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Novela

Georges Perec: Ellis Island

domingo 28 de febrero de 2021, 18:50h
Georges Perec: Ellis Island

Traducción de Adolfo García Ortega. Prólogo de Pablo Martín Sánchez. Seix Barral. Barcelona, 2021. 96 páginas. 15 €. Libro electrónico: 7,99 €.

Por Francisco Estévez

Resultaría un desiderátum aconsejable iniciar la asignatura de Historia del siglo XX con la lectura obligatoria de A sangre y fuego del genial Manuel Chaves Nogales seguida de Sobre la historia natural de la destrucción, de W. G. Sebald, y rematada con el visionado de Récits d'Ellis Island: histoires d´errance et d´espoir (1980), documental dirigido por Robert Bober con guion de Georges Perec. A buen seguro reportaría mejores resultados comprensivos que la falsaria acumulación de datos inconexos en que se convierte cierta docencia hoy día y, ante todo, dotaría a nuestros jóvenes bachilleres de un sentido histórico y ético cada vez más deseable en la sociedad española.

Ellis Island es el guion completo del documental citado líneas arriba. El pequeño islote de Ellis Island, conocido inicialmente como isla de las gaviotas o isla de las ostras, para finalmente acuñar el fatal pero certero nombre de isla de las lágrimas, queda situado a un costado de la Estatua de la Libertad de Nueva York y se convirtió en la puerta de acceso a las esperanzas y posterior desengaño de la falsa promesa de un mundo nuevo que toda una masa de emigrantes debió construir en condiciones lamentables. La presente edición de los Relatos de Ellis Island historias de errancia y esperanza, (Huellas y Memorias) desgaja el guion de las entrevistas y fotos del documental reunidas como diario de rodaje por R. Bober y el autor de ese monumento novelístico que es La vida instrucciones de uso (1988).

Resulta opción legítima la propuesta por la familiar de Georges Perec pero polémica al truncar el diálogo entre imagen y texto, ese intertexto final que era en definitiva la pieza artística. Sea como fuere y dando por buena esta opción el texto de Georges Perec se desvela como una obra mayor que nos concierne a todos ante su aguda vigencia en el mundo actual. La aparente prosa descriptiva del autor francés se afila al temple de la presentación y enumeración sucesiva de objetos, hechos, datos, tornando el texto en una poderosa introspección de uno de los grandes males del siglo XX.

Nadie como el autor del lúcido ensayo Especies de espacios, (1974), ese fino crítico de nuestro tiempo que escondía la máscara del irredento juguetón que fue Perec, para dotar de sentido narrativo, es decir, hacer comprensible lo inentendible: la brutal diáspora de diez mil personas al día, unos 16 millones de personas errantes desde 1882 y hasta 1924, con el indudable freno que representó la Gran Guerra Mundial de 1914 y las deleznables medidas legales estadounidenses conocidas como Literacy Act con las que el islote pasó a ser centro de detención, incluso de prisión, para cualquier sospechoso de antiamericanismo. La clamorosa vigencia del texto en nuestra contemporaneidad donde la emigración continúa su goteo incesante por otros medios y maneras siquiera más brutales, extendida hoy a todo el primer mundo.

En aquel entonces, instigados por el hambre, la miseria y todo tipo de opresiones, europeos y rusos de toda laya y condición expulsados de su tierra original desearon cruzar la Puerta de Oro (Golden Door). El proceso de construcción de una nación hilado al filo del proceso de un éxodo sin precedentes, salvaje, hasta la emigración oficializada, “institucionalizada” convertida ya en una “fábrica para transformar emigrantes en inmigrantes”. El texto finalmente podría ser una prolongación narrativa del Vigilar y castigar (1975) de Michel Foucault, aquí trocado en una suerte de Controlar y contener.

La fina y selecta enumeración más analítica que compulsiva, por encima del clásico juego perequiano, alguno descubierto por el prologuista, atiende aquí a una clara estructura que oscila de lo general a lo personal. Perec reflexiona sobre qué supone ser judío o, a la postre, cualquier otra identidad, religiosa, cultural…: “Yo, Georges Perec, he venido a cuestionar aquí la errancia, la dispersión, la diáspora. Ellis Island es para mí el lugar mismo del exilio, es decir el lugar de la ausencia del lugar, el no-lugar, el ningún sitio”. A la zaga de Luigi Pirandello reconoce ser “extranjero con respecto a algo de mí mismo” y resulta también inevitable, a medida que avanza el texto, sentir el eco de América de Franz Kafka. Consciente de lo inevitable que es tal precedente literario, Perec adapta libremente el inicio de la novela kafkiana acentuado el simbólico detalle de ver la antorcha de la Estatua de la Libertad mudada en espada. El texto constituye una historia del arraigo y desarraigo, un espacio de memoria donde se enclava la historia.

Brutal muestra resulta la afirmación de que “el destino tenía el rostro de un alfabeto” (pág. 57), ejemplificada en esas letras de tiza sobre los cuerpos que clasificaban a los inmigrantes y que de manera estremecedora ha forjado de algún modo la conciencia estadounidense. Una escalofriante clasificación de la sospecha de enfermedad o minusvalía: “C tuberculosis, E los ojos, F, el rostro, H, el corazón, K, la hernia, L, la cojera” (pág. 57) que pudiera bien esclarecer el prejuicio de la actual supremacía de lo políticamente correcto. De otra manera, Georges Perec aborda el principal problema estético que sacude a todo creador frente a la barbarie ¿cómo describir? ¿cómo contar? ¿cómo mirar? El orden inverso propuesto por el autor francés queda lógicamente resuelto en la propia poética que camufla el texto entre líneas: “Al principio, solo se puede intentar nombrar las cosas, una/ a una, sencillamente,/ enumerarlas, contabilizarlas,/ de la manera más normal posible,/ de la manera más precisa posible,/ procurando no olvidar/ nada”.

El abandono posterior del islote durante veinte años, cuando es desvalijado por chatarreros, es resumido en una demoledora lista de materiales saqueados (pag. 63), que permite repetir el ritornelo que retumba estruendosamente por todo el texto: “Por qué contamos estas historias?/¿qué hemos venido a buscar aquí?/¿qué hemos venido a preguntar?”. A un prólogo solvente de Pablo Martín Sánchez, como se espera de alguien experto en Oulipo y Patafísica, que acompaña el texto, sólo se le puede achacar algunas extrañas manchas incomprensibles (en español resulta imposible “devorar libros de bruces sobre la cama”), en un estilista como es la del autor de Tuyo es el mañana, analizada en esta misma columna en su día.

En suma, la historia de una clausura, con el brusco final de los sueños rotos al saber que todo emigrante había ido precisamente a construir con sudor y sangre los sueños de otros. Ellis Island representa el poder taumatúrgico de toda buena literatura con su extraño poder de dotar de una narración inteligible a la crueldad y extrañeza de los actos humanos, una narración que permite aglutinar la dispersión de nuestras huellas, o sea, la construcción de nuestra propia identidad. La lección moral que alza la pregunta sobre el significado del lugar que representa Ellis Island es un texto breve pero mayor de nuestro febril siglo XX de estremecedora actualidad en nuestro presente descoyuntado.

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