Isabel Díaz Ayuso ha planteado las elecciones autonómicas en clave de “comunismo o libertad”. A margen de su efectividad como slogan de campaña, el dilema retrata lo que estamos viviendo en España: el conflicto entre los enemigos de la libertad y sus defensores.
Esta lucha tiene distintos campos de batalla que se extienden desde los ataques a las corridas de toros (con el inmenso negocio animalista que los inspira) hasta los intentos de estigmatizar el consumo de carne natural para promover después productos artificiales que la sustituyan. En defensa de la libertad se baten los cazadores y los pescadores, los empresarios de los circos y los ganaderos. El núcleo duro de las luchas culturales de nuestro tiempo -el PIN parental, la objeción de conciencia al aborto y a la eutanasia, la protección de la paternidad, la maternidad y la familia, etc.- es la afirmación de la libertad frente al adoctrinamiento y la imposición de modas culturales que esconden proyectos políticos. Los defensores de la libertad de expresión se aterrorizan cuando esa libertad pueden utilizarla los liberales, los conservadores y los tradicionalistas.
Naturalmente, al comunismo le han salido compañeros de viaje. Los enemigos de la libertad son diversos y van desde los empresarios del veganismo hasta los progresistas de la “gobernanza global” y el Silicon Valley. Hay una serie de consignas que no faltan en su discurso. So pretexto de la “diversidad”, cuyo significado original ha terminado corrompiéndose, se pretende diluir las culturas nacionales en una “identidad global” que despoja al individuo de una comunidad de referencia. Invocando la “igualdad”, se asfixia el legítimo derecho a discrepar de los dogmas progresistas. Invocando la “libertad”, los comunistas de hoy -como los de antaño- pretenden imponer la servidumbre, la pobreza y la dependencia de los partidos políticos de izquierda y sus aliados. Hay toda una jerga que descifrar antes de llegar al significado liberticida profundo que subyace a esa retórica que identifica a la progresía política y empresarial.
Cuando abrazaron las causas progresistas -y no debería olvidarse que el progresismo era una posición típicamente burguesa- los comunistas europeos abrieron la puerta a otros enemigos de la libertad: las empresas que imponen condiciones laborales atroces mientras alardean de ser diversas e “inclusivas” (otra consigna izquierdista), los yihadistas del piquete moralista, los resentidos de la “cancelación cultural”, los talibanes de las políticas identitarias; en suma, los administradores del gas ideológico que asfixia la libertad de expresión so pretexto de defenderla.
Lo llaman “polarización”, porque llamarlo “guerra cultural” les suena muy duro, pero eso es lo que estamos viviendo. Es un fenómeno más amplio que el “marxismo cultural” y que comprende la estigmatización de las formas de vida tradicionales y la invocación de las instituciones y los estándares internacionales como si éstos fuesen inmunes a la influencia política y cultural. Las políticas de la culpabilidad colectiva (los blancos, los hombres, los propietarios, los padres, etc.), la identificación del patriotismo con el nacionalismo y la exaltación de todo lo que diluya la identidad de Occidente (empezando por el islam) son algunas de las tendencias que han ido marcando el campo de batalla en el que hoy se combate.
Por supuesto, estos enemigos de la libertad no están libres de contradicciones y conflictos internos.
Así, la pretendida defensa del medio ambiente choca con la destrucción de las formas de vida tradicionales. El odio a las carreteras aísla a los pueblos y los aboca al abandono. La bandera de la igualdad pierde brío cuando choca con las asociaciones y los partidos islamistas. El primer país en abandonar el Convenio del Consejo de Europa sobre prevención y lucha contra la violencia contra las mujeres y la violencia doméstica -la llamada Convención de Estambul- no ha sido Polonia, uno de los adversarios del progresismo europeo, sino la República de Turquía, por cuya incorporación a la Unión Europea abogaron tantos progresistas de nuestro continente. Se condena la venta de armas a Arabia Saudí, pero no el desarrollo nuclear militar de Irán. El establecimiento de relaciones diplomáticas entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Sudán les parece una tragedia, pero Hamás y Hizbolá gozan de su favor. Condenan el antisemitismo de la extrema derecha y celebran el de la extrema izquierda.
Estas contradicciones ya han estallado en la lucha intestina entre las distintas facciones del feminismo de izquierdas a raíz de la llamada “ley Trans” que ha impulsado Podemos. Al Partido Feminista lo expulsaron de Izquierda Unida el año pasado. A Lidia Falcón, su presidenta, la denunciaron por delito de odio. El choque en materia de orientación de género e identidad sexual puede ser incluso mayor con las comunidades islámicas conservadoras. Las pretendidas organizaciones islámicas progresistas no representan la realidad mayoritaria del islam hoy ni entre los musulmanes europeos, ni entre los inmigrantes ni en los países del mundo islámico.
En otro orden de cosas, son tantas las parejas, novios y amigos enchufados en los distintos niveles de gobierno que las rencillas personales y las venganzas lastran la acción política. De este modo, la endogamia y el enriquecimiento de sus líderes -simbolizado en el chalé del matrimonio Iglesias- socavan su credibilidad como defensores de las clases populares cada vez más empobrecidas: los autónomos arruinados por los confinamientos, los empleados en ERES y ERTES, etc. Al hostelero de la calle Ponzano que pone un cartel con el lema “Ayuso somos todos. Gracias por cuidarnos” lo tildan de facha. A los padres que quieren decidir si sus hijos reciben o no una charla sobre sexualidad impartida en un colegio público por activistas de una ONG de izquierdas les llaman “fachas”. A los que denuncian la “ocupación” los llaman “fachas”. “Facha” se ha convertido en el bumerán con que estos progresistas van excluyendo a gente de su lista de socialmente aceptables.
Al final, este comunismo de “clases creativas” hípsters, veganas y ciclistas urbanas ha traicionado a las clases populares del coche diésel, el empleo presencial y el bocadillo de chorizo. En realidad, no sólo las traicionaron. Las expulsaron del centro urbano mediante Madrid Central. Quisieron privarlas de las mascarillas FPP2 con el pretexto de que eran demasiado buenas. Las han estigmatizado por regentar bares o restaurantes. Esta izquierda progresista que Ayuso ha etiquetado como “comunismo” se parece más a los privilegiados de la “nomenklatura” soviética que a los antifascistas entregados por Stalin a los nazis entre 1939 y 1941. Incluso entre los comunistas sigue habiendo clases.
En todo Occidente, los enemigos de la libertad están en alza. En los Estados Unidos, llevaron el caos a las calles durante meses. En el Reino Unido, pretenden “cancelar” a Winston Churchill. En España, exigen la libertad de Pablo Hassel incendiando contenedores de basura. Han convertido Barcelona en una ciudad “chusma-friendly” -tomo la expresión del gran tuitero @pastrana- y ahora pretenden hacer lo mismo con la Comunidad de Madrid y su capital. En esa guerra cultural que se está librando, Madrid se ha convertido en un bastión simbólico que conquistar.
Sin embargo, estos comunistas están algo desdibujados si los comparamos con los de la Europa de los años 30. Estos “revolucionarios” de ahora están pasados por el filtro del Foro de São Paulo, el Grupo de Puebla y el 15-M. Los comunistas chinos los desprecian como “baizuo”, jovencitos progresistas occidentales emotivistas, egoístas e hipócritas. Lenin y Stalin hubiesen aplastado sin compasión a los congregados en torno al “botellón”, el porro y la casa “okupada”.
Preguntémonos entonces, ¿quién está detrás de esta ofensiva?