazos, de Juan Mayorga: la plenitud vital de Teresa de Ávila
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domingo 14 de febrero de 2021, 13:20h

El dramaturgo y académico dirige un montaje renovado de su pieza “La lengua en pedazos”. Un extraordinario combate dialéctico entre la santa abulense y un Inquisidor con magníficas interpretaciones de Clara Sanchis y Daniel Albaladejo

La lengua en pedazos


Director de escena: Juan Mayorga

Intérpretes: Clara Sanchis y Daniel Albaladejo

Espacio escénico: La Loca de la Casa

Lugar de representación: Teatro Galileo (Madrid). Gira por España

La sala Galileo retoma La lengua en pedazos, de Juan Mayorga, Premio Nacional de Literatura Dramática en 2013 y Premio Nacional de las Letras “Teresa de Ávila” en 2016, con un doble aliciente. El primero, obviamente, subir de nuevo a las tablas este clásico del teatro español más reciente, acompañado de un segundo incentivo: el autor ha revisado su texto y lo ha puesto en escena imprimiendo en él un nuevo sesgo, originado a partir de una autoevaluación sobre su propia obra. Juan Mayorga inició su trayectoria como Director precisamente con esta pieza, firmada por él, revisándose ahora a sí mismo tanto en ciertos aspectos del texto como en mayor medida en la dirección del montaje.

Para todos se nos ofrece, pues, el deleite de volver a contemplar en el centro de la acción a una joven Santa Teresa de Ávila en el trance de fundar la nueva Orden religiosa de los Carmelitas Descalzos en un magnético duelo con un Inquisidor, que se propone sofocar desde sus inicios esa revolución espiritual encabezada, con ardor juvenil, por una mujer que rompía con todos los presupuestos sobre lo femenino y el papel de las religiosas consignados en su época. Para aquellos que viesen la puesta en escena inicial del drama, cabe un acicate aún más sutil pero no menos placentero: explorar la relectura que el autor realiza de su propia obra, abriendo en ella nuevas posibilidades de sentido. Mayorga no considera sus creaciones como composiciones por completo cerradas e intocables, sino como organismos vivos cuyo significado se modula a través de la experiencia y el paso revelador del tiempo. Véase como ejemplo contundente su revisión de La paz perpetua, años después de su estreno para acuñar una reconsideración sustancial de la acción de uno de sus protagonistas.

El primer factor que atrae la atención y sugestiona de La lengua en pedazos estriba en el vigor con que el estilo y la personalidad de la santa abulense se materializan en un universo teatral que antes le era ajeno. El autor se ha propuesto no falsear ni modificar la voz propia de la gran mística, sino más bien ganarla íntegramente para el teatro. Mayorga es un dramaturgo que demuestra de continuo su capacidad para escuchar, su voluntad de atender a las voces de los otros, y ese propósito alcanza una categoría magistral al asumir con plenitud ese lenguaje admirable que brota de El libro de la vida o Las moradas del castillo interior, incorporándolo en la escenificación sin imponerle otro estilo propio del escritor, sino únicamente involucrándolo con las palabras de otros personajes con premisas estilísticas, intereses y visiones del mundo contrapuestos a los de la refundadora del Carmelo. Esta absorción sin desfiguraciones resulta clave, porque en ella se manifiesta su fuerza creativa, su carácter indómito, su sed de vida, su determinación a pensar por sí misma y llevar a efecto sus decisiones por encima de los gigantescos -en apariencia insalvables- obstáculos que se interponían frente a sus metas.

Crucial asimismo esta adquisición para el drama del lenguaje único de Teresa de Ávila, ya que conduce a una meditación radical sobre los límites y las posibilidades de transcendencia del habla humana -esa “lengua en pedazos” que la santa abulense menciona en la enfermedad que le llevó a las puertas de la muerte-, pues de una u otra cosa depende el que estemos confinados y amordazados por el idioma que hablamos, o, por el contrario, que podamos superar esa banalidad y acceder a un ámbito sagrado. Una de las grandes aportaciones de La lengua en pedazos consiste en evidenciar ante los espectadores este dilema interno de la protagonista, lo que presupone sorprenderla en un durísimo combate consigo misma, una deliberación en el seno de su propia alma en pugna con la duda que la convierte en una fascinante agonista en lucha con su propio corazón.

Este combate interior no se haría visible sin la intervención de un personaje no menos deslumbrante: el Inquisidor que hace una visita privada a Teresa al atardecer en el abulense Convento de San José. El drama pulveriza todas nuestras ideas estereotipadas sobre los inquisidores. Cuando pensamos en ellos, nuestra mente fabrica de forma automática seres insensibles, dogmáticos d una furia fría, incapaces de reflexionar atenazados por la arrogancia y la brutalidad. Cuando el Inquisidor entra en contacto con la reformadora en la cocina del convento, no deja de evocar los inmensos poderes terrenales que le respaldan, ni la maquinaría inclemente que puede poner en marcha. Pero Juan Mayorga nos sorprende al instante, pues ese Inquisidor renuncia de inmediato a esa fuerza institucional y se propone hacer cambiar de opinión -doblegar-, a Teresa recurriendo a argumentos, a puntos de vista que la santa no ha tenido en cuenta sobre sí misma, a agudas apreciaciones psicológicas y a principios lógicos que poseen significados sólidos. Su fuerza es intelectual. Intuitivo, culto, sutil, rompe todos los paradigmas de inquisidor que la literatura gótica nos ha legado como arquetipo inmutable.

