La más que posible desaparición de Ciudadanos no es una buena noticia. La existencia de un partido de centro liberal que actuara de bisagra entre el PSOE y el PP podría ser un factor para estabilizar la política, al obligar a los dos grandes partidos a buscar la moderación. Pero la irrupción de los populismos ha hecho saltar el tablero político del bipartidismo y ha radicalizado a la sociedad. Y en ese escenario, se ha desvanecido el partido que creó Albert Rivera, que obtuvo un histórico triunfo en las elecciones catalanas y que muchos creyeron que podía sustituir al PP.
Porque Ciudadanos no supo navegar en el escenario de la llamada polarización. En el momento en que Pedro Sánchez decide gobernar con los comunistas, en una perversa alianza con los separatistas y los proetarras, un partido que se denomina liberal no puede ni acercarse al PSOE. Porque el líder socialista no es ni Felipe González ni Alfredo Rubalcaba. Es un político extremista y manipulador que solo busca el poder. Que engañó a Inés Arrimadas en la negociación de los presupuestos, a la que luego enredó para presentar una moción de censura en Murcia. Y ahí cavó su tumba política la líder del partido naranja.
La candidatura de Edmundo Bal en las elecciones del 4-M no salvará a Ciudadanos de la extinción. El que fuera valiente e inteligente abogado del Estado se ha convertido en una veleta política. Primero urdió la moción de censura con el PSOE traicionando el pacto de Gobierno, luego acusó al PP de corrupción por convencer a sus diputados del error de regalar el poder a los socialistas, insultó a Díaz Ayuso por “extremista” y ahora implora un hueco en el Gobierno de la Comunidad, en caso de que el PP logre formarlo. Demasiados bandazos para que sus votantes le crean. Los dirigentes de Ciudadanos son los auténticos culpables del fracaso del partido. No han entendido que, ahora, el centro es una quimera.