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TRIBUNA

Jerusalén como pretexto

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
sábado 03 de abril de 2021, 19:35h

Estoy leyendo, Jerusalén. La biografía, tal vez la obra más celebrada de Simon Sebag Montefiori (Londres, 1965), un historiador formado en la Universidad de Cambridge, seguidor de Robert Conquest (1917-2015) y de Robert Service (1947) estudiando el comunismo ruso, de modo que su obra escrita (y televisiva) comprende biografías como la de Stalin, y también la “biografía” de Jerusalén, la ciudad central de nuestra cultura judeocristiana y grecolatina.

En un primer vistazo a la obra de Sebag Montefiori parece que sus dos preferencias están alejadas una de la otra. Sin embargo, analizar la historia de Jerusalén, y la de Stalin, tiene un nexo intelectual común: saber cómo sucedió que ideas, mensajes y creencias, en principio sublimes, como fueron el judaísmo, el cristianismo, el islam y el comunismo, cuando se aplicaron en Jerusalén, o en la Unión Soviética, a lo largo de sus respectivas y diferentes historias, produjeron, a lo largo de su existencia, lo contrario de lo que había sido el fundamento de su atracción: los creyentes con sus doctrinas, en lugar de instaurar el reinado de la paz, la justicia y la compasión, cuanto más perfectamente las aplicaron, más perfectamente produjeron violencia, discriminación y crueldad.

En estos tiempos de pandemia y de aislamiento, sitiados por los “argumentarios” que sirven para abrir un hueco en la selva sin horizontes de la actual situación política, leer a Sebag Montefiori reconstruye nuestro sentido común, y nos procura las defensas necesarias para superar la enfermedad del desanimo. Expresado de otra manera, leerle nos procura certezas para esquivar el gran error de perseguir ideales absolutos sin tener en cuenta que las sociedades son imperfectas, en el sentido que los seres humanos son plurales en sus deseos e inteligencias, y que por tanto el comportamiento de los miembros de la sociedad deberá estar regulado con normas legales y organizado con instituciones aprobadas comúnmente, es decir, con el gran acuerdo que los antiguos moralistas calificaban de “bien común”.

Además, Simon Sebag Montefiori me ha interesado porque es un judío, cuyos antepasados fueron hispanos, expulsados de Sefarad en 1492, y como tantos judíos sin patria, buscando siempre un país de acogida, y que por ese sentimiento de desarraigo idealizaron la promesa bíblica de volver a Jerusalén, tuvieron que reflexionar sobre el poder, la economía y el Estado, desde Dom Sem Tob(Carrión de los Condes, 1290-1369), pasando por Baruch Espinoza (Ámsterdam, 1632-1677), hasta David Ricardo (Londres, 1772-1823).

Simon Sebag Montefiori proviene de una familia sefardita que se dispersó por Europa después de su expulsión de la Monarquía hispánica. Sus antepasados fueron de los pocos que prefirieron bautizarse para evitar la deportación y la venta forzosa de sus bienes. De hecho, uno de sus predecesores llegó a ser un alto funcionario en el virreinato de la Nueva España, cuya capital era Méjico, pero a causa del fanatismo de alguno de sus colegas de profesión, fue denunciado a la Inquisición, con la consecuencia que parte de su familia fue condenada a la hoguera, y su antepasado tuvo que huir a Italia, y a partir de esa odisea adoptó el apellido de Montefiori.

Como muchas generaciones de judíos hispanos, como Baruch Espinoza y David Ricardo, tras su estancia en Marruecos, Portugal, Bayona (Francia), y Holanda, encontraron en Inglaterra un país donde arraigarse.

Los protestantes anglicanos, y más aún, los puritanos y demás miembros de iglesias disidentes, todos ellos lectores devotos de la Biblia del rey Jaime o Jacobo I (The Holy Bible of King James Version, 1611), creyeron sin ninguna duda que para que se produjera la llegada definitiva de Cristo (de acuerdo con el Apocalipsis), era condición necesaria que los judíos recuperan el Templo de Jerusalén. Esa creencia de los protestantes ingleses y escoceses, se extendió por Norteamérica con más fuerza y penetración, y hasta el día de hoy. La decisión de Trump sobre Jerusalén, declarándola unilateralmente capital de Israel, se arraiga en las creencias de la gran masa de fundamentalistas protestantes estadounidenses.

Lo cierto fue que los británicos (y también los americanos), al acoger a los judíos de Europa, lo que verdaderamente querían era convertirlos al cristianismo. Es encantador el capítulo que Sebag Montefiori escribe, en un capitulo de su Jerusalén, titulado Los evangelistas, 1840-1855, en el que nos cuenta las iniciativas de cristianización de los hebreos ingleses, que fracasaron estrepitosamente, pero que orientó la posterior política internacional británica con Jerusalén y con Palestina.

Los judíos anglosajones no se convirtieron al cristianismo, pero muchos cristianos británicos y norteamericanos cobraron un interés enorme por Tierra Santa. Lo que nunca pudieron lograr los cruzados, y los reinos cristianos europeos, volver a estar presentes en Jerusalén, lo consiguieron judíos británicos como Benjamin Disraeli (1804-1881), o como el antecesor de Simon Sebag, un millonario llamado Moses Montefiori (1784-1885), amigo de Nathaniel Rothschill (1812-1870).

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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