Frente a ello, la imaginación del dramaturgo y académico nos brinda este otro Inquisidor singular, cuya voluntad de hierro no enmascara sus fibras más humanas. De hecho, esta segunda versión de La lengua en pedazos -sobre todo en la dirección escénica-, aporta aún mayor recorrido a los dilemas y la sensibilidad de este extraordinario Inquisidor, capaz de afrontar un duelo dialéctico con Teresa de Ávila, una de las mentes más vitales y enérgicas de su época. Sin duda, este representante del Santo Oficio continúa manejando las mismas armas que ya empleaba con suma destreza en la versión inicial. Si Teresa trata, por ejemplo, de centrar su combate con él a partir de su experiencia en los conventos, este Inquisidor se remonta de inmediato a los orígenes judíos de la futura santa, a la familia de conversos de donde procede, tratando de minar su confianza en sí misma y de sugerir que su búsqueda de la perfección puede ser sólo una desaforada reacción de orgullo frente a las humillaciones a su ascendencia. O si Teresa subraya la importancia de las lecturas que le conducen a la oración interior, su oponente reacciona rápidamente recordándole las asiduas lecturas profanas de la monja -entre las que destacan los libros de caballerías-, remarcando su carácter mundano, fantasioso y ególatra.

Sin embargo, sin abandonar la dureza psíquica que caracteriza su examen implacable de la fundadora, percibimos en este segundo montaje una subterránea admiración y reconocimiento inconfesable ante las cualidades de esa mujer que sigue considerando cismática y causante de una discordia irreversible en la Orden del Carmelo. Esta duplicidad emocional -intentar doblegar a un adversario, al que se le concede una secreta admiración-, está expresada en el mismo movimiento escénico con el que comienza la pieza. Recordamos del primer montaje de La lengua en pedazos, la entrada del Inquisidor entre luces y tinieblas a la cocina donde Teresa trocea los alimentos que va a servir, con los pasos cautelosos de un depredador que se aproxima a su presa. Ahora, por el contrario, en esta mueva representación, este Inquisidor ya está en el centro del escenario, con una rodilla en tierra y troceando por sí mismo los condimentos de la mesa. Es decir, en parte, interviene de forma colaborativa en la órbita de su rival, y también en parte, de manera simultánea, una de sus rodillas está hincada ante ella.

En este inicio también comprobamos el propósito de Mayorga director de escena para llegar a la quintaesencia simbólica de sus recursos expresivos sobre las tablas. Si en la primera versión, ambos protagonistas giraban en torno a una gran mesa donde habría de comer la congregación, ahora ese velador ha sido sustituido por una minúscula tabla en el pavimento, donde ambos contrincantes comparten la tarea de cortar el sustento. En su lugar, el espacio está bordeado por asientos blancos, con los que se evoca en efigie, a las doce monjas seguidoras de Teresa en su fundación del Carmelo Descalzo, un círculo que el Inquisidor desbarata y que Teresa restituye en una órbita girando en torno a sí.

Esa fibra humana del Inquisidor, tocada por las antítesis y las discordancias intempestivas y no deseadas, se acentúan en el actual montaje con las dudas que asaltan su corazón. Se trata de una personalidad pragmática y de inclinación racionalista, firme enemigo de los autoengaños y acerbo militante contra las supercherías causadas por la imaginación. Ahora, no obstante, se subraya sus titubeos ante la razón, sus posibles limitaciones y las cortapisas de la lógica humana hacia el conocimiento de una trascendencia donde se hable otro lenguaje insospechado. Ese fondo oculto de perplejidad es el que le hace tender un puente emocional hacia Teresa. El mismo actor, Daniel Albaladejo, que interpretó en el anterior montaje al Inquisidor que persigue sin fisuras, afronta ahora con acierto esta tridimensionalidad de un personaje cuyas convicciones no le impiden sentir inquietantes afectos hacia lo que combate. Otro tanto sucede con la Teresa encarnada por Clara Sanchis, que sigue representando a la mujer de inmensa personalidad del estreno de la obra, y que ahora no deja de experimentar una sintonía soterrada hacia aquel jerarca que la impugna. Dos interpretaciones de altísimo nivel, donde la reciedumbre de los caracteres se simultanea con sus disonancias íntimas. Perfecto duelo entre dos combatientes que en silencio batallan a su vez consigo mismos. Logradísima creación escénica de Juan Mayorga que no se arredra ante el formidable reto que le plantea su propio drama.

Cuando se eleva el conflicto entre ambos, esta puesta en escena recurre muy creativamente al vestuario. Ambos personajes visten una ropa que podría ser vagamente actual, incrementando así la empatía que sentimos hacia ellos. Cuando la dialéctica entre ambos alcanza el grado de un duro pulso inclemente, el autor hace que los dos se engalanen con sus atavíos eclesiásticos. En cierto sentido, se nos indica que el choque sin paliativos surge entre ambos cuando cada uno de ellos se uniforma con un rol social rígidamente establecido como un corsé deshumanizador. El frentismo entre los dos llega a su momento álgido cuando se envisten de las certezas socialmente preestablecidas.

En cambio, cuando prevalecen sus dudas y sus miedos despojados de sus vestimentas oficiales se dirigen, en este montaje, directamente al público en una clara ruptura de la cuarta pared. Y no solo lo encaran, sino que la luz de la sala se enciende para envolver a los espectadores. Porque parece evidente que esas incertidumbres y temores no son algo remoto, sino disyuntivas vivas en la época presente. No sólo el Inquisidor y Teresa de Ávila se interrogan sobre sus propias convicciones sino que nos invitan a todos nosotros a preguntarnos sobre nuestras certezas en apariencia más inconmovibles. Tenemos ante nuestros ojos personalidades gigantescas de nuestro pasado, que, no obstante, nos tocan con dilemas vitales por completo activos en nuestra existencia.

